El peso de la Corona Sosa

12

(Narrado por Ricardo)

El sol de la mañana entraba con una claridad insultante por los ventanales de la cafetería, pero yo me sentía extrañamente ligero. Por primera vez en años, no me desperté pensando en acciones, bonos o en cómo aplastar a la competencia. Me desperté con el sabor de los labios de Sofía aún quemando los míos y con una sonrisa que no podía borrar de mi cara.

—Cierra la boca, Ricardo. Estás asustando a los clientes con esa expresión de felicidad —dijo Julián, sentándose frente a mí con una taza de café negro—. Pareces un adolescente que acaba de conseguir su primera cita, no el presidente de Sosa Galindo Corp.

Le di un sorbo a mi café, disfrutando de la ironía. —Tal vez lo soy, Julián. Tal vez soy un principiante en todo lo que realmente importa.

—¿Qué pasó anoche después de la gala? —preguntó él, apoyando los codos en la mesa—. Elena me dijo que Sofía se fue hecha una furia del brazo de Iago, pero que tú desapareciste poco después.

—La besé —solté sin preámbulos. El recuerdo de su respuesta, de sus manos enredadas en mi pelo, me hizo vibrar de nuevo—. En el coche. Fue... destructivo. Para mis barreras y para las suyas.

Julián soltó una carcajada limpia, atrayendo miradas de las mesas vecinas. —Vaya. Por fin el "Rey" se bajó del trono para besar a la plebe. Aunque admitámoslo, Sofía nunca fue plebe; ella siempre fue la que sostenía la corona mientras tú te pavoneabas por ahí.

—Lo sé —admití, bajando la voz—. Siempre supe que era especial. Siempre fue la mujer que me gustaba, la que me daba paz en medio del caos que era vivir bajo la sombra de Marcus. Pero jamás la había deseado con esta ferocidad. Verla con ese artista, verla libre y desafiante... me ha despertado algo que no puedo controlar. No es solo deseo, Julián. Es una necesidad de que me vea, de que entienda que nadie la conoce como yo.

—¿Y cuál es el plan? —Julián se puso serio—. Porque si crees que un beso borra años de indiferencia, estás muy equivocado. Sofía es inteligente, Ricardo. No va a volver a tus pies solo porque besas bien.

—No quiero que vuelva a mis pies —respondí con firmeza—. Quiero que esté a mi lado. Voy a seducirla, pero no con joyas ni con poder. Voy a ser el hombre que ella siempre quiso: el que la escucha. Voy a demostrarle que, aunque no lo decía, siempre estuve observándola.

Esa noche, la torre Sosa Galindo estaba en penumbra. Solo las luces de seguridad y el resplandor de la ciudad se filtraban por los cristales. Había pedido a seguridad que nos dejaran solos y había organizado una "reunión de urgencia" para las diez de la noche.

Sofía llegó puntual, como siempre. Vestía un traje de sastre oscuro que la hacía ver profesional y distante, pero sus labios seguían un poco más rojos de lo normal, un recordatorio del incendio que habíamos provocado horas antes.

—Espero que esta reunión sea realmente sobre la auditoría de las filiales, Ricardo —dijo ella, entrando a mi despacho sin saludar—. Iago me estaba esperando para cenar y no me gusta que me hagan perder el tiempo con juegos de poder.

—No hay auditoría hoy, Sofía —dije, levantándome de mi escritorio. Había preparado una pequeña mesa cerca del ventanal, con una cena sencilla pero exquisita y una botella de su vino favorito, uno que ella mencionó una vez en una cena de negocios hace tres años.

—¿Qué es esto? —preguntó, deteniéndose en seco. Sus ojos recorrieron la escena con sospecha—. Si crees que una cena romántica va a hacerme olvidar lo que pasó en el coche o el hecho de que me llamaste "cualquiera"...

—No quiero que lo olvides —la interrumpí suavemente, caminando hacia ella—. Quiero que hablemos. Pero no de leyes. No de Marcus. No de la empresa.

—No tenemos nada más de qué hablar —sentenció ella, intentando dar la vuelta.

—Siéntate. Por favor. Solo diez minutos. Si después de eso quieres irte con Iago, yo mismo te abriré la puerta y no volveré a molestarte fuera del horario laboral.

Sofía dudó, pero su curiosidad fue más fuerte. Se sentó con una rigidez elegante. Comimos en un silencio cargado de electricidad. Yo la observaba, notando cómo se relajaba poco a poco con el vino. Cuando terminamos, no saqué un contrato. Saqué un expediente de cuero viejo que guardaba bajo llave en mi caja fuerte personal.

Lo deslicé sobre la mesa hacia ella.

—¿Qué es esto? —preguntó, abriéndolo.

Sus ojos se agrandaron al ver el contenido. No eran documentos legales. Eran notas. Pequeños post-its amarillos con su letra, recordatorios que ella me dejaba hace años y que yo supuestamente tiraba a la basura. Había un servilleta de papel donde ella había dibujado un esquema de una defensa legal imposible durante un vuelo a Nueva York en 2024. Había una lista de sus flores favoritas que yo había anotado después de oírla hablar con Beatriz.

—Lo guardaste todo... —susurró Sofía, pasando los dedos por los papeles amarillentos.

—Cada detalle —confesé, mi voz sonando extraña en mis propios oídos—. Guardé esa servilleta porque esa noche fue la primera vez que entendí que eras más inteligente que cualquier socio que mi padre hubiera tenido. Guardé esas notas porque ver tu letra por la mañana era lo único que me hacía soportar el peso de esta oficina. Siempre estuve observándote, Sofía. Sabía cuándo estabas cansada, sabía cuándo un caso te quitaba el sueño, y sabía que estabas enamorada de un hombre que era demasiado cobarde para decírtelo.

Sofía levantó la vista, y vi lágrimas incipientes en sus ojos, mezcladas con una confusión profunda.

—¿Por qué ahora, Ricardo? ¿Por qué esperar a que me fuera?

—Porque el beso en el coche no fue mi victoria, Sofía. Fue mi rendición —dije, rodeando la mesa para arrodillarme frente a ella, tomando sus manos entre las mías—. Me rendí ante la idea de que puedo vivir sin ti. Me rendí ante el hecho de que soy un hombre incompleto si no estás a mi lado para guiarme.




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