El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 27.

Ariel

El sábado a las dos de la tarde, me presenté en casa de los tíos Aris y Maricucha. Su mayordomo, Camilo, me dejó entrar y me dijo que la reunión sería en el jardín, así que me apresuré.

La casa de mis tíos, a diferencia de la mía —que se sentía más acogedora—, era muy elegante, las paredes eran blancas y los muebles negros. De pequeño me recordaban a un consultorio médico. No obstante, el cuarto de estudios de mi tía, donde practicaba para los papeles que interpretaría en sus obras, estaba pintado de color lila y lleno de máscaras, pelucas de colores, maquillaje y esas cosas. En medio de la sala había una foto familiar donde estaban retratados Aristóteles y María Susana con las trillizas de pequeñas, las cuales parecían niñas buenas.

Caminé con rapidez al jardín y noté que ya estaba todo listo. Las sillas acomodadas, el comedor tenía los manteles y servilletas puestos, y unas sombrillas colocadas de forma estratégica para protegernos del sol.

La primera en notarme fue María Susana. Sonrió al verme y me saludó de forma cariñosa, al parecer ya se había olvidado del asunto de la madre de Mireya.

—¡Hola, Ariel! ¿Qué haces aquí?

—Vine a conocer a mi futuro cuñado —respondí con una sonrisa encantadora.

—No sabía que Artemisa te había invitado, pero ahorita preparamos un lugar para ti, bebé. —Me apretujó la mejilla y me hice hacia atrás—. Ay, lo siento, se me olvida que ya no eres un niño pequeño.

—No te preocupes, tía.

Aristóteles se acercó y me saludó con formalidad.

—Buenas tardes, Ariel.

—Hola, tío, ¿qué tal todo? —Lo escruté con la mirada y no se veía nada contento. Supuse que no le agradaba la idea de que su pequeña hija tuviera novio.

—Bien —respondió sin mucho ánimo—. ¿Y tú? ¿Cómo vas en la escuela?

—De maravilla.

—¿Y tu novia?

—Más bonita cada día.

—Qué bueno, hijo. —Aris rio un poco.

—Si su madre no fuera una perra loca, tu novia me habría caído mejor —comentó María Susana mientras llevaba un florero a la mesa.

—¡Tía! —Reclamé—. No insultes a mi suegra.

—Okey, perdón, perdón, ya no la insultaré más.

—Gracias…

—Aunque eso no le quita lo perra loca.

—¡Tía! —Volví a reclamar. Volteé hacia Aris, pero él solo se rio, encogiéndose de hombros. Rodé los ojos y me enfoqué a lo que venía: a molestar a Artemisa.

En ese momento salieron al patio las trillizas. Artemisa, que iba delante de sus hermanas, iba de la mano con ese tal Oziel. «Vaya, yo no quería que él estuviera con Mireya, pero tampoco le deseaba algo tan diabólico».

—Papis, les presento a mi novio Oziel —sonrió con exageración—. Ellos son mis papás. —Señaló a sus padres—. Se llaman Aristóteles y María Susana.

—Mucho gusto, señores, es un placer conocerlos. —Oziel se acercó para saludar de mano a sus suegros. María Susana lo saludó con ilusión pero Aris no se veía muy contento de tenerlo frente a él.

—Ah, hola, Ariel —dijo Afrodita cuando me vio. Sus hermanas, que no habían notado mi presencia, me enfocaron.

—Ese es mi primo. —Artemisa llevó a Oziel frente a mí. Era la primera vez que lo veía tan cerca y agradecí que Mireya no estuviera enamorada de él, porque un rival así no era fácil de vencer—. Se llama Ariel pero le encanta que le digan Niño Gato.

—¡Artemisa! —Exclamó la tía Maricucha. No obstante, su hija la ignoró por completo.

—Mucho gusto, Niño Gato —dijo y las trillizas soltaron una carcajada. A ver, no creía que el tipo fuera tan inocente como para creerle a mi prima, de seguro también era un hijoeputa. No era extraño que se haya fijado en Artemisa.

—El gusto es mío —respondí con tono indiferente.

María Susana le dedicó una mirada de advertencia a su hija y nos invitó a sentarnos, pero antes, me acerqué a Oziel, dispuesto a averiguar si era ingenuo o en verdad era un malnacido.

—¿Sabes? A la mamá de Artemisa le encanta que le digan señora Maricucha —susurré solo para que él me escuchara—. Deberías llamarla así.

—Muchas gracias, Niño Gato —respondió y no pude evitar hacer un gesto desdeñoso, que casi en seguida se borró al volver a escucharlo hablar—. Muchas gracias por invitarme, señora Maricucha, su casa es muy bonita.

Tanto María Susana como Aristóteles y Artemisa lo miraron con un gesto pasmado. Yo me aguanté la risa, Afrodita lanzó una risita discreta pero Atenea sí se carcajeó. Artemisa buscó entre sus hermanas a la culpable pero solo se encogieron de hombros, así que terminó dando conmigo. Me aniquiló con la mirada, así que le saqué la lengua con burla. De paso me lamí discretamente la mano como si fuera un gato, solo para que ella lo notara. Si quería fastidiar, yo la fastidiaría más.

—Así que le dijiste a tu novio que me dijera Maricucha, ¿eh, Artemisa?

—Yo no le dije —se defendió—. Fue Ariel.

—Tonterías, Artemisa, siempre le quieres echar la culpa a Ariel de tus maldades, pero no creas que te vas a salir con la tuya siempre.




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