Haría cualquier cosa por él; por eso, al mismo tiempo, aceptar no hacer nada es hacer algo.
Quiero que sepa que puede luchar cuando quiera, pero también, si fuera el caso, tiene permitido rendirse. No lo dejaré atado al modelo de ser un adulto que siempre tiene que luchar, porque bajo esa presión no existe persona alguna capaz de soportarlo.
La simpleza y transparencia es lo que más quiero preservar en mi mente sobre mi hijo. Me iré en el momento más importante de su crecimiento, aunque haber podido estar en cada etapa habría sido lo que realmente importaba.
Después de esto, inevitablemente él tendrá que crecer más rápido; no podrá ignorar el hecho de que mamá no está. Ni con todas las mentiras piadosas del mundo se podrá ocultar el hecho de que mamá se fue.
Durante todo el día caminé con un nudo filoso en la garganta; cada palabra se volvía pesada. Así permanecí hasta que el momento finalmente llegó, justo aquí, en la intimidad de nuestra habitación, solo Mati y yo, como desde el día uno en que regresé con él en brazos desde el hospital.
—Mami, ¿vas a volver a irte al hospital?
Me mira con esos ojitos tan brillantes. Así que lo único que me queda es respirar profundo; así, sin planes, sin guión. Solo la verdad, ¿cierto?
—No, Mati, ya no volveré al hospital como antes.
Él asiente y me espera, al mismo tiempo que juguetea con unos hilos sueltos de su suéter.
—Mati, tú sabes qué significa cuando alguien está muy enfermo y las medicinas ya no podrán aliviarlo, ¿sabes lo que puede pasar?
—Que se va a morir.
—¿Sabes qué significa morir?
—Sí, como cuando el pajarito que se encuentran Bluey y su papá se cae del nido, se lastima y va al cielo porque sus alas se rompieron y ya no pudo volar.
—Y ¿qué pasó con el pajarito cuando murió?
—No sé.
Esto es muy difícil, no sé cómo hacerlo, no tengo nada en mi mente, ningún plan, nada. Ayúdame, Dios.
—Mami, ¿tú también vas a morir? —me lo dice con sus ojitos aguados, y la sonrisa de antes desapareció demasiado rápido.
No encontré las palabras; solo pude asentir con lágrimas también.
—Me dijiste que ibas a estar bien —me lo recuerda en un tono acusador, y agrega—: ¿Me mentiste?
—Te lo dije porque pensaba que ese medicamento me ayudaría a estar bien, Mati, pero el doctor ha dicho que el cáncer sigue ahí y que no va a desaparecer.
—¡Entonces vamos con otro doctor, mamá! —su llanto es una rabieta; está enojado, mostrando su manera de entender.
—Está bien, Mati, puedes estar molesto, ¿de acuerdo? No serás malo por eso, no es culpa de nadie, ¿sí? Aunque vaya a otro doctor, todos los doctores dirán lo mismo.
Me mira con lágrimas rodando para pasar a las preguntas:
—¿Cuándo? ¿Cuándo te vas a morir? ¿Mañana?
Y comienza a llorar más fuerte, descontrolado, con sollozos, mientras su pecho sube y baja.
—Mati, mírame a los ojos —lo sujeto débilmente de los hombros—. Primero vamos a respirar despacio, ¿de acuerdo?
Él sigue mis instrucciones y su cuerpo va regresando poco a poco a un estado más tranquilo, mientras mi corazón se rompe con cada lágrima que veo salir de sus ojos.
—Mati, quiero que entiendas que tenía que decirte esto para que, cuando no esté, no tengas dudas de lo que me pasó. Lo necesitarás.
—Pero, mamá, yo no quiero que te mueras. Ya no te volveré a ver.
El miedo aparece de nuevo, así que regresamos a las respiraciones y a los abrazos que sostienen, cada segundo, sus emociones.
En algún momento nos subimos a la cama y, entre preguntas espontáneas de todo y nada, le respondo cada una con la verdad hasta que el sueño lo vence y logra quedarse dormido. Yo no logro dormir demasiado; por fortuna esa noche, como si mi cuerpo lo supiera, no me causó tantos problemas nocturnos, excepto el insomnio. Ahí, con Mati entre mis brazos.
Por la mañana, lo primero que hace al despertar es verme y abrazarme aliviado para decirme:
—No te moriste hoy, mamá.
Sonrío un poco y le regreso el abrazo. No tengo palabras que decir, así que ya no me esfuerzo mucho, pero él ataca de inmediato con lo que será, de ahora en más, nuestra nueva rutina diaria:
—Si te mueres, mamá, ¿quién me va a cuidar?
¿Sabes qué pasa con un niño cuando comienza a hablar? Cada palabra nueva es un descubrimiento fascinante. Bueno, esa misma situación ocurre aquí, solo que esta vez el descubrimiento no nace de la sorpresa, sino del miedo, la angustia y la ansiedad con la que los niños experimentan el mundo.
Así que repito el procedimiento de anoche, pero dedico un tiempo extra, aunque dije que no lo haría:
—Habrá muchas personas que te pueden cuidar aquí en casa, mi amor. Me vas a extrañar, pero ellos también te cuidarán muy bien. ¿Tú quién quieres que te cuide?
Se lo piensa un breve momento y luego reacciona animado: —Sebas, mamá. ¿Puede ser él?
Yo sonrío y le digo que sí, al mismo tiempo que le pido tiempo para explicarle algo más: sobre no andar por toda la casa mencionando la muerte frente a todos. Le digo que a los demás aún les cuesta trabajo escuchar la palabra y que las dudas las resolveremos solos para no asustar a nadie.
Desconozco lo que esté haciendo mal; solo sé que lo hago lo mejor posible y quizás de la única forma que creo correcta. No me culpo, no he dormido y las preguntas de Mati no cesan, así que lo intentaré tanto como pueda.