El peso de la Corona Sosa

6

(Narrado por Ricardo)

Entré en mi despacho sin mirar atrás, escuchando el rítmico clac-clac de los tacones de Sofía siguiéndome. Cada paso que daba ella se sentía como un martillazo en mis sienes. Cerré la puerta con un poco más de fuerza de la necesaria y me despojé de la chaqueta, tirándola sobre el sofá de cuero. Me sentía atrapado en mi propio dominio.

—¿Tienes el café amargo hoy, Ricardo? —La voz de Sofía era una caricia de seda y espinas. Se sentó frente a mi escritorio, cruzando las piernas con una parsimonia que me resultó insultante—. Tienes una cara que me hace pensar que no dormiste revisando los balances que te dejé.

Me giré, apoyando las manos sobre el escritorio, inclinándome hacia ella. El aroma de su perfume, ese que ahora sabía que se había mezclado con el sudor de un desconocido en un club, me golpeó de lleno.

—Fui a ver a Julián esta mañana —solté sin anestesia, fijando mis ojos en los suyos.

Sofía ni siquiera parpadeó. Abrió su carpeta con calma, sacando una pluma estilográfica que brillaba bajo las luces del techo. —Qué detalle. Julián es un buen hombre, me alegra que se lleve bien con su hermano mayor ahora que por fin es libre y puede disfrutar de su noviazgo con Elena sin las sombras de tu padre. ¿Algún mensaje para mí de su parte o podemos empezar con la auditoría?

—Me dijo que te vio anoche —continué, mi voz bajando a un tono peligroso. El autocontrol se me escapaba entre los dedos—. Me dijo que no perdiste el tiempo. Que un tipo lleno de tatuajes fue tu... "elección" de la noche.

Sofía dejó la pluma sobre el escritorio y, por primera vez, se echó hacia atrás en la silla, observándome con una curiosidad casi clínica. No había rastro de vergüenza en su rostro, solo una chispa de diversión que me hizo hervir la sangre.

—Vaya... no sabía que mi vida privada formara parte de los activos de Sosa Galindo Corp que debo reportar al presidente —respondió ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. ¿Y qué si lo hice, Ricardo? ¿Te molesta que haya decidido usar mi tiempo libre en alguien que, a diferencia de ti, sabe exactamente lo que quiere hacer con una mujer cuando la tiene cerca?

—Te comportas como una cualquiera —el insulto salió de mi boca antes de que pudiera filtrarlo. En cuanto las palabras golpearon el aire, supe que había cruzado una línea que no tenía retorno.

Sofía se levantó lentamente. No gritó, no lloró. Se puso de pie con una dignidad que me hizo sentir pequeño, a pesar de que yo era mucho más alto. Se acercó a mí, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros. Pude ver el ligero rastro de cansancio en sus ojos, pero también una determinación feroz.

—Vuelve a decir eso —susurró ella, su voz era un filo de navaja rozándome la garganta—. Vuelve a usar esa palabra y te juro por la memoria de tu madre que este imperio que intentas salvar se convertirá en cenizas legales antes de que termine el día.

Me quedé mudo. La rabia seguía ahí, pero la admiración y un deseo desesperado empezaron a ganarle la partida. Estaba tan cerca que podía ver el latido de su corazón en su cuello.

—Pasé años siendo tu sombra, Ricardo —continuó ella, su aliento rozando mi barbilla—. Años enamorada de un hombre que solo me pedía contratos y café. Me rompiste el corazón tantas veces que perdí la cuenta, y lo hiciste sin siquiera darte cuenta, porque para ti yo no era una persona, era un mueble eficiente. Pues el mueble se cansó. Aquel hombre del club... —hizo una pausa, y vi cómo sus ojos brillaban con un desafío puramente femenino—... me miró anoche como tú nunca lo hiciste. Me hizo sentir viva. Algo que tú, con todos tus millones y tu corona de espinas, no has logrado hacer en una década.

—Sofía... yo no sabía... —intenté decir, mi mano subiendo instintivamente para tocar su brazo, pero ella retrocedió como si mi contacto la quemara.

—No sabías porque no te importaba. Pero ahora te importa, ¿verdad? —Ella soltó una risa amarga—. Te importan los celos. Te importa que otro hombre haya tenido lo que tú diste por sentado. Qué lástima, Ricardo. Porque la mujer que te amaba se quedó en aquel contrato que Elena y Julián rompieron. La mujer que está aquí hoy es tu abogada. Y te sugiero que mantengas tu boca cerrada sobre mi vida personal si quieres que siga salvando tu apellido.

Se dio la vuelta y volvió a su silla, retomando su pluma como si nada hubiera pasado. Yo me quedé allí, de pie, sintiéndome como un intruso en mi propia oficina. Julián tenía razón: la había perdido mucho antes de que empezara a valorarla.

—Ahora —dijo ella, con voz profesional y gélida—, hablemos del vacío legal en las cuentas de Suiza. Tenemos un emisario de Marcus intentando contactar a los directores disidentes. Necesito que firmes este poder especial hoy mismo.

Me senté, derrotado. El peso de la corona nunca se había sentido tan real, ni tan solitario. Miré a la mujer frente a mí y comprendí que mi verdadera batalla no era contra Marcus o contra la junta directiva. Mi verdadera guerra iba a ser recuperar el respeto, y tal vez un pedazo del corazón, de la única persona que realmente valía la pena en todo mi imperio.




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