Ariel
Quizás fui un poco atrevido con Mireya, pero no era posible que siguiera diciéndole a mi familia que era mi novia cuando no teníamos una relación de ese tipo. Una parte de mí temía de ser rechazado y arruinar la única amistad real que tenía, pero por otro lado, tampoco deseaba ser un cobarde que no dijera lo que sentía por miedo. Además, en los últimos días la Rojita parecía ponerse nerviosa frente a mí, lo cual interpreté como una buena señal.
El resto de la semana todos los alumnos estuvimos apurados, preparando los detalles finales del Open House, pero valió la pena. No por los proyectos ni por los puntos extras, eso no me interesaba, sino porque pude pasar más horas junto a Mireya.
El día del evento había muchos niños de las primarias y secundarias invitadas recorriendo la escuela y los salones, maravillados por ver las instalaciones y los proyectos.
De pronto entró un grupo de niños al salón donde hacía guardia. Empezaba a engentarme, pero tenía que aguantar. Noté una cabellera pelirroja que llamó mi atención.
—¡Ariel! —Abrí los ojos con impresión al notar que Micaela se acercaba a mí para darme un abrazo. Me agaché para corresponderle.
—¡Mica, qué bueno verte! —Exclamé. Sus compañeritos nos rodearon y me sentí nervioso por tener tantos niños a mi alrededor.
—Él es mi amigo Ariel. —Me señaló—. Ellos son mis amigos de la escuela. Son Mateo, Ana Sofi, Ian, Romina, Ethan, Ana Paula e Iker. —Los presentó. Los niños me hicieron gestos de saludo con las manos.
—Hola, Ariel —dijeron al unísono.
—Es guapo —dijo la Ana Sofi a las otras niñas.
—Sí, pero está apartado para mi hermana —respondió Mica. Sus amiguitas asintieron, conformes. No pude evitar soltar una risa.
No me sorprendía que Mica tuviera tantos amigos, era muy extrovertida y sociable, se notaba que ella era la que lideraba el grupo. Estaba a punto de preguntarles dónde estaba su profesora, pero en ese momento entró Mireya junto con sus padres. Les estaba explicando la interpretación que les daba a cada frase pegada en la pared. Cuando terminó, se acercaron a los niños —y por ende a mí—. La Rojita se colocó a mi lado.
—Ariel ayudó mucho en todo —les dijo a sus papás.
—Qué bonito quedó todo, Cielito. —Diego le sonrió y en seguida me enfocó—. Buenos días, Ariel, ¿cómo estás?
—Muy bien, muchas gracias, ¿y ustedes?
—Bien.
Los niños empezaron a recorrer el salón y Diego se excusó, siguiéndolos. Mireya me comentó que, como eran muchos niños, la profesora asignada no podría estar pendiente de todos, así que algunos padres se ofrecieron como chaperones para cuidarlos.
—Se ve que se esforzaron mucho —comentó Mildred, recorriendo el aula con la mirada.
—La verdad sí —respondí con tono despreocupado y me enfocó. Me arrepentí de haber hablado, mi suegrita no era mala pero todavía me intimidaba un poco—. Digo, sí, nos esforzamos —dije con seriedad, parándome derecho y aguantando la respiración. Las dos me vieron sin decir nada durante unos segundos.
—Pfff… —De repente Mildred rio, claramente burlándose de mi torpeza, negando con la cabeza—. Los dejo solos, chicos, que esos niños hiperactivos no se cuidan solos y parecen ser demasiados para Diego.
—Sí, mamá. —Una vez que mi suegra estuvo lejos de mí, solté el aire que retenía en mis pulmones—. ¿Te sientes bien, Ariel? Te ves morado.
—Estoy bien —dije con rapidez, peinando mi cabello hacia atrás.
Estuvimos recibiendo más grupos y, a mediodía, la profesora nos indicó a Mireya y a mí que podíamos tomar un receso. Íbamos saliendo de dos en dos para que el salón no se quedara solo. La chica llamada Rosa y su amiga acababan de regresar, por lo que ahora nos tocaba a nosotros ir de descanso. «Agradecido con El de arriba porque ya tenía hambre» pensé.
Fuimos a la cafetería para comprar algo rápido de comer y empezamos a curiosear los demás salones para observar los demás proyectos. En el pasillo nos encontramos a sus padres y a los niños que acompañaban.
Diego tenía en las manos un volante, que nos extendió con un gesto emocionado.
—¡Miren lo que encontramos!
Tomé el panfleto y alcé ambas cejas al vernos a Mireya y a mí en la primera página, justo en el centro. Nos veíamos muy bien, la Rojita lucía adorable como siempre. Empecé a hojearlo y noté que Natalia salía en la tercera página, en una esquina. A comparación de nuestra foto, ella no resaltaba mucho a pesar de su cabello color fantasía. Le pasé el folleto a Mireya y lo tomó en seguida, revisándolo con atención.
—Ariel, salimos en la primera página. —Lucía entre feliz y avergonzada—. La verdad no creí que nos pondrían a nosotros.
—¿Por qué no? —Crucé los brazos detrás de mi nuca y me estiré—. Te dije que nos vemos bien.
—Sí, je, je —rio con nerviosismo y se dirigió a sus padres—. Los veo en un rato, tenemos que volver al salón. —Ellos asintieron y Mireya me tomó de la mano, empezando a caminar para ir a nuestro destino. Antes de llegar al aula, Mireya se detuvo y la imité, observándola con atención—. Ariel, tengo que hablar contigo…