(Narrado por Sofía)
Había pasado la mañana revisando los contratos de las empresas menores de Isabella, pero mi mente seguía anclada en la reacción de Ricardo el día anterior. Disfrutaba de su tortura, no voy a mentir. Ver al "Rey" de la corporación Sosa Galindo perder los papeles por un simple mensaje de texto de un hombre con tatuajes era el bálsamo que mis años de invisibilidad necesitaban.
Sin embargo, el juego de poder tuvo que hacer una pausa obligatoria por un llamado que no podía ignorar.
—Sofía, Ricardo me pidió que te avisara —dijo Elena, entrando en mi despacho con una expresión inusual, una mezcla de ternura y cautela—. La señora Beatriz quiere verte. Está en la residencia de campo y dice que no aceptará un "no" por respuesta. Ricardo ya está en camino hacia allá.
Sentí un vuelco en el estómago. A diferencia del difunto Marcus, la madre de Ricardo, Doña Beatriz, siempre había sido una mujer de una intuición afilada como un bisturí. Ella me conocía desde que yo era una pasante asustada que apenas se atrevía a hablar en las cenas de gala.
—Iré de inmediato, Elena —respondí, cerrando mi laptop—. Pero dile a tu novio que si Ricardo intenta usar a su madre para acorralarme emocionalmente, no le va a funcionar.
Elena soltó una risita suave. —Julián dice que Ricardo no tiene un plan, Sofía. Solo tiene una obsesión. Y Doña Beatriz... bueno, ya sabes que ella ve cosas que los demás ignoramos.
La residencia de los Sosa fuera de la ciudad era un oasis de calma. Al llegar, vi el coche de Ricardo estacionado bajo el gran roble. Me ajusté el vestido, me puse mis gafas de sol y caminé hacia la terraza principal con la seguridad que ahora era mi armadura.
Doña Beatriz estaba sentada en su sillón de mimbre favorito. A su lado, Ricardo estaba de pie, con la mandíbula tensa y las manos en los bolsillos. Parecía un niño regañado, a pesar de su traje de tres piezas.
—Sofía, querida. Acércate —dijo la voz firme de Beatriz—. Ricardo me estaba contando maravillas de tu trabajo legal, pero su cara me dice que le estás dando más problemas de los que él puede manejar.
Caminé hacia ella y le besé la mejilla con cariño genuino. —Solo estoy haciendo mi trabajo, Doña Beatriz. A veces la verdad legal es difícil de digerir para los que están acostumbrados a mandar sin cuestionamientos.
Lancé una mirada fugaz a Ricardo. Él me sostuvo la vista, y por un segundo vi un rastro de súplica en sus ojos oscuros. Estaba desesperado por que yo bajara la guardia.
—Siéntate, por favor —ordenó Beatriz, señalando la silla frente a ella—. Ricardo, ve a buscar ese té de manzanilla que me gusta. Sofía y yo tenemos cosas de mujeres que discutir.
Ricardo dudó. Me miró como si temiera que yo fuera a revelar todos sus pecados en su ausencia. —Madre, no creo que debas esforarte hablando de negocios... —intentó decir.
—No vamos a hablar de negocios, hijo. Vamos a hablar de la vida. Ahora, vete —sentenció ella con esa autoridad que solo los Sosa respetaban.
Él asintió, derrotado, y se alejó hacia la casa, pero no sin antes dedicarme una última mirada cargada de una electricidad que me erizó la piel. Cuando nos quedamos solas, Beatriz me tomó la mano.
—Te ves diferente, Sofía —comenzó, escudriñando mi rostro—. Ya no bajas la mirada. El rojo de tus labios es una advertencia, no un adorno. Me gusta.
—Tuve que aprender a defenderme, señora —respondí con sinceridad—. El mundo de los Sosa no es amable con las mujeres que esperan ser rescatadas.
Beatriz soltó una risa seca. —Marcus era un hombre difícil, pero dejó hijos que, a pesar de sus sombras, tienen corazón. Ricardo está sufriendo, Sofía. Lo veo en la forma en que respira cuando mencionan tu nombre. Está loco por ti, y lo peor es que se ha dado cuenta de que ya no tiene nada con qué comprarte.
—Él me utilizó durante años, Beatriz —dije, sintiendo que la amargura asomaba—. Me vio como una herramienta. Ahora que soy libre, pretende que regrese a su lado solo porque tiene celos de un hombre que sí sabe mirarme.
—Está bien que lo hagas sufrir un poco —dijo Beatriz, reclinándose en su sillón—. Se lo merece por ciego. Pero no dejes que el rencor nuble tu juicio. Ricardo está intentando limpiar el nombre de esta familia por mí, pero también por ti. Él sabe que si pierde la empresa, te pierde a ti. Y eso lo aterra más que nada.
En ese momento, Ricardo regresó con el té. Se movía con una elegancia felina, pero sus ojos no se apartaban de mí. Dejó la bandeja y se quedó allí, esperando una señal.
—Hijo —dijo Beatriz, mirándolo con severidad—, Sofía me dice que mañana tienes la gala benéfica de la fundación. Espero que la lleves como tu invitada de honor.
Ricardo se tensó. Yo me adelanté antes de que él pudiera hablar. —Lo siento, Beatriz, pero ya le dije a Ricardo que tengo otros planes. Ya tengo acompañante.
Vi cómo el rostro de Ricardo se oscurecía. La mención indirecta del hombre de los tatuajes volvió a prender la mecha.
—¿Tu "amigo" del club? —preguntó Ricardo, su voz sonando como un trueno distante.
—Es un hombre interesante, Ricardo. No hace preguntas sobre contratos —respondí, poniéndome de pie—. Beatriz, ha sido un placer. Debo volver a la oficina.
Beatriz me miró con una chispa de travesura. —Ve tranquila, Sofía. Y Ricardo... acompaña a la doctora a su coche. Y trata de no morderte la lengua, el veneno de los celos es muy amargo.
Caminamos hacia el estacionamiento en un silencio sepulcral. Cuando llegamos a mi coche, Ricardo me bloqueó el paso, acorralándome contra la puerta.
—¿Vas a llevar a ese tipo a la gala de mi madre? —preguntó, su rostro a centímetros del mío.
Editado: 10.03.2026