Lirael doblaba con cuidado las últimas prendas cuando, sin poder evitarlo, alzaba la vista hacia la princesa. La observaba en silencio, intrigada. Desde que Althea había hablado con su hermano, algo en ella había cambiado: permanecía inclinada sobre su diario, escribiendo algo que no alcanzaba a leer. No levantaba la mirada del pequeño cuaderno, y su mano avanzaba sobre el papel de forma rapida.
El equipaje estaba casi listo. No habría lujos ni excesos: apenas unas cuantas prendas y algunos objetos de valor. El viaje sería largo y peligroso, y cualquier carga innecesaria solo serviría para entorpecer el camino. Demasiado equipaje atraería miradas indeseadas, podría provocar encuentros con mercenarios o bandidos. La discreción era esencial, para la misión. Ante la corte se había anunciado que la princesa partiría en una semana; pero la verdad era que se iría en tres días. Ese era un secreto por seguridad.
Viajarían primero en carruaje. Desde Galile se trasladarían hasta Perye, y luego continuarían a caballo hasta la ciudad de Tierra. Allí comenzaría el ascenso por la montaña de Saa. Más allá de sus cumbres los aguardaba el Bosque de la Fruta Dulce, y, tras atravesarlo, Veldara. Cinco semanas de viaje en condiciones favorables; hasta ocho si el clima decidía mostrarse cruel, algo más que probable en aquellas tierras ásperas y caprichosas.
Althea había tomado su decisión. No huiría. No lloraría. A cambio, había pedido solo una cosa a su padre: que Lirael la acompañara como su sirvienta personal y que Caeldan fuera su escolta. Solo con ellos cerca podía sentirse a salvo, solo con ellos podía cumplir el papel que le exigían sin quebrarse del todo.
Decían que sería la reina más hermosa que hubiese existido. Lo murmuraban en pasillos y salones, como si fuera una verdad absoluta. Tenía el porte, la elegancia y la sangre real. Provenía de uno de los reinos más prósperos, y su nombre se pronunciaba con admiración por quienes veían en ella la promesa de una vida mejor.
La decisión se había sellado aquella noche en que Caeldan la llevó de regreso al castillo. Ambos estaban exhaustos, aún agitados por la huida. Él la guió por los pasillos en penumbra hasta la alcoba de la princesa, esquivando a la servidumbre. Al cruzar el umbral de su habitación, Althea comprendió que nada volvería a ser igual.
Esa noche pensó en todo. En su pueblo, en las mujeres y los niños que había visto durante sus paseos con Caeldan, en las sonrisas ajenas que nunca le pertenecieron del todo. No tuvo el valor de destruirlo todo sin sentir, al menos, un nudo de culpa. Sabía que, eligiera lo que eligiera, algo en ella se rompería para siempre.
Se imaginó otras vidas. En una, se casaba con Caeldan; vivían en una casa pequeña, sencilla, con dos hijos de ojos brillantes. En otras, el dolor también encontraba su forma. Tragedias, despedidas, silencios. Todas esas posibilidades desfilaron ante ella hasta que comprendió una verdad amarga: no podía cargar con la culpa de una guerra.
La sola idea de sus hermanos —e incluso de Caeldan— combatiendo la llenaba de un sabor amargo, casi metálico. Seguir su corazón no era una opción. Debía ser racional. Debía hacerlo por su pueblo, aquel que la había protegido desde niña y al que ahora le devolvía el sacrificio con su propio destino.
Las cartas se acumulaban sobre la mesa. Las despedidas se agotaban. Althea dejó la pluma, consciente de que ya no sabía a quién más escribirle. Sabía, con una certeza dolorosa, que una vez pusiera un pie en Veldara no volvería jamás a Lsvalen. Dejaría atrás a todos. Diecinueve cartas reposaban frente a ella; la mayoría dirigidas a nobles y aliados de la corona. Solo cinco eran para personas que realmente importaban.
—¿De verdad no tengo a nadie más?— se preguntó en silencio.
No tenía amigas. No realmente. Más allá de Lirael, cuya presencia había sido constante desde la infancia, aunque siempre marcada por un límite invisible. Aun teniendo la misma edad, Lirael seguía siendo su sirvienta. A solas fingían que ese muro no existía; ante los demás, la distancia se hacía evidente.
Un mundo nuevo la esperaba. Quizá conocería personas distintas. Tal vez, con el tiempo, podría llegar a amar a su esposo. Incluso si él compartía su lecho con otras mujeres, tal vez podría encontrar un lugar entre ellas, una forma de sobrevivir. En el fondo, Althea deseaba algo simple y terrible a la vez: que ese hombre se enamorara de ella. Solo así podría resistir en tierra enemiga, quizas asi tendría alguien que estuviera de su lado.
El silencio que compartían mantenía la habitación cálida, casi intacta. Lirael se acercó cuando el equipaje estuvo listo. Althea comenzó a sellar las cartas una a una, dejando caer la cera caliente sobre los sobres y marcándolos con el emblema de la tiara.
—Lo siento —dijo Althea al fin. Su voz era suave, pero en sus ojos se acumulaba una tristeza profunda—. Perdón por obligarte a venir conmigo. Sé que soy egoísta… pero no puedo hacerlo si tú no estás allí.
Lirael la miró con una expresión inesperadamente luminosa, casi serena. En otra persona habría parecido fuera de lugar, pero en ella era natural. Desde siempre, sin importar las circunstancias, había seguido a Althea sin cuestionar el camino.
Mientras la observaba, su mirada descendió sin permiso hasta los labios de la princesa. Comprendió entonces —como tantas otras veces— la verdadera razón por la que la seguiría hasta el final. La había amado desde niña. Siempre supo que, para Althea, solo serían amigas; aun así, el instinto se imponía en los momentos de debilidad. A veces se permitía imaginar lo imposible.