(Narrado por Sofía)
El ambiente después de la gala era pesado, cargado de un magnetismo que ni el aire de la noche lograba disipar. Despedí a Iago con un beso en la mejilla; él, con su inteligencia habitual, leyó la tormenta en mis ojos y no hizo preguntas. Sabía que esa noche yo no le pertenecía a nadie, ni siquiera a mí misma.
Caminé hacia el estacionamiento privado, buscando mi coche, pero antes de que pudiera sacar las llaves, unos faros se encendieron frente a mi. Era el deportivo negro de Ricardo. La puerta se abrió y él bajó, despojándose de la chaqueta del esmoquin y arrojándola al asiento. No tenía la máscara del "Rey" puesta; tenía la cara de un hombre que había llegado a su límite.
—Sube —dijo, no como una orden de jefe, sino como una súplica ronca—. Solo diez minutos, Sofía. Lejos de las cámaras, lejos de mi madre, lejos de ese tipo.
Dudé un segundo, pero el fuego que me había encendido en el balcón seguía quemando. Entré. Ricardo arrancó y condujo en silencio hacia el mirador que dominaba la ciudad, un lugar donde las luces de los edificios parecían estrellas caídas. Cuando se detuvo, el silencio dentro del coche era tan denso que podía escuchar el tictac de su reloj de platino.
Ricardo no apagó el motor de inmediato. Se quedó con las manos apretadas al volante, los nudillos blancos. Yo miraba por la ventana, tratando de mantener mi postura de abogada implacable, pero el azul noche de mi vestido parecía brillar con una intensidad traicionera bajo la luz de la luna.
—¿Qué quieres, Ricardo? —pregunté, mi voz rompiendo el silencio como un cristal—. Ya me humillaste en la oficina, ya trataste de marcar territorio con Iago y ya confesaste que me "necesitas para respirar". ¿Qué más queda por decir?
Él apagó el motor y se giró hacia mí. Sus ojos oscuros estaban fijos en mis labios, una mirada que me recorría con un hambre que me hizo estremecer.
—Queda admitir que estoy aterrado —susurró, inclinándose hacia mí, invadiendo ese espacio que solo él sabía reclamar—. Estoy aterrado de que ese hombre tenga razón. De que sea mejor que yo, de que te trate mejor que yo... pero sobre todo, de que logre que me olvides.
—Ricardo... —intenté interrumpir, pero él puso un dedo sobre mis labios. El contacto eléctrico me dejó sin aliento.
—No. Déjame terminar. Marcus me enseñó que el amor es una debilidad que los enemigos usan para destruirte. Por eso te mantuve a distancia, por eso te traté como a una empleada más, porque si admitía lo que sentía por ti, perdía el control de mi imperio. Pero hoy, viéndote con él, entendí que no tengo ningún imperio si no estás tú para compartirlo.
Me miró con una vulnerabilidad que nunca había visto en un Sosa. El "Rey" estaba desnudo, emocionalmente hablando, frente a mí.
—He pasado años memorizando leyes, pero no me sé ninguna que explique cómo sacarte de mi sistema —continuó él, su voz bajando a un susurro peligroso—. Dijiste que él sabe cómo me muerdo el labio... pero él no sabe que yo paso las noches imaginando cómo sería pedirte perdón sin palabras.
—Es demasiado tarde para palabras, Ricardo —dije, sintiendo que mis propias barreras se desmoronaban—. Has pasado años siendo un muro de piedra. No puedes esperar que un vestido sexy y un par de celos cambien una década de indiferencia.
—Entonces no usemos palabras —respondió él.
Su mano subió lentamente por mi cuello, sus dedos rozando la piel sensible detrás de mi oreja. El contraste de su mano cálida con el frío de la noche me hizo cerrar los ojos. Ricardo se acercó más, eliminando cualquier rastro de aire entre nosotros. Podía sentir su respiración agitada contra mi boca, el aroma a cedro y a la furia contenida de toda una noche.
—Dime que te vas a ir con él —desafió él, su nariz rozando la mía—. Dime que no sientes cómo tu corazón late al mismo ritmo que el mío ahora mismo. Miénteme, Sofía.
Intenté articular una respuesta, intenté recordar a Iago, mi libertad, mi orgullo... pero todo se desvaneció cuando su mano se cerró con firmeza en mi nuca, atrayéndome hacia él.
—No puedo —confesé en un suspiro.
Y entonces, el muro cayó.
Ricardo me besó. No fue un beso tierno ni una disculpa educada; fue una colisión. Fue el estallido de diez años de tensión acumulada, de deseos reprimidos bajo pilas de contratos y de una rabia compartida que se transformó en un incendio instantáneo. Sus labios reclamaron los míos con una desesperación salvaje, como si estuviera intentando recuperar cada segundo que perdió ignorándome.
Gemí contra su boca, mis manos enredándose en su cabello, tirando de él con la misma urgencia. El beso sabía a victoria y a rendición al mismo tiempo. Ricardo me atrajo más hacia él, sus manos recorriendo la espalda descubierta de mi vestido, quemando cada centímetro de piel que tocaba. Era un lenguaje que ambos conocíamos mejor que cualquier idioma que Iago pudiera hablar: el idioma del hambre mutua.
En ese momento, en la oscuridad del coche y bajo la mirada de las luces de la ciudad, entendí que Beatriz tenía razón. Había hecho que el Rey se arrodillara, pero al hacerlo, yo también había caído en su trampa. El beso no era el final del juego, era el inicio de una guerra mucho más peligrosa, donde los corazones iban a ser el único botín de guerra.
Ricardo se separó apenas unos milímetros, sus ojos brillando con un triunfo oscuro y un deseo insaciable. —Ahora dime... —jadeó contra mis labios—... ¿vas a volver a decirme que él es mejor que yo?
Me quedé en silencio, con los labios hinchados y el corazón martilleando, sabiendo que, por mucho que quisiera odiarlo, Ricardo Sosa seguía siendo el dueño de mis incendios más profundos.
Editado: 10.03.2026