Hoy pasé al hospital por los parches para el dolor. Aproveché para ver a Valentina y explicarle la ruleta rusa en la que me había subido de ahí en adelante. Al final decidimos despedirnos; es poco probable que nos veamos de ahora en más. Podríamos mantener el contacto, pero ambas sabemos que eso no va a pasar; cada una tiene que hacer lo suyo. Lo que nos mantenía unidas era esa sala de infusiones durante esas seis horas.
Cuando salgo de ahí, regresamos hasta el automóvil. Me ayuda a subir y esperamos dentro un par de minutos; cuando le indiqué que era hora de irme, Sebas me da un beso en la frente, me mira dudoso y me recuerda una vez más:
—Si se vuelve demasiado, llamas, me haces una señal o lo que sea. ¿Está bien?
Asiento de inmediato y le respondo sin tardar:
—Está bien.
Entro a un pequeño café cercano al hospital; el lugar es modesto y cumple su función, así que, mientras bebo un poco de agua, espero con paciencia. Diez minutos después de mi llegada, desde lejos veo acercarse una silueta conocida.
Siento una leve presión en el pecho. Mientras se acerca, mis manos tiemblan un poco más, lo cual no se nota tanto al contrastar con mi debilidad; el temblor llega a ser imperceptible.
A lo lejos, observo a Sebas bajar los cristales del auto para tener mayor visión.
El invitado se sienta y me preparo de inmediato, pero aún así no sé qué palabras usar, así que recurro a mi mirada filosa. Él hace un escrutinio de mi estado físico y, ante el choque de miradas, lo único que le queda es bajar la vista a su reloj. Se remueve inquieto, y esa es mi señal.
—No estoy aquí por mí o por ti, ¿entiendes? Quiero que lo tengas muy claro.
Él levanta la mirada y me observa fijamente, por lo que prosigo:
—Vine a hablarte de mis condiciones con Mati de aquí en adelante.
Parpadea un par de veces y traga saliva; yo aprovecho cada diminuta ventaja para marcar territorio:
—El día que Mati te necesite y decida que quiere que tú estés ahí, no importa lo que estés haciendo ni cuán importante creas que eso es: tú dejarás de hacerlo e irás con él. Se lo debes y me lo vas a deber para siempre. No es un favor, es la responsabilidad que has evadido todo este tiempo.
Él repasa las palabras. Observo sus intenciones de hablar, pero abandona la acción y solo se queda inmóvil, con la vista fija en algún punto, así que decidí zanjar aquí lo que estaba pendiente:
—No será cuando tú quieras o creas; será únicamente cuando Mati así lo desee. ¿Comprendes?
Él me mira y siento que, por fin, realmente me ve. Asiente, me repasa de nuevo y le digo que es todo, que puede irse.
Lo veo alejarse y siento que, con él, se va también el último rastro de la mujer que yo solía ser: la que peleaba, la que exigía, la que controlaba el mundo. Me quedo ahí, sentada, sintiendo cómo el frío del lugar se filtra en mis huesos. Cuando Sebas llegó minutos después con su mirada de angustia y su aroma a vida, me dolió.
Me dolió tanto que solo quise desaparecer.