El perfecto y arrogante Ariel

Capítulo 33.

Ariel

Antes de las vacaciones decembrinas, justo después de los exámenes finales semestrales, Mireya aceptó ser mi novia. Aún no podía creer que les gustara a varias compañeras del salón, pero no me importaban, yo era feliz con la Rojita a mi lado. Me gustaba pasar tiempo con ella en los recesos, o ir a su casa para hacer la tarea, ver una película o platicar. Disfrutaba cualquier actividad por el simple hecho de estar a su lado.

El primer fin de semana de vacaciones, Adonis tuvo la maravillosa idea de hacer una comida para que invitara a Mireya y la presentara. Me sentí aterrado, y no fui el único, pues ella tampoco se sentía entusiasmada por conocer al resto de los miembros de mi familia.

Adonis insistió en que sería un gesto lindo y no me quedó más remedio que aceptar. Cuando le mandé mensaje a la Rojita para invitarla, no tardó en responder.

Mi hermosa novia: Cómooo?? Conocer a tu familia?? ajajjajaj

Yo: Sí jjjajajaja

Mi hermosa novia: Para qué o qué?

Yo: Ps no sé, fue idea de mi papá. Te quiere presentar a todos.

Mi hermosa novia: Espero que no me quieran usar para algún sacrificio de tu tía o algo así JAJAJAJ

Yo: NOOO JAJAJ CÓMO CREES JAJAJJAJA

Mi hermosa novia: Bueno, le pediré permiso a mis papás, a ver si me dejan.

Yo: Oki

Pasaron unos veinte minutos y me contestó.

Mireya: No me dieron permiso :(

Lancé un suspiro. Tuve que intervenir yo mismo pero no fue tarea fácil, pues convencer a mi suegra fue un lío, ella no quería que Mireya conociera a mi tía Lira, incluso se negó de forma rotunda cuando fui a su casa el jueves —aprovechando las vacaciones— para pedirle permiso.

—¡Ya dije que no!

—Pero señora, no le pasará nada a Mireya. —Quise persuadirla, aunque no me podía ni convencer a mí mismo—. Yo la voy a proteger, y le consta que sí lo hago. —Le enseñé mi mano cosida—. Usted sabe que sí.

—Ariel, no quiero que Mireya conozca a tu tía, la psicópata.

—Mire, señora, yo tampoco. Pero papá está muy entusiasmado con esa comida, no lo puedo decepcionar. Después de todo, cuando me case con Mireya, ella será parte de mi familia, solo si no corto relación con ellos antes, pero eso es otro tema.

—¿Casarte? —Alzó una ceja, viéndome de mala manera—. ¿Es en serio?

—Sí, claro. —Asentí con la cabeza—. Pero bueno, volviendo al tema, yo me aseguraré de que no le hagan nada a Mireya… Aparte mi tía ya no está tan loca, ella jamás dañaría a mi novia, tampoco quiere ir a la cárcel.

Mildred soltó un suspiro y volteó hacia Diego, que junto a sus hijas, nos veía con atención.

—¿Tú qué opinas?

Diego se digirió a Mireya.

—¿Qué dices, Cielito? ¿Quieres ir?

—Pues sí. Sería muy feo para el papá de Ariel que organice todo y no vaya.

—A mí no me importa lo que piense el padre de Ariel, solo quiero tu seguridad —dijo Mildred con tono tajante.

—Lo sé, mamá, pero Ariel insiste en que no pasará nada malo. Además son buenas personas… Creo.

—Agh, está bien. —Lanzó un suspiro—. Pero cualquier cosa que notes extraño, en seguida nos marcas y vamos por ti, ¿sí, Mireya?

—Sí, mami.

—¿Yo puedo ir con ustedes? —Preguntó Mica con tono inocente.

—¡No! —Exclamó Mildred—. Tú te vas a quedar con nosotros. Ni de loca voy a dejar que vayas con esa gente, después de todo, eres la que más se parece a mí —musitó.

—Ayy —se quejó la pequeña, haciendo un puchero.

—Pero podemos jugar a lo que quieras, Calabacita —dijo su padre con tono cariñoso.

—¿En serio? —Sus ojos se iluminaron—. ¿Puedo maquillarte y peinarte?

—Claro que sí, bebé.

Platicamos un rato más con los padres de Mireya, pero después de un rato, salimos a su jardín trasero a entretenernos con Mazapán. El perrito, feliz de jugar con nosotros, movía su cola de un lado a otro.

En un momento se lanzó hacia mí, tirándome al suelo, y luego fue a corretear por todo el patio.

—¡Mazapán! —Exclamó Mireya, yendo hacia mí. Me tendió la mano para ayudarme a levantarme, pero en vez de eso, la jalé hacia mí, logrando que aterrizara sobre mi cuerpo—. ¡Ariel! —Se quejó.

—¿Qué? —Pregunté divertido, mostrándole una sonrisa ladina. Mireya frunció el entrecejo e hizo el intento de levantarse pero no se lo permití, pues coloqué mis manos en su cintura.

—Ariel, mis papás están dentro —me recordó.

—¿Y qué? No estamos haciendo nada malo.

—Pues… —Antes de que siguiera hablando, me alcé para darle un beso. Apenas hacía unos días, me había atrevido a besarla con lengua, así que pensé que sería un buen momento para seguir practicando, pero una vocecita nos interrumpió.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Ariel y Mireya se andan besuqueando! —Gritó, soltando risitas traviesas.




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