(Narrado por Sofía)
El clic de la puerta de la sala de juntas al cerrarse a mis espaldas fue el pistoletazo de salida. Mantuve el paso firme, mis tacones resonando contra el mármol como disparos, hasta que estuve lo suficientemente lejos de la mirada de Ricardo. En cuanto doblé la esquina hacia el área de los servicios privados, mi máscara de acero empezó a agrietarse.
Entré al baño rápidamente y me encerré. El silencio del lugar, roto solo por el suave zumbido de la ventilación, me golpeó de lleno. Me apoyé contra el lavabo de granito y abrí el grifo del agua fría con manos temblorosas.
—Respira, Sofía. Solo respira —me ordené a mí misma, mirando mi reflejo en el espejo.
Tenía las mejillas encendidas y el corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado. No era el miedo a la junta directiva lo que me tenía así; eso había sido fácil, casi adictivo. Lo que me estaba asfixiando era él. Ver a Ricardo después de tantos meses, tenerlo a escasos centímetros, sentir la intensidad de su mirada clavada en mí como si estuviera intentando descifrar un código que ya no le pertenecía.
Me eché agua helada en la cara, ignorando que podía arruinar mi maquillaje. El contacto del frío me ayudó a anclarme a la realidad, pero no pudo borrar los recuerdos que empezaron a brotar sin permiso. Su olor... ese aroma a cedro, papel nuevo y éxito que siempre lo rodeaba. Su cuerpo, que se sentía más imponente que nunca bajo esa camisa de seda. Su forma de hablar, esa voz profunda que antes me hacía temblar de ansiedad por complacerlo y que ahora solo encendía en mí una mezcla de rabia y un deseo que me negaba a reconocer.
Recordé las noches que pasé en vela redactando sus informes, solo para que él me diera un asentimiento distraído sin siquiera mirarme a los ojos. Recordé cómo me utilizaba como su sombra, su escudo legal, mientras yo me desvivía por una caricia o una palabra que fuera más allá de lo profesional.
—Ya no más —susurré, secándome el rostro con delicadeza—. Ya no soy esa niña.
En ese momento, la puerta del baño se abrió y Elena entró con paso decidido. Se detuvo al verme frente al espejo, escudriñando mi expresión con esa habilidad casi sobrenatural que tenía para leer mis estados de ánimo.
—¿Estás bien? —preguntó Elena, acercándose y poniéndome una mano en el hombro—. La reunión fue intensa. Te comiste vivos a esos directores, pero salir así de rápido después de que Ricardo te llamara...
Forcé una sonrisa perfecta, la misma que usaba para negociar cláusulas imposibles. Me erguí, ajustándome la chaqueta roja y retocando mi labial con precisión quirúrgica.
—Estoy de maravilla, Elena. Mejor que nunca —mentí, guardando el labial en mi maletín—. Solo necesitaba un momento para saborear la victoria. Ver la cara de esos dinosaurios cuando les cité el código de comercio no tiene precio.
Elena me miró con escepticismo, pero decidió no presionar. Ella sabía que mi herida con Ricardo era profunda y que yo no estaba lista para admitir que tenerlo cerca era como caminar sobre brasas.
—Escucha, ¿qué te parece si salimos esta noche? —le propuse, necesitando desesperadamente una distracción que no tuviera que ver con expedientes o con el apellido Sosa—. Necesito música alta, una bebida fuerte y dejar de pensar en leyes por unas horas.
Elena hizo una mueca de disculpa que me hizo entenderlo todo antes de que abriera la boca. —Lo siento, de verdad me encantaría, pero hoy es la primera noche libre de Julián en el taller y habíamos quedado en celebrarlo solos. Ya sabes cómo es... —Se sonrojó levemente—. Pero podemos ir mañana.
—No, no te preocupes —respondí rápidamente, dándole un apretón cariñoso en el brazo—. Está bien. Disfruta con tu novio, se lo merecen. De todos modos, yo no me quedaré sola en casa toda la noche. Tengo una cita pendiente con la ciudad.
Esa noche, el club nocturno más exclusivo que estaba a reventar. El bajo de la música electrónica vibraba en el suelo, subiendo por mis piernas y adormeciendo mis pensamientos. Me había puesto un vestido negro de seda, tan corto y sexy que me hacía sentir poderosa, casi peligrosa. Tenía la espalda descubierta y un escote que no dejaba lugar a la imaginación de la "asistente sumisa" que solía ser.
Llegué al club y busqué con la mirada hasta que encontré a Elena y Julián en una de las mesas VIP. Estaban abrazados, perdidos el uno en el otro. Al verme llegar, Julián se separó un poco de Elena, con esa sonrisa honesta que siempre lo caracterizaba.
—¡Sofía! —exclamó Julián, mirándome de arriba abajo con asombro—. Vaya... si no te conociera, diría que vienes a conquistar el mundo hoy. Estás increíble.
Miró a Elena y le dio un beso tierno en la sien. —Pero, por supuesto, no más linda novia.
Me reí, sintiendo un leve pinchazo de envidia sana por la paz que irradiaban. Julián era el ejemplo viviente de que se podía escapar de la toxicidad de los Sosa y encontrar la felicidad.
—Estás perdonado, Julián —bromeé, pidiendo una copa de vodka puro al mesero—. Disfruten de su noche, yo solo he venido a quemar un poco de energía.
Elena se acercó a mi oído, gritando un poco para que pudiera escucharla por encima de la música. —Te conozco esa mirada, Sofía. ¿Ya sabes cuál es tu víctima de esta noche?
Me giré, barriendo la pista de baile con una mirada depredadora. No buscaba amor, no buscaba una conversación inteligente, y mucho menos buscaba a un hombre de traje y corbata que me recordara a mi oficina. Buscaba lo opuesto a Ricardo Sosa. Buscaba fuego y olvido.
—Ya lo encontré —sentencié.
En una esquina de la barra, un hombre alto y de hombros anchos bebía una cerveza. Llevaba una camiseta negra ajustada que dejaba ver sus brazos completamente cubiertos de tatuajes oscuros y complejos. Tenía una mandíbula fuerte, barba de varios días y una mirada cruda, casi salvaje. No parecía el tipo de hombre que supiera qué es un fideicomiso, y eso era exactamente lo que yo necesitaba.
Editado: 08.03.2026