El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 30.

Ariel

Gracias a Adonis, toda la familia se enteró que fui víctima del ataque de una loca, así que hubo una reunión de emergencia en casa. Era lindo que se preocuparan por mí, pero prefería evitar ser el centro de atención.

Nos encontrábamos en la sala de estar. Papá estaba junto a mis tíos en un sofá, mamá junto a sus hermanas, sentadas en otro, y las abuelas cada una en su mecedora. Artemisa se encontraba sentada en el reposabrazos del sofá donde se sentaba su madre, y Atenea del otro lado. Afrodita, por su parte, estaba acurrucada junto a mi tío Aris y yo, en medio de todos, en un sillón individual.

Tragué grueso al darme cuenta de que todos me observaban con atención, esperando a que hablara. Pero como no me atreví a pronunciar palabra, la primera en hablar fue Artemisa.

—¡Qué bueno que te cortaron la mano! —María Susana le dio un pellizco y ella se quejó—. ¡Mamá, déjame! Por su culpa casi se arruina mi noviazgo. —Me echó en cara.

—¿Casi? ¿O sea que sigue contigo? —Negué con la cabeza repetidas veces. De veras que era imbécil, le di la oportunidad de alejarse y no lo hizo.

—Nuestro amor es más fuerte que tu cizaña. —Se cruzó de brazos, viéndome con superioridad.

—La pendeja fue a casa del Oziel y empezó a chillarle —se rio Atenea. Afrodita y yo soltamos risas burlonas, y Artemisa vio a sus hermanas con una expresión pasmada.

—¡Igual que su padre! —Se carcajeó Aquiles, logrando que Aristóteles le diera un codazo—. ¡Oye!

—¿Me siguieron? —Les preguntó indignada.

—¡Claro que te seguimos! —Siguió burlándose Atenea—. Fue a llorarle a su novio y hasta le inventó que mamá no es nuestra madre biológica, sino que es nuestra madrastra malvada y que siempre nos maltrató.

—Dijo que nos dejaba pasar hambre y que sentía placer en humillarnos —secundó Afrodita.

—Al final Oziel la perdonó y le dijo que no se preocupara, hasta le aconsejó que se fuera a vivir con él —se mofó Atenea—. Artemisa dijo que lo pensaría.

En ese momento todos nos enfocamos en Artemisa, que frunció el entrecejo con enojo.

—¿Y bien, señorita? —Preguntó María Susana con tono duro—. ¿Qué tienes que decir acerca de eso?

—¡Es mentira! ¡Yo no le dije eso!

—Hasta te grabamos. —Atenea movió su celular de un lado a otro. Artemisa hizo el intento de levantarse pero su hermana lo impidió—. Y ni quieras arrebatarme el celular, que tengo respaldo de ese video.

—¡Pásame ese video, por favor! —Pidió Aquiles y Atenea asintió con la cabeza.

—Claro que sí, tío, en un rato lo mandaré al grupo de la familia.

Volvimos a mirar a Artemisa, que lucía avergonzada y molesta.

—¡Bueno, sí dije eso! —Confesó finalmente. María Susana abrió la boca, indignada, y Aristóteles soltó un gran suspiro—. Pero no habría tenido que mentir si no hubieran arruinado todo —masculló—. Fue una medida desesperada a la que tuve que recurrir.

—Ahorita que lleguemos a la casa te voy a partir tu madre —dijo Maricucha con severidad. Artemisa solo volteó su rostro con gesto irritado—. Pero bueno, volviendo al tema, ¿por qué te lastimaron, Ariel? —Preguntó con genuina preocupación—. ¿Quién fue?

—Fue una loca de cabello rosa —farfulló Adonis.

—Uy, no. —Aquiles me vio con un gesto intranquilo—. Hijo, cuídate de las niñas que se pintan el cabello de colores de fantasía —aconsejó—, en general vienen de familias disfuncionales. Lo digo por experiencia. —El tío Aris volvió a darle otro codazo—. ¿Y eso por qué?

—¿Qué dijiste, idiota? —María Susana lo miró con furia.

—Pues solo le dije la verdad, ¿por qué se enojan?

—¿Cómo que de familia disfuncional? —Se quejó Lira—. ¡Mi hermana se pintaba el pelo de morado!

Oh, cierto, que Maricucha también se pintaba el cabello de colores de fantasía. Aquiles tragó grueso y desvió la atención hacia mí.

—¿Ariel, por qué te atacó esa niña?

—Está loca. —Me limité a decir; no quería hablar de más. No obstante, Adonis empezó a hablar.

—La chamaquita esa quiso atacar a la noviecita de Ariel porque salieron en un folleto de la escuela, hazme favor. Ariel, como el gran y noble caballero que es, la defendió, pero terminó lastimándolo a él. Pobre de mi bebé. —Se lamentó. Incluso se limpió una pequeña lágrima.

—¡Qué valiente es mi bebé! —Dijo Karen con tono orgulloso.

—¡Qué orgulloso estoy de ti, Ariel! —Exclamó Aquiles. Los demás concordaron y me hicieron sentir avergonzado.

Las únicas que no parecían muy animadas eran las trillizas. Era consciente de que esas tres eran muy apáticas en cuanto a mi existencia, ¿pero qué podía decirles? Yo no tenía la culpa de ser tan perfecto.

—¿Y por qué esa niña quiso atacar a tu novia? —Preguntó María Susana.

—Le tiene envidia porque es más hermosa y simpática que ella —expliqué.

—Oh, entiendo eso —dijo Maricucha—. A mí también me atacaron por envidia. Y fue la madre de tu novia, eh —me recordó—. La vida da muchas vueltas. Al menos el asunto no pasó a mayores.




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