El peso de la Corona Sosa

5

(Narrado por Ricardo)

No pude dormir. Fue una de esas noches en las que las sábanas de seda de trescientos hilos parecen estar hechas de papel de lija. Cada vez que cerraba los ojos, el rojo carmín de aquel traje de sastre me quemaba las retinas. Veía la forma en que Sofía se inclinaba sobre mi mesa de juntas, la seguridad de sus movimientos, el brillo de un labial que prometía guerras y no treguas.

¿Dónde había estado escondida esa mujer? ¿Cómo es posible que la tuviera a centímetros de distancia durante años y solo viera en ella un recurso legal eficiente? Me sentía como un estúpido. Un estúpido coronado como "Rey", pero ciego ante el tesoro que tenía bajo mi propia nariz. La recordaba sumisa, con su ropa gris y sus gafas que ocultaban unos ojos que ayer parecían disparar dagas. Pero esa Sofía ya no existía. La que vi ayer era fuego puro, y yo, por primera vez en mi vida, no sabía cómo apagar el incendio.

Me levanté antes de que saliera el sol. Mi despacho privado en casa se sentía pequeño, asfixiante. Intenté revisar los informes de la fundación, pero las palabras de Sofía resonaban en mi cabeza: "No trabajo bien con hombres que no valoran mi tiempo". Su desprecio me dolía más que cualquier amenaza de los directores. Me dolía porque sabía que tenía razón. La había ignorado hasta que se volvió indispensable, y ahora que era una diosa inalcanzable, mi cuerpo y mi mente la reclamaban con una urgencia que me asustaba.

A las siete de la mañana, necesitaba aire. Necesitaba hablar con alguien que no me mirara como a un jefe, sino como a un hombre. Y solo había una persona que podía darme esa dosis de realidad.

Conduje mi coche hacia la zona industrial de Cabudare. El sol empezaba a calentar el asfalto y el olor a metal y combustible me dio la bienvenida cuando estacioné frente al taller de Julián. El letrero de "Sosa & Galindo: Logística y Mecánica" brillaba con orgullo.

Encontré a mi hermano bajo el chasis de un camión de carga pesada. El sonido de las herramientas y el eco de una radio vieja eran su santuario.

—Es un poco temprano para las visitas reales, ¿no crees? —dijo Julián, deslizándose hacia afuera sobre su tabla con ruedas. Se limpió las manos con un trapo lleno de grasa y me miró con una ceja levantada—. Te ves fatal, Ricardo. Parece que te ha pasado un tráiler por encima.

—Gracias por la sutileza, hermano —respondí, sentándome en un taburete de metal que parecía haber visto tiempos mejores—. He traído café y empanadas. Supuse que no habrías desayunado.

Julián aceptó el café con un asentimiento y nos sentamos en la pequeña oficina de cristal que daba al taller. El ambiente era tosco, real, lejos de los lujos de la torre, y por un momento envidié la paz que mi hermano había encontrado.

—Es por la empresa, ¿verdad? —preguntó Julián, dándole un mordisco a su desayuno—. Elena me contó lo de la junta. Dice que Sofía fue... impresionante.

Al escuchar su nombre, sentí un nudo en el estómago. —"Impresionante" es quedarse corto, Julián. Es una mujer distinta. No sé qué le pasó, o qué hice para que me odiara tanto, pero ayer me trató como si fuera un estorbo en su camino hacia el éxito.

Julián se rió, una risa limpia que me irritó. —No es que le haya pasado algo, Ricardo. Es que por fin se dio cuenta de lo que vale. Sofía siempre fue así de brillante, solo que tú estabas demasiado ocupado mirándote al espejo de la presidencia para notarlo. La utilizaste hasta que se cansó de ser tu sombra. ¿Qué esperabas? ¿Que te recibiera con una reverencia?

—No esperaba que me mirara como si fuera basura —gruñí, apretando el vaso de café—. Me descolocó, Julián. Su seguridad, su ropa... incluso la forma en que me desafió. No puedo quitármela de la cabeza. He pasado toda la noche pensando en cómo arreglar las cosas con ella.

Julián se quedó en silencio, observándome con una mezcla de lástima y diversión. Se recostó en su silla, cruzando los brazos sobre su pecho manchado de hollín.

—Si estás buscando consejo para "conquistarla" o para que vuelva a ser tu mano derecha sumisa, llegas tarde, hermano —dijo Julián, y su tono cambió a algo más serio, casi de advertencia.

—¿A qué te refieres? —pregunté, sintiendo un presentimiento amargo.

—Ayer Elena y yo salimos a un club para celebrar mi primer día. Sofía llegó más tarde. Ricardo... —Julián hizo una pausa, midiendo sus palabras—. Si crees que ella está en casa llorando por el pasado o esperando que tú la valores, estás muy equivocado. Se veía increíble. Tan sexy que media discoteca se quedó muda cuando entró.

Sentí que la sangre se me congelaba en las venas. La idea de Sofía en un club, rodeada de hombres que la miraban como yo la había mirado ayer, me revolvió las entrañas.

—¿Y bien? —presioné, mi voz sonando peligrosa—. ¿Qué pasó?

Julián soltó un suspiro y soltó la bomba sin anestesia. —No estuvo sola mucho tiempo. Elena le preguntó si tenía una "víctima" para la noche, y Sofía no perdió el tiempo. Se fue directa hacia un tipo que estaba en la barra. Un hombre enorme, lleno de tatuajes, con pinta de no haber leído un libro legal en su vida. No hubo palabras, Ricardo. Ella lo agarró y lo besó allí mismo, frente a todos, con unas ganas que... bueno, digamos que no se fueron a dormir temprano. Se fueron del club juntos antes de la medianoche.

El golpe fue físico. Sentí un impacto en el pecho que me dejó sin aire. La imagen mental de Sofía —mi Sofía, la que yo creía conocer— besando a un desconocido, entregándose a un tipo cualquiera, a un hombre con tatuajes que probablemente no sabía ni cómo tratar a una mujer como ella, me provocó una furia ciega.

Me puse de pie de un salto, derribando accidentalmente el taburete. El estruendo del metal contra el suelo resonó en todo el taller.

—¡¿Con un tipo tatuado?! —exclamé, mi voz vibrando de rabia contenida—. ¡¿Así de fácil?!

—No es "fácil", Ricardo. Es libre —respondió Julián, sin inmutarse por mi arrebato—. Ella ya no te debe nada. Ni lealtad, ni espera, ni explicaciones. Se fue con un tipo que probablemente le dio lo que tú nunca le diste: atención y deseo sin condiciones.




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