El sábado, Mireya se presentó en la casa del bisabuelo con una canasta de frutas en mano. Llevaba un vestido azul cielo que le llegaba arriba de las rodillas, un suéter blanco y ligero, con su cabello suelto y peinado como el día en que nos tomaron la foto, con sus rizos definidos, y maquillaje ligero. Lucía encantadora.
Me entregó la canasta y la puse sobre una mesa, mientras la invitaba a pasar. Le ofrecí mi brazo para que se apoyara en él y nos dirigimos al comedor, que estaba colocado en el jardín trasero. Pensaba que estaríamos adentro, pero papá insistió en que afuera nos acomodaríamos mejor, pues aunque no teníamos invitados aparte de la familia, sí éramos un número considerable de personas. Aparte aprovecharíamos el clima, a pesar de las fechas no hacía un frío considerable, había un frescor agradable.
—¿Vinieron tus tías? —Me preguntó con preocupación.
—Sí, pero no te preocupes, no te harán nada. Ya amenacé con cortar lazos con ellas si te incomodan —expliqué.
—Oh, no tenías que hacer eso.
—Créeme que sí —susurré—. Pero quédate tranquila, no te dirán nada —le sonreí, ocultando mi nerviosismo. Esperaba que cumplieran su palabra.
Cuando llegamos a nuestro destino, los miembros de mi familia nos miraron con atención. Tragué grueso, no quería ser el primero en romper el silencio. Por suerte, Adonis tomó la palabra.
—Familia, organicé esta comida para que conozcan a la novia de Ariel. —Señaló a la Rojita. Su agarre en mi brazo se hizo más fuerte al sentir las miradas sobre ella. Coloqué mi mano sobre derecha sobre la suya para transmitirle confianza. Papá también notó su nerviosismo—. Tranquila, querida, no muerden… Bueno, Lira sí, pero ya la amenazamos con ponerle bozal si se quiere pasar de lista.
—¡Pinche Adonis pendejo! —Exclamó Lira—. ¡A ti te voy a morder por andar de chistosito!
—Tranquila, loca.
—¡¿Loca?! ¡¿Por qué me dicen loca?! —Ella sola se jaló las greñas. Esa acción respondía por sí sola; me sorprendía que siguiera teniendo cabello—. Aquiles y tú son unos estúpidos.
—¿Yo qué? —Se quejó su pareja—. Esta vez no dije nada.
—Es la costumbre. —Se encogió de hombros.
Genial, Mireya acaba de hacer su primera aparición frente a ellos y ya estaban haciendo una escena. Volteé hacia la Rojita, que veía a todos con una ceja alzada y una expresión consternada. No podía culparla cuando mi semblante era el mismo. Gracias a Dios que Karen intervino antes de que la discusión se hiciera más grande.
—Nenes, tomen asiento. —Nos mostró una sonrisa, señalando los lugares apartados para nosotros.
Caminamos hasta allí con paso rápido y Mireya bajó el rostro para no sentir las miradas sobre ella. Hice para atrás una de las sillas y la invité a sentarse, en un intento de ser considerado.
—¡Ay, miren a mi nietecito ser caballeroso! —Exclamó la abuela Jessica.
Las hijas del diablo empezaron a burlarse. Le insistí a mi padre que no las invitara, pero dijo que no quedaba en él, señalándome que no les haría ese desplante a Aris y a Maricucha. Le dije que sí podía, pero no me hizo caso.
—¡Ay, el nene es un caballero con su noviecita! —Dijo la mugrosa de Artemisa. Sus hermanas rieron con burla.
—¡Qué encantador es! ¡Como un principito! —Rio Afrodita.
—¡Es tan lindo que me lo quiero comer a besos! —Atenea me sonrió con sorna.
—No digas eso, Aty —le dijo Artemisa—. Que de seguro con lo que tragas, te lo quieres comer de verdad. —Afrodita lanzó una carcajada, pero Atenea frunció el entrecejo.
—Cállate, puta, al menos yo no niego a mi madre por un hombre.
—¡Ah! —Artemisa la miró con indignación—. Al menos no soy una pinche cerda asquerosa como tú, ni una pendeja mosca muerta como Afrodita.
—¡¿Pendeja mosca muerta?! —Exclamó la última—. Achú, esa eres tú, queriéndote hacer la buenita frente a tu novio. Pero vas a ver cuando le diga que en realidad eres una maldita, ¡aparte de zorra buscona! Que mira que irle a chillar a su casa para que regresara contigo…
Enfoqué a Mireya, que las veía con perplejidad. Me di una palmada en la frente, no llevábamos ni cinco minutos y estaban haciendo la segunda escenita del día.
—¡A ver, hijas de la chingada! —Exclamó Maricucha, dando un manotazo en la mesa—. ¡Si no se callan la boca, me las voy a madrear aquí mismo! ¡Pinches chamacas malhabladas y groseras!
Hubo un silencio sepulcral. Vi de reojo a Mireya, que ahora enfocaba a mi tía con un gesto aturdido, sin poderse creer el drama que se desarrolló frente a ella. María Susana también lo notó, pues le sonrió apenada.
—Lo siento, querida, pero tenía que calmar a esas tres.
—Sí, señora, no se preocupe —respondió con tono bajito.
Nos volvimos a sumergir en un incómodo silencio, hasta que se le ocurrió hablar a Aquiles.
—Y bien, Mireya, ¿cierto? —Se dirigió a mi novia. Ella asintió con la cabeza—. ¿Cómo está tu madre?
—Muy bien, graci…
—Ah, te importa mucho esa vieja, ¿verdad? —Le reclamó Lira—. Ya te dije que te vayas con esa. Es más, si quieres vuélvete padrastro de esa niña y te vas con ella a su casa, a ver si aceptan a un inútil como tú, aunque lo dudo.