El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 32.

Ariel

Después de aquel encuentro con el progenitor psicópata y la hija trastornada, Mireya y yo nos despedimos de nuestros papás pero, antes de entrar al aula, la Rojita pidió charlar conmigo, así que decidimos ir a las gradas. Cuando llegamos a nuestro destino, nos sentamos a contemplar el paisaje; estuvimos varios minutos sin decir nada, admirando el cielo azul, las nubes y las aves, hasta que ella habló.

—Ariel, ¿qué somos? —Preguntó de repente. Su cuestionamiento me descolocó, tanto que empecé a ahogarme con mi saliva. Mireya se impresionó al ver mi reacción involuntaria, por lo que empezó a darme palmaditas—. Ya, ya, tranquilo, no era para que te sofocaras.

—Lo siento —dije cuando me recuperé—. ¿Por qué la pregunta? —Empecé a sentirme nervioso, no sabía qué respuesta buscaba ni cual debía darle.

—Bueno, es que… el viernes nosotros… nos… ya sabes. —Jugueteó con sus dedos.

—¿Qué? —Quise ganar algo de tiempo.

—Ya sabes… Tú y yo nos… Emmm… Antes de que te cortaran la mano, tú…

—¿Qué pasó?

—¡Ariel! ¡Ya sabes a qué me refiero! —Se exasperó.

Regresé mi mirada al frente, sin responder. Ella se quedó callada, haciendo uso de su paciencia, dándome tiempo para hablar. Las manos empezaron a sudarme, sabía mi respuesta, pero me estaba costando poner las palabras en mi boca.

—Sí, lo sé —dije finalmente—. Rojita… —Me atreví a tomarla de las manos y mirarla a los ojos—. La verdad es que estoy enamorado de ti, pero no quiero que te sientas comprometida a aceptar mis sentimientos. —Mireya se ruborizó al instante, pero no apartó la mirada—. Estoy bien con la decisión que tú tomes.

—¿A qué te refieres?

—Si tú quieres que sigamos siendo amigos, lo acepto. Si quieres que seamos algo más, por mí mejor, pero no quiero presionarte a elegir en este momento.

—Entiendo. —Tragó grueso—. Sabes, Ariel, me gustas mucho, pero nunca he tenido novio y soy consciente de que soy una espanta-vatos muy aburrida. Me da miedo empezar una relación y que descubras que no soy tan genial como crees y te termines fastidiando de mí.

—Eso no pasará, Rojita. —Acaricié su mejilla con cariño—. Tú eres la niña más interesante que conozco. —Ella me miró con los ojos entrecerrados—. Es la verdad, tú eres la única que escribe historias tan entretenidas que combinan artes marciales, drama y romance homosexual.

—¿Y sí te gustan?

—Claro que me gustan, escribes muy bien. —La animé—. Eres una chica muy interesante y divertida, y es hora de que tú también te des cuenta. Muchas personas te queremos y sabemos que eres muy valiosa, así que no te sabotees a ti misma creyendo que no.

—Gracias, Ariel. —Se lanzó a mis brazos y la apretujé un poco—. Eres el mejor.

Platicamos un poco más y decidimos volver al salón antes de que el prefecto nos encontrara y nos pusiera un reporte por estar fuera de clase. Cuando entramos, nuestros compañeros nos vieron con atención.

—Mireya, Ariel… —Valentina se levantó de su asiento, ignorando al profesor, y se acercó a nosotros—. ¿Cómo están?

Algunos chismosos, a pesar de no ser nuestros amigos, también se pararon y nos rodearon. El profesor pidió que volvieran a sus lugares pero no hicieron caso. Las chicas preguntaron cómo estaba y los chicos querían ver mi mano cosida. La alcé para que dejaran de fastidiar y soltaron una exclamación de asombro.

—Ariel, qué valiente fuiste al defender a Mireya…

—Yo siempre te admiré.

—La verdad Natalia nunca me dio buena espina.

—¿Verdad? Se notaba que estaba mal de la cabeza.

—Yo no quería decirlo porque todos la amaban, pero siempre me cayó mal, era muy creída.

—Se creía la octava maravilla del mundo, pero era solo era una enfermita mental.

—Y ni estaba tan buena.

Alcé una ceja, escuchando todos sus murmullos. «No cabe duda que del árbol caído hacen leña. Hace unos días idolatraban a Natalia y ahora están hablando mal de ella». Me fijé en Dalia, que estaba sentada en su lugar, apartada de los demás, escuchando los comentarios despectivos hacia su «amiga». Al menos parecía que sí la estimaba, pues no soltó ningún comentario malicioso como sus otros achichincles.

El profesor volvió a ordenar, con voz más fuerte, que nos sentáramos en nuestros asientos, así que obedecimos, sin embargo, los murmullos y chismorreos se seguían escuchando de vez en cuando. Incluso escuché a Wilfredo, el eterno enamorado de Natalia, decir que era una psicópata y que nunca le cayó bien.

En el receso varios compañeros se acercaron a Mireya y a mí para platicar, pero fui cortante, no quería convivir con esos hipócritas. A los únicos que aguantaba —y porque no tenía opción— eran Edgar y Valentina. Era curioso que mis enemigos declarados a principios de curso, fueran ahora mis amigos. Se los llegué a comentar y me vieron con burla, pero me arrepentí porque Mireya empezó a recriminarme.

—¿Y qué hay de mí? ¡Dijiste que me odiabas! —Se quejó, haciendo un puchero que la hacía ver adorable—. Y te atreviste a tomar mi cuaderno sin permiso para dejarme en mal…




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