(Narrado por Sofía)
El silencio en el despacho de Ricardo era tan espeso que podía sentirlo en los pulmones. Mis dedos aún rozaban aquella servilleta amarillenta de 2024, el esquema legal que dibujé en un vuelo a Nueva York mientras él fingía dormir a mi lado. Saber que lo había guardado, que durante años había atesorado mis sobras intelectuales como si fueran reliquias, me había dejado desarmada.
Pero entonces, el sonido seco de la puerta abriéndose rompió el hechizo.
—La cena se enfrió hace una hora, Sofía.
Me giré bruscamente. Iago estaba apoyado en el marco de la puerta. Su esmoquin de la noche anterior había sido reemplazado por una chaqueta de cuero y unos jeans desgastados, pero su mirada seguía siendo tan afilada como siempre. No parecía enfadado; parecía decepcionado.
Ricardo se puso de pie de inmediato, su cuerpo recuperando instantáneamente esa postura de combate que tanto odiaba. —Estamos en una reunión privada, Iago. Deberías aprender a tocar —dijo Ricardo, su voz recuperando ese tono de mando que me recordaba por qué me había ido de su lado.
—La seguridad de tu torre es un chiste para alguien que sabe qué puertas no tienen llave, Sosa —respondió Iago, entrando al despacho y deteniéndose a mi lado—. Sofía, te estuve llamando. Pensé que te había pasado algo, pero veo que solo te habías quedado atrapada en el pasado.
—Iago, yo... —intenté explicar, cerrando el expediente de cuero con un golpe sordo.
—No tienes que explicar nada —me interrumpió Ricardo, dando un paso hacia nosotros—. Sofía está donde debe estar. Estamos discutiendo su futuro como socia de esta empresa. Algo que tú, con tus pinturas y tus viajes, nunca podrías ofrecerle.
Vi cómo la mandíbula de Iago se tensaba, pero no perdió la calma. Miró a Ricardo y luego miró el expediente sobre la mesa. Soltó una risa seca. —¿Acciones, Ricardo? ¿De verdad crees que ella se quedó aquí por el dinero o por un trozo de papel? Ella se quedó porque todavía está esperando que seas el hombre que ella imaginó durante una década. Pero la realidad es que sigues intentando comprar su lealtad porque no sabes cómo ganar su corazón.
—¡Fuera de mi oficina! —rugió Ricardo, perdiendo la compostura—. ¡Ahora!
La tensión era insoportable. Ricardo estaba a un paso de lanzarse sobre Iago, y yo no podía permitir que mi oficina se convirtiera en un ring de boxeo por un ego herido.
—Basta —dije, mi voz cortando el aire como un látigo—. Ricardo, detente. Iago tiene razón en algo: me quedé demasiado tiempo.
Tomé mi bolso y caminé hacia la salida. Ricardo intentó agarrarme del brazo, pero me aparté con una mirada gélida. —Sofía, no puedes irte así después de lo que te mostré... después del beso —suplicó él, su voz quebrándose frente a su rival.
—Ese es el problema, Ricardo. Crees que un expediente y un beso borran años. Necesito pensar. Y no voy a hacerlo aquí encerrada contigo.
Salí del despacho sin mirar atrás, con Iago siguiéndome de cerca. El descenso en el ascensor fue silencioso, pero cuando llegamos a su coche, el aire fresco de la noche en Cabudare me ayudó a recuperar el aliento.
Iago condujo hacia la zona más tranquila de la ciudad, estacionando cerca de un parque solitario. Se quedó con las manos en el volante, esperando a que yo hablara.
—Es complicado, Iago —susurré, apoyando la cabeza en el asiento—. Ver esas notas... saber que él estuvo observándome todo este tiempo mientras yo creía que era invisible... me movió el suelo.
—Él te ama, Sofía. A su manera retorcida y controladora, pero te ama —dijo Iago, girándose para mirarme. Sus ojos eran comprensivos, sin rastro de los celos posesivos de Ricardo—. El problema es que tú todavía no sabes si lo amas a él o si amas la idea de que por fin te reconozca.
Me quedé en silencio, dejando que sus palabras calaran. Era la verdad más dolorosa que había escuchado en mucho tiempo. —No sé si puedo seguir adelante contigo sabiendo que él todavía tiene ese poder sobre mí —admití con honestidad—. No sería justo para ti. Ricardo es como una cicatriz que no termina de cerrar, y cada vez que intento alejarme, él encuentra una forma de volver a abrirla.
Iago tomó mi mano y me dio un apretón suave. —No busco que sea justo, Sofía. Busco que seas libre. Si intentas huir de él conmigo, siempre estarás mirando por encima del hombro.
—Entonces, ¿qué hacemos? —pregunté, sintiéndome pequeña por primera vez en mucho tiempo.
Iago sonrió, esa sonrisa libre y valiente que me había cautivado en el club. —Hagamos un trato. Sé el chico que te ayude a averiguarlo. No me voy a ir, pero tampoco te voy a presionar para que seas "mi novia" oficial mientras esa sombra te persigue. Quédate conmigo, salgamos, vivamos... y si al final del camino descubres que lo que sientes por Ricardo es amor verdadero y no solo una deuda emocional, yo mismo te llevaré a la puerta de su torre. Pero si descubres que puedes ser feliz sin su drama, entonces habremos ganado los dos.
Lo miré, asombrada por su madurez. Era el polo opuesto de Ricardo. Mientras Ricardo quería encerrarme en una jaula de oro y acciones, Iago me ofrecía un mapa y una brújula para que yo encontrara mi propio camino.
—¿Por qué harías eso por mí? —pregunté, conmovida.
—Porque una mujer como tú no merece ser un trofeo de guerra entre dos hombres —respondió él, acercándose para darme un beso suave en la frente—. Mereces saber quién eres cuando nadie te está mirando.
Esa noche, cuando Iago me dejó en mi casa, no me sentía como la abogada de los Sosa, ni como la conquista de un artista. Me sentía como una mujer que, por primera vez, tenía el permiso de dudar.
Ricardo me había dado un expediente de mi pasado, pero Iago me estaba dando una hoja en blanco para mi futuro. Y aunque mi corazón todavía latía con una fuerza traicionera cuando recordaba el beso en el coche, sabía que la prueba del fuego apenas comenzaba. Iago iba a ser mi refugio mientras yo decidía si el fuego de Ricardo era uno que me daba calor... o uno que terminaría por consumirme por completo.
Editado: 10.03.2026