(Narrado por Ricardo)
Me miré al espejo una última vez antes de salir de mi suite. El esmoquin negro, cortado a medida en Londres, encajaba perfectamente sobre mis hombros, pero sentía que me apretaba el pecho. No era la tela; era la anticipación. Esta noche, la gala de la Fundación Beatriz Sosa no era solo un evento para honrar la labor de mi madre y limpiar el fango que Marcus dejó sobre nuestro apellido. Para mí, era una demostración de poder. Quería que el mundo viera que los Sosa seguían en pie, y quería que Sofía viera que el hombre que ella creía conocer era ahora el dueño absoluto de su destino.
—Se ve impecable, señor —dijo mi asistente mientras me entregaba el reloj de platino.
—Solo haz tu trabajo —respondí cortante. No quería halagos. Quería control.
Durante la primera hora de la gala, fui el anfitrión perfecto. Me moví entre los salones del hotel con una sonrisa ensayada, estrechando manos de embajadores, firmando mentalmente acuerdos con socios internacionales y recibiendo felicitaciones por la recuperación de la empresa. Me concentré en los negocios, en la estrategia, en ser el "Rey" que la prensa esperaba. Saludé a mi madre, Beatriz, que lucía majestuosa, aunque su mirada me decía que sabía que yo estaba buscando a alguien entre la multitud con una desesperación mal disimulada.
Y entonces, el aire de la sala pareció succionarse de golpe.
En la entrada principal, las conversaciones se detuvieron. Me giré lentamente, con la copa de champán a medio camino de mis labios. Allí estaba ella.
Sofía no caminaba; flotaba. El vestido azul noche se adhería a su cuerpo como una segunda piel, revelando una espalda infinita y una pierna que me hizo recordar, con una punzada de dolor, cada noche que la ignoré en la oficina. Estaba radiante, sexy, peligrosa. Pero lo que me hizo apretar la copa hasta casi romper el cristal no fue su belleza, sino su mano. Estaba entrelazada con la de él.
El hombre de los tatuajes. Iago.
Llevaba el esmoquin con una insolencia que me revolvió el estómago. Los tatuajes asomaban por su cuello, desafiando la etiqueta del lugar, recordándome que él había tenido acceso a la piel de Sofía de una forma que yo solo podía soñar. Los celos, ese ácido que me corroía desde que Julián me contó lo del club, se activaron con una fuerza violenta.
Mantuve la compostura. Observé desde la distancia cómo Sofía saludaba a los clientes más importantes de la firma con una soltura envidiable. Ella era una profesional impecable, moviéndose entre los tiburones de la industria como si hubiera nacido para ello. Esperé mi momento. Tenía que ser paciente.
—Voy a saludar a unos colegas de la Cámara de Comercio, Iago. No te muevas —escuché que ella decía con una sonrisa que me quemó la piel.
Sofía se alejó hacia un grupo de inversionistas, dejándolo solo cerca de la mesa de bebidas. Era mi oportunidad. Me arreglé la chaqueta y caminé hacia él con toda la autoridad que mi apellido y mi posición me conferían. Iba a marcar territorio. Iba a humillar a este intruso en su propio juego.
—Una noche interesante para alguien que prefiere los clubes nocturnos, ¿no crees? —dije, deteniéndome a su lado sin mirarlo, fingiendo interés en mi propia copa.
Iago se giró lentamente. No parecía intimidado. De hecho, me miró con una calma que me irritó profundamente. —El arte y la filantropía no están reñidos con la noche, señor Sosa. Solo hay que saber apreciar la estética en ambos mundos.
—El mundo de los Sosa se basa en resultados y linaje, no en estética barata —ataqué, finalmente girándome para enfrentarlo—. Sofía es una mujer brillante, una abogada de élite. Me pregunto qué podría ofrecerle alguien que usa su cuerpo como un lienzo de graffiti. No encajas aquí.
Esperaba que se pusiera a la defensiva, que tartamudeara o que intentara una respuesta vulgar. Pero Iago sonrió levemente, una sonrisa que denotaba una inteligencia que yo no había previsto.
En ese momento, un grupo de inversores suizos que yo había estado tratando de impresionar toda la noche se acercó a nosotros. Estaban discutiendo acaloradamente en un alemán técnico y cerrado sobre una cláusula de exportación que me había dado dolores de cabeza toda la tarde.
—Es ist eine Schande, dass wir keine Einigung über die Logistikkosten erzielen können —dijo uno de ellos, frustrado.
Yo abrí la boca para intentar intervenir con mi alemán básico de negocios, pero antes de que pudiera decir una palabra, Iago dio un paso al frente.
—Wenn ich intervenieren darf, meine Herren —dijo Iago, con un acento bávaro perfecto y una fluidez que me dejó mudo—. Das Problem liegt nicht an den Logistikkosten, sondern an der steuerlichen Behandlung der Transithäfen. Wenn Sie die Struktur nach den neuen EU-Richtlinien anpassen, wird der Gewinn um zwölf Prozent steigen.
Los suizos se quedaron boquiabiertos. Empezaron a bombardearlo a preguntas, y Iago respondió no solo en alemán, sino que cuando un socio francés se unió a la charla, cambió al francés con una elegancia parisina impecable. Luego, para rematar la humillación, hizo una broma en italiano que hizo reír a carcajadas a la mujer del embajador.
Me quedé allí, de pie, sintiéndome como un espectador en mi propia gala. El hombre al que yo había tachado de "pintoresco" y "matón tatuado" estaba manejando a mis socios más importantes en tres idiomas diferentes con una sofisticación que yo, con todos mis títulos y mi herencia, no podía igualar en ese momento.
Iago se giró hacia mí, manteniendo esa calma exasperante mientras los suizos lo palmeaban en la espalda, impresionados.
—Como decía, señor Sosa —continuó Iago en español, volviendo a nuestra conversación privada como si nada hubiera pasado—, la comunicación es un arte. Sofía no solo valora la "tinta", como usted dice. Ella valora a las personas que son capaces de hablar más de un lenguaje... y no me refiero solo a los idiomas. Ella valora la honestidad y la profundidad. Algo que, por lo que veo, usted todavía está tratando de traducir.
Editado: 10.03.2026