El peso de la Corona Sosa

7

(Narrado por Sofía)

Ver a Ricardo Sosa desmoronarse en su propia silla presidencial después de haberme insultado fue una de las experiencias más satisfactorias de mi vida. Pero no podía permitirme el lujo de regodearme demasiado; la profesional dentro de mí, la que Elena había rescatado de las cenizas, sabía que todavía había buitres sobrevolando esta oficina, aprovechando el vacío que dejó la muerte de Marcus.

El silencio tenso que siguió a mi advertencia fue roto por dos golpes secos en la puerta. Elena entró, y por la rigidez de sus hombros supe que algo no iba bien.

—Ricardo, hay alguien en la recepción que insiste en subir —dijo Elena, mirándome de reojo con preocupación—. Dice que es un enviado de los antiguos socios de tu padre. Trae documentos que supuestamente comprometen la herencia de tu madre.

Sentí cómo la energía en la habitación cambiaba. Ricardo se puso de pie, su rostro pasando del arrepentimiento a una furia protectora. Su madre era su único punto débil, la única razón por la que seguía luchando contra el legado podrido de Marcus. —No voy a recibir a nadie que venga a ensuciar el nombre de mi madre —gruñó, sus manos apretándose en puños—. Que seguridad lo saque del edificio.

—Espera —intervine, levantando una mano. Me puse de pie con calma, acomodándome la chaqueta verde esmeralda—. Si lo echas ahora, usará esos papeles para congelar las cuentas de salud de tu madre. Si Marcus dejó deudas ocultas, es una mina terrestre que debemos desactivar aquí mismo. Elena, hazlo pasar a la sala de juntas pequeña. Yo me encargaré.

Ricardo me miró con una mezcla de sorpresa y posesividad. —No vas a ir sola, Sofía. Mi padre era un monstruo, pero sus socios son peores.

—No voy sola, voy con la ley de mi parte —le respondí, sin darle espacio para la discusión—. Tú quédate aquí. Estás demasiado alterado y eso es exactamente lo que ellos quieren para hacerte firmar cualquier estupidez.

Salí del despacho antes de que pudiera protestar. En la sala de juntas pequeña esperaba un hombre de mirada aceitosa que sostenía un sobre amarillo. Se presentó como un "cobrador de favores" del difunto Marcus. Intentó insinuar que la madre de Ricardo había sido cómplice de algunos desvíos de fondos, algo que yo sabía que era una mentira absoluta fabricada para extorsionar a los hijos.

—Dígale a sus clientes que Marcus Sosa está bajo tierra y sus deudas morales se fueron con él —le dije, mi voz bajando a un tono gélido mientras le mostraba una orden de restricción preliminar que yo misma había redactado—. Este documento blinda los activos de la señora Sosa. Si vuelve a mencionar su nombre, la próxima reunión no será en una oficina, sino en un juzgado penal.

Cuando el hombre fue escoltado fuera, me quedé un momento sola en la sala. Había protegido a Ricardo y a su madre, pero no por amor, sino por lealtad a la nueva estructura que Elena y Julián estaban construyendo.

Regresé al despacho de la presidencia. Ricardo estaba de pie frente al ventanal. Se giró en cuanto entré, sus ojos buscándome con una urgencia que me hizo cosquillas en el ego.

—¿Y bien? —preguntó, su voz cargada de una ansiedad que intentaba ocultar—. ¿Está ella a salvo?

—Tu madre está blindada, Ricardo —dije, arrojando el sobre vacío sobre su escritorio—. Era un intento de extorsión burdo basado en el miedo que le tenían a tu padre. Pero Marcus ya no está para proteger a estos delincuentes. He desactivado el chantaje.

Vi cómo sus hombros se relajaban visiblemente. Dio un paso hacia mí, y por un momento pensé que intentaría tocarme. Había una gratitud en sus ojos que casi me hizo sentir lástima por él. Casi.

—Gracias, Sofía. De verdad... no sé qué habría hecho hoy sin ti. Lo que dije antes, sobre el club... yo no tenía derecho. Estaba...

—¿Celoso? —interrumpí, permitiéndome una sonrisa juguetona por primera vez—. No te gastes en disculpas, Ricardo. Las palabras que salen en un ataque de celos son las más honestas. Me llamaste "cualquiera" porque te duele saber que ya no tienes el monopolio de mi atención.

Me senté de nuevo en la silla frente a él, sacando mi teléfono de la bolsa. Noté cómo él seguía cada uno de mis movimientos. En ese momento, mi teléfono vibró con un mensaje. Era él. El hombre de los tatuajes del club. “Todavía siento el sabor de tus labios. ¿Repetimos esta noche?”.

No pude evitarlo. Una sonrisa auténtica y cálida se dibujó en mi rostro.

—¿Qué es tan gracioso? —preguntó él, su voz volviéndose ronca y seca de nuevo.

—Nada importante para la empresa —respondí, tecleando rápidamente una respuesta sugerente mientras sentía la mirada de Ricardo quemándome—. Solo alguien que sabe valorar mi tiempo mucho mejor que tú. Dice que anoche se quedó con ganas de más.

El sonido de la mano de Ricardo golpeando el escritorio fue delicioso. Se inclinó hacia adelante, sus ojos inyectados en una mezcla de deseo y furia. —Sofía, detén esto. No puedes estar hablando de eso aquí, no después de lo que acabamos de pasar.

—¿Por qué no? —pregunté, guardando el teléfono y mirándolo con una indiferencia absoluta—. Soy tu abogada, Ricardo. Mi trabajo es salvar tu imperio del desastre que dejó tu padre, no darte explicaciones sobre con quién paso mis noches. Si te molesta que sonría al recordar un buen beso, quizás el problema es que te diste cuenta demasiado tarde de que yo ya no soy la sombra que te espera al final del día.

Me levanté, recogiendo mis carpetas. Ricardo estaba respirando con dificultad, su pecho subiendo y bajando mientras luchaba por no cruzar el escritorio. Me encantaba tenerlo así: en un estado de tortura constante, viendo cómo el control que tanto amaba se le escurría entre los dedos.

—Nos vemos mañana para la firma de los poderes de las empresas menores de Isabella —dije, caminando hacia la puerta con una elegancia letal—. Intenta descansar, Ricardo. Tienes que estar lúcido para ser el líder que tu madre espera que seas.




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