(Narrado por Ricardo)
No dormí. Pasé toda la noche repasando el momento en que Sofía cruzó la puerta de mi despacho del brazo de ese artista. La imagen de sus manos entrelazadas se repetía en mi mente como una película de terror en bucle. Me sentía como un idiota. Había mostrado mis cartas, había confesado que guardaba sus notas como si fueran tesoros, y ella simplemente... se fue.
Llegué a la torre a las siete de la mañana, impecable por fuera pero con los nervios a punto de estallar. Me senté en mi escritorio, mirando el expediente de cuero que aún estaba sobre la mesa, esperando que ella entrara por esa puerta y me dijera que lo de anoche había sido un mal sueño, que Iago era solo una distracción y que finalmente aceptaba mi oferta.
A las ocho en punto, la puerta se abrió. Mi corazón dio un vuelco, pero no era ella.
—Buenos días, Rayito de Sol —dijo Elena, entrando con una carpeta y una sonrisa que me resultó irritante desde el primer segundo—. Vaya cara tienes. Pareces un extra de The Walking Dead pero con traje de mil dólares. ¿La cena no terminó con perdices?
—Elena, no estoy de humor para tus comentarios ingeniosos —gruñí, frotándome las sienes—. ¿Dónde está Sofía?
—En su despacho, trabajando desde hace media hora —respondió ella, dejando la carpeta sobre mi mesa con un golpe seco—. Y te sugiero que te pongas un poco de corrector en esas ojeras, porque ella parece que durmió en una nube de algodón. Está radiante. Julián dice que cuando una mujer brilla así después de una pelea, es porque el "otro" hizo muy bien su trabajo de consuelo.
Sentí una punzada de celos tan fuerte que casi rompo la pluma que tenía en la mano. —No me interesa lo que Julián opine sobre su vida privada. Ella tiene una propuesta de sociedad sobre la mesa. ¿Ha dicho algo al respecto?
Elena soltó una carcajada corta y se apoyó en el borde de mi escritorio, mirándome con una mezcla de lástima y diversión. —Ricardo, querido... a veces eres tan denso que me sorprende que sepas cómo abrocharte la corbata. Sofía no ha dicho ni una palabra sobre acciones o expedientes. Me pidió que te trajera estos informes de la auditoría de Barquisimeto y que te recordara que la reunión con los socios de la textilera es a las diez. Ah, y que "el señor Sosa" no olvide firmar el anexo de los contratos de mantenimiento de Julián.
—¿"El señor Sosa"? —repetí, mi voz subiendo una octava—. Anoche me llamó por mi nombre. Anoche me besó como si no hubiera un mañana.
—Bueno, hoy es "mañana" —sentenció Elena, dándose la vuelta para salir—. Y por lo que veo, el mañana viene con una ración extra de hielo. Suerte, Romeo. La vas a necesitar.
No pude aguantar hasta las diez. A las nueve y media, caminé hacia el despacho de Sofía. Mi plan era ser profesional, pero en cuanto la vi, toda mi estrategia se fue al traste.
Estaba sentada detrás de su escritorio, con las gafas de lectura puestas, concentrada en una pantalla llena de números. El cabello lo llevaba recogido en un moño perfecto, ni un solo mechón fuera de lugar. Parecía una estatua de mármol.
—Sofía —dije, entrando y cerrando la puerta tras de mí.
Ella ni siquiera levantó la vista. Sus dedos siguieron tecleando con una velocidad rítmica y molesta. —Señor Sosa. Justo iba a enviarle un correo. Hay una discrepancia en el flujo de caja de la sucursal de Cabudare. Necesito que revise los permisos de construcción que Marcus dejó pendientes.
—Olvida Cabudare por un segundo —me acerqué a su escritorio, apoyando las manos sobre la madera—. ¿Qué significa esto? ¿"Señor Sosa"? Después de lo que pasó anoche... de lo que te mostré...
Sofía dejó de teclear. Lentamente, se quitó las gafas y me miró. Sus ojos eran dos pozos de indiferencia absoluta. Me dolió más que si me hubiera dado una bofetada.
—Anoche fue una reunión emocionalmente intensa, Ricardo. Admito que tu gesto con las notas fue... inesperado. Pero hoy es un día laboral. Tenemos un imperio que limpiar y socios que esperan resultados. No mezclemos las cosas.
—¡Mezclamos las cosas en el momento en que me besaste en ese coche! —exclamé, bajando la voz al notar que las paredes de la oficina no eran tan gruesas como pensaba.
—Ese beso fue un error de juicio producto de la nostalgia —respondió ella con una calma que me estaba volviendo loco—. En cuanto a tu oferta de sociedad, la estoy analizando legalmente. Pero te advierto que mis condiciones incluirán una cláusula de no interferencia en mi vida personal. Iago y yo tenemos planes para el fin de semana y no quiero que "urgencias corporativas" se interpongan.
Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. El muro de hielo que ella había levantado era infranqueable. Me di cuenta de que mi plan de "ser el hombre que escucha" no estaba funcionando porque ella no quería decir nada que yo quisiera oír.
—¿Planes con Iago? —pregunté, mi voz temblando de rabia contenida—. ¿Después de saber que he guardado cada pedazo de papel que has tocado durante diez años? ¿Vas a ignorar eso por un tipo que solo te conoce de un par de noches?
Sofía se puso de pie, rodeando el escritorio con esa elegancia letal que ahora la caracterizaba. Se detuvo frente a mí, y por un momento, vi una chispa de algo —no sé si era dolor o duda— en el fondo de sus pupilas.
—Guardar papeles es fácil, Ricardo. Lo difícil es haber estado ahí cuando yo te necesitaba y no cuando tuviste miedo de perderme. Iago no tiene un expediente de mi pasado, pero está dispuesto a construir un futuro conmigo sin que yo tenga que ser su sombra. Ahora, si me disculpas, tengo una reunión con tu madre, Beatriz. Ella, al menos, sabe distinguir entre la familia y los negocios.
Pasó por mi lado, dejando atrás ese perfume que me perseguía en sueños. Me quedé solo en su oficina, rodeado del silencio frío que ella había dejado. Me sentía derrotado, pero no me iba a rendir. Si ella quería jugar al "Señor Sosa" y la "Doctora", jugaríamos. Pero yo no iba a permitir que ese artista se quedara con el futuro que me pertenecía.
Editado: 10.03.2026