Mireya
El siguiente lunes, a primera hora, me dirigí con mis padres a la oficina del director Marcos. Ese día Mica se quedaría con los abuelos, ellos nos harían el favor de llevarla a la escuela, aunque conociéndolos, de seguro le dirían que se acostara a dormir, le prepararían el desayuno y la dejarían ver televisión todo el día. Eran muy consentidores con ella.
A pesar de que era muy temprano, Ariel y sus padres ya se encontraban ahí. Después de intercambiar saludos, me senté al lado de él y lo escaneé con rapidez.
—Hola —me saludó.
—Hola. ¿Cómo sigue tu mano? —Pregunté con genuina preocupación. Aún me sentía culpable por lo sucedido. Alzó su mano izquierda y pude ver la cicatriz que le quedó. Hice una mueca, imaginando el dolor que atravesó.
—Está bien. ¿Y tú cómo estás?
—Bien. —Me limité a responder, jugueteando con mis dedos.
Ariel, notando mi nerviosismo, tomó mi mano sobre la suya, logrando que me tensara al instante. El fin de semana no pude descansar bien, mi mente divagaba acerca de lo sucedido el viernes, no podía dejar de pensar en el ataque de Natalia, la ida al hospital y, no menos importante, el beso. ¿Qué significaba ese gesto para nuestra amistad? ¿Acaso se arruinaría? ¿O él quería dar un paso más conmigo? Negué con la cabeza, quitándome esos pensamientos de encima, en ese momento lo principal era lidiar con Natalia.
Cuando Marcos entró a la dirección y nos vio, soltó un suspiro lamentable; de seguro ya se imaginaba por qué estábamos ahí. Sin alargar más el asunto, nos invitó a pasar y nos sentamos en el sillón café frente a su escritorio. Me acomodé en medio de mis padres y mi amigo hizo lo mismo con los suyos.
Recordé la primera vez que nos citaron en la dirección, cuando leyeron mi novela delante de todos. Sonreí con nostalgia, muchas cosas habían cambiado desde entonces, como los asientos de la dirección, ya no eran las sillas de plástico incómodas, sino que estaba ese sofá con cojines esponjosos; y también estaba el hecho de que ahora Ariel era mi mejor amigo, o quizás algo más.
Marcos comentó que, aunque citó a los padres de Natalia, estos no respondieron por ningún medio.
—¿Y qué significa eso? —Se quejó el padre de Ariel—. No voy a permitir que mi hijo tome clases con esa psicópata.
—Lo sé, lo sé, de hecho varios padres de otros compañeros me han hecho llegar varias quejas. Esa niña será expulsada —afirmó con seguridad—. Pero aún así citamos a sus padres para ver si pueden llegar a un acuerdo con ustedes…
—¡Qué acuerdo ni qué ocho cuartos! —Expresó el señor Adonis—. Nosotros no acordaremos nada con esa gente. Y espero que sí tengan la decencia de presentarse, porque no me moveré de aquí hasta que vengan.
—Exacto, director —habló mi mamá—. Esa niña amenazó la integridad de mi hija, estuvo haciéndole bullying y usted —recalcó— no hizo nada al respecto. Si no nos dan una solución, demandaremos a la escuela.
—Sí, la demandaremos —concordó Adonis—. Y haremos que cierre.
Marcos, si bien al llegar estaba preocupado, al escucharlos se puso pálido. Me sentí un poco mal por él pero era su culpa por ser tan inepto. Pero no hubo necesidad de que lo alarmaran más, pues en ese momento la puerta de su oficina se abrió y entró Natalia junto con una mujer vestida de traje formal. «¿Será su madre?» pensé.
Me fijé en Natalia, que se cruzó de brazos al vernos, con una expresión frívola. No llevaba puesto el uniforme, sino llevaba un conjunto que constaba de una falda plisada, corta y roja, una blusa negra de manga larga y una boina francesa del mismo color. Llevaba su cabello suelto, unas pulseras ostentosas y mascaba goma de mascar. La habría admirado con sinceridad, pero recordé lo que le hizo a Ariel —y que en realidad yo era su objetivo—, así que me crucé de brazos y traté de verla con la misma insensibilidad que proyectaba.
La mujer de traje gris, que llevaba una maleta en la mano, extendió su tarjeta hasta el director, que la tomó sin saber qué decir.
—Buenos días, me presento, soy la licenciada Carmona. —Le pasó una tarjeta a papá y al señor Adonis. Me pareció de mal gusto que ignorara a mi mamá y a la madre de Ariel.
Me incliné para ver la tarjeta de presentación y vi que tenía escrito la palabra abogada. «Con un demonio, lo que faltaba» pensé molesta. «Ahora resulta que su madre es abogada». No obstante, la mujer se dirigió a Natalia como «la señorita Ferreira». Miré a mi examiga con un poco de pena, sería expulsada de la escuela, pero sus padres no eran capaces de aparecerse por ahí, como si fuera un asunto de poca importancia.
La señorita Carmona pidió disculpas en nombre de su clienta, que estaba tan «devastada» que ni siquiera podía hablar sin soltarse a llorar. «Ay, ajá». Rodeé los ojos con fastidio, pero la licenciada siguió en su papel y abrió su maletero, mostrando una gran cantidad de billetes adentro.
—La familia Ferreira está tan avergonzada por lo que pasó, que esperamos que esto compense lo sucedido.
El primero en hablar fue el padre de Ariel, que estaba enrojecido por el enojo.
—¡No queremos su cochino dinero! —Dijo fúrico—. En primera queremos que vengan los padres de esa niña, no su abogada.
—Entiendo que les parezca una cantidad insuficiente, pero se puede negociar —mencionó la licenciada con tono impasible.