El peso de la Corona Sosa

3

La sala de juntas de Sosa Galindo Corp se sentía como una fosa de leones. El aire acondicionado trabajaba al máximo, pero no lograba enfriar los ánimos de los seis directores que se sentaban alrededor de la mesa de cristal. Eran hombres que habían crecido bajo la sombra de Marcus, acostumbrados al soborno y a la intimidación, y ahora miraban a Ricardo con una mezcla de escepticismo y codicia.

Ricardo, en la cabecera, sentía que la presión en su pecho aumentaba. Había pasado la noche revisando los números, pero sabía que sin un respaldo legal agresivo, estos buitres le arrebatarían las filiales de Valencia antes del mediodía.

—Ricardo, seamos realistas —dijo uno de los directores, golpeando la mesa con un anillo de oro—. Tu padre está fuera, y tú estás intentando jugar a ser el buen samaritano. Pero el mercado no entiende de ética. O firmamos la venta de la división de logística o la empresa colapsará en un mes.

—La división de logística no se vende —gruñó Ricardo, su voz resonando con una autoridad que empezaba a flaquear—. Julián se está encargando de la transición y...

—¡Julián es un mecánico con suerte! —interrumpió otro—. Necesitas abogados de verdad, no a la pequeña asistente que solía traerte el café.

Ricardo apretó los puños. Se referían a Sofía. En su mente, la imagen de ella era borrosa pero constante: una mujer de ropa discreta, que siempre bajaba la mirada cuando él le daba una orden, alguien que aceptaba sus desplantes con un silencioso "sí, señor". Hacía meses que no la veía, desde que ella renunció abruptamente tras el escándalo de Marcus. Recordaba haber sentido una extraña molestia cuando ella se fue, pero su ego le dijo que simplemente era difícil reemplazar a alguien tan... útil.

En ese momento, la puerta doble de la sala de juntas se abrió de par en par. No fue una entrada discreta. Fue una declaración de guerra.

Elena entró primero, con su habitual calma profesional, pero se hizo a un lado para dejar pasar a la mujer que caminaba detrás de ella.

El silencio que cayó sobre la sala fue tan absoluto que se podía escuchar el zumbido de las luces LED. Ricardo se quedó paralizado, con la respiración trabada en la garganta.

No era ella. O al menos, no la Sofía que él recordaba.

La mujer que avanzaba hacia la mesa vestía un traje de sastre rojo carmín que se ajustaba a sus curvas con una precisión peligrosa. Llevaba unos tacones de aguja negros que golpeaban el suelo de mármol con un ritmo firme y desafiante. Su cabello, que antes siempre solía llevar recogido en una coleta aburrida, ahora caía sobre sus hombros en ondas sedosas y oscuras. Pero lo que más impactó a Ricardo fue su rostro: no había rastro de la timidez del pasado. Sus labios estaban pintados de un rojo intenso y sus ojos, antes esquivos, ahora lo miraban directamente con una frialdad inteligente y electrizante.

—Buenos días, caballeros. Ricardo —dijo ella. Su voz había bajado un octavo, sonando aterciopelada y llena de una seguridad que él no le conocía.

Ricardo tardó varios segundos en reaccionar. Su mente estaba tratando de procesar el cambio. La "asistente sumisa" se había evaporado, dejando en su lugar a una abogada que desbordaba sensualidad y poder. Sintió un calor repentino subirle por el cuello, una mezcla de sorpresa y algo mucho más primario que no pudo controlar.

—¿Sofía? —logró decir él, su voz sonando más ronca de lo habitual.

—Doctora Sofía, para efectos de esta reunión —corrigió ella con una sonrisa gélida, mientras dejaba su maletín de piel de diseñador sobre la mesa, justo al lado de Ricardo.

Ella no se sentó de inmediato. Se quedó de pie, dominando el espacio, obligando a los directores a mirar hacia arriba. Ricardo no podía apartar los ojos de ella. La forma en que se movía, la seguridad con la que colocaba sus documentos... era como si estuviera viendo a una extraña que habitaba el cuerpo de la mujer que él creía poseer intelectualmente.

—He revisado la propuesta de venta de la división de logística —comenzó Sofía, sin mirar a Ricardo, dirigiéndose directamente a los directores—. Y tengo que decirles que es, legalmente hablando, una basura. Si firman esto, no solo estarán incurriendo en un fraude fiscal según el artículo 116 del código de comercio, sino que yo personalmente me encargaré de que pasen los próximos diez años compartiendo celda con Marcus Sosa.

Uno de los directores tragó saliva, visiblemente nervioso ante la intensidad de la mujer. Ricardo, por su parte, sentía que el corazón le martilleaba en las costillas. No podía dejar de observar cómo el traje rojo se tensaba cuando ella se inclinaba sobre la mesa. La Sofía que él recordaba nunca habría interrumpido a un director, mucho menos lo habría amenazado con la cárcel.

—¿Quién te crees que eres? —balbuceó el director del anillo de oro—. Solo eres una...

—Soy la abogada principal a cargo de la reestructuración de esta corporación —lo cortó Sofía, y esta vez miró a Ricardo de reojo, una mirada que fue como un látigo—. Y tengo el poder total otorgado por la presidencia para auditar cada movimiento de esta mesa. ¿O me equivoco, Ricardo?

Él sintió que el mundo giraba. Ella lo estaba desafiando frente a todos, reclamando el poder que Elena le había dicho que exigiría. Pero no era solo el poder legal lo que lo descolocaba; era el hecho de que no podía dejar de mirar sus labios, de notar lo mucho que había cambiado su postura, de cómo su presencia llenaba la habitación de una forma que él nunca habría imaginado.

—No te equivocas —dijo Ricardo, recuperando la voz, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. La doctora Sofía tiene mi confianza absoluta. Cualquier documento que no pase por sus manos es nulo.

Sofía asintió levemente, una chispa de triunfo brillando en sus ojos, pero no se ablandó. Se sentó en la silla junto a él, cruzando sus piernas largas. El roce accidental de su rodilla con el muslo de Ricardo le envió a él una descarga eléctrica que lo hizo tensarse.




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