El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 26.

Ariel

El lunes, mientras esperábamos que miss Flor llegara al aula, Mireya y Valentina se encontraban hablando acerca de un anime que acababa de estrenarse. Yo estaba al lado de ellas, recargado en mi banca, escuchándolas sin opinar, cuando de repente entró el Sabelotodo con un ramo de flores.

Alcé mi rostro para ver mejor ese chisme, ¿a quién le llevaba flores ese güey?

La chismosa de Mustialia, al verlo, soltó un exclamación llena de emoción —aunque me sonó más a chillido de rata—, y habló.

—Ay, Edgar, qué lindo, de seguro le trajiste esas flores a Naty.

Varios compañeros lo vieron con interés. La mencionada se levantó de su asiento y se dirigió a él.

—Ay, Edgar, qué lindo. —Lo elogió y tomó la nota que tenía el ramo—. Para la chica más linda de la escuela —leyó en voz alta. Varias compañeras soltaron risitas entre ellas—. No debiste molestarte, pero muchas gra…

—No son para ti —la interrumpió. Solté una carcajada al ver su rostro desencajarse.

«Buena esa» pensé. «Justo en el orgullo». Edgar se colocó frente a Mireya y Valentina, que lo miraron expectantes. Carraspeó para decir algo pero al final tragó grueso y no pudo hablar. Pasaron como cinco segundos, hasta que la rubia reaccionó.

—¡Mireya, son para ti! —Exclamó—. ¡Para la niña más linda de la escuela!

Fruncí el ceño, ¿por qué le estaba dando flores? No obstante, el ver la expresión enojada de Natalia hacía que valiera la pena ese gesto. «Espero que solo sea para enojar a la Arpitalia y no porque en realidad le guste Mireya» pensé. La Rojita tomó las flores y lo miró con un gesto agradecido.

—Muchas gracias, Edgar. —Le sonrió.

—De… De nada…

Mireya dejó el ramo de flores en la parte de atrás, donde estaban los estantes. Valentina le dio una palmada en la espalda a Edgar, según ella fue un gesto amistoso, pero era tan brusca que lo hizo trastabillar hacia adelante.

—Auch…

—Bien hecho, Romeo. —Le guiñó un ojo.

En ese momento apareció miss Flor y todos nos sentamos en nuestros lugares. Estaba a punto de dar su clase, cuando se fijó en el ramo de atrás.

—Ah, qué lindas flores, ¿de quién son?

—Edgar se las regaló a Mireya —respondió Valentina. Ella se veía más feliz que la mencionada, de seguro también notó la expresión agria de Natalia—. Y escribió que eran para la niña más bonita de la escuela.

Los compañeros, como buenos chismosos, empezaron a murmurar entre ellos.

—Viste, creí que serían para Naty, pero se las dio a Mireya…

—Viéndolo bien, Mireya es linda.

—No tanto como Naty.

—Pues tiene lo suyo, además su cabello es natural.

—Su cabello es hermoso.

—Eso sí, y tiene facciones lindas…

Sonreí de lado al oírlos, por supuesto que mi Rojita era más hermosa que Natalia. Miss Flor, al advertir que todos hablaban en voz baja, los calló y comenzó a dar su clase, así que no pudimos hablar hasta la hora del receso.

***

—¡Buena estrategia, Edgar! —Exclamó Valentina, alzando los pulgares—. Mira que dejar a Natalia en mal frente a todos. No se me había ocurrido.

—Eh, bueno, yo…

—De cualquier manera las flores estaban lindas —comentó Mireya. Rodé los ojos con fastidio.

—Estuviste increíble. —Valentina siguió felicitándolo y elogiándolo.

Edgar lanzó un suspiro y escuchó sin decir nada. Mireya se encontraba comiendo un sándwich, escuchando con atención a su amiga, y yo comía una ensalada de atún que me hizo Karen.

Valentina seguía parloteando pura babosada, como siempre, pero de repente noté que Edgar la veía con ojos de borrego a medio morir y se me prendió el foco en ese momento. «¡Le gusta Valentina, no Afrodita! ¡Y las flores eran para ella, no para Mireya!, pero el tonto no pudo hablar y lo malinterpretaron». Me sentía un poco aliviado al saber que no le gustaba Mireya… ni mi prima. «¿Y Valentina es la chica genial a la que se refería?». Rodé los ojos. «Aunque creo que tiene razón al afirmar que ella jamás le hará caso». Me empecé a reír yo solito —ya me parecía a Micaela—, burlándome del Sabelotodo, pero recordé que yo tampoco le había dicho a Mireya mis sentimientos.

«Tengo que decirle pronto sí o sí». Me puse un ultimátum, pues no era posible que siguiera refiriéndome a sus padres como suegros y que me imaginara una vida con ella si ni siquiera sabía que me gustaba.

Después de unos segundos, me volví a burlar en la mente de Edgar y paré al darme cuenta de que los tres me estaban viendo con atención.

—¿De qué te ríes? —Preguntó Valentina.

—De nada. —Aplané los labios.

—Eres bien rarito, por eso no tienes amigos.

—¡Cállate! Que no tengo amigos por tu culpa, no por mí —reclamé.

—Ya te pareces a Mica —rio Mireya.

—¿Quién es Mica? —Preguntó la rubia.




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