(Narrado por Sofía)
Cerré la última carpeta con un golpe seco, sintiendo una satisfacción casi física. El silencio de mi oficina era el único refugio después de un día entero de mantener a Ricardo a una distancia glacial. Había sido agotador, no por el trabajo, sino por el esfuerzo de ignorar esa mirada suya que me seguía como una sombra hambrienta.
La puerta se abrió y Elena entró sin llamar, balanceando su bolso con una sonrisa que decía que venía cargada de chismes.
—Dime que ya terminaste de torturarlo por hoy —dijo Elena, sentándose en el borde de mi escritorio—. Porque si sigues así, el pobre va a terminar mordiendo las alfombras de la presidencia. Ha bebido tanto café que juraría que sus manos tiemblan cuando firma los memorándums.
No pude evitar una sonrisa de suficiencia mientras guardaba mi laptop. —Se llama profesionalismo, Elena. Él quería que fuera su socia, y eso es lo que tiene: una abogada eficiente que no mezcla los negocios con... errores de juicio en el coche.
—¡Ja! —Elena soltó una carcajada—. Errores de juicio, claro. El "Señor Sosa" está que se sube por las paredes. Me preguntó tres veces si sabía a qué hora salías. Le dije que probablemente te irías a una cita con un artista increíblemente culto que habla cuatro idiomas y que, a diferencia de él, no guarda servilletas usadas. Deberías haber visto su cara; pasó del blanco al rojo en tres segundos.
—Eres malvada —reí, levantándome para recoger mi abrigo.
—Soy realista, Sofía. Te mereces ver al Rey suplicando un poco. Pero ya, vete de aquí. Julián y yo vamos a cenar algo que no sea "drama de los Sosa", y tú tienes a un hombre con tatuajes esperándote.
Salí de la torre con una ligereza que no sentía en años. Conducir hacia el departamento de Iago se sentía como cruzar una frontera hacia un país libre.
Cuando abrí la puerta de su loft, el aroma a romero y vino tinto me envolvió de inmediato. Iago estaba en la cocina, con una camiseta vieja y un delantal que se veía ridículamente bien sobre sus brazos tatuados. Se giró al oírme y su rostro se iluminó con esa calidez que era el antídoto perfecto para el frío de la oficina.
—Llegas justo a tiempo —dijo, dejando el cuchillo y caminando hacia mí. Me tomó por la cintura y me recibió con un beso largo, profundo, uno de esos besos que huelen a hogar y no a conflicto.
—Hueles a oficina y a testosterona reprimida —bromeó contra mis labios, haciéndome reír—. ¿Cómo estuvo el reino de los Sosa hoy?
—Gélido —respondí, quitándome los tacones y suspirando—. El "Señor Sosa" está aprendiendo que el hielo quema tanto como el fuego.
Nos servimos un par de copas de vino tinto y nos sentamos en la barra de la cocina. Entre risas y anécdotas sobre los socios suizos y las caras de espanto de los clientes de Ricardo, la tensión del día empezó a disolverse. Iago tenía esa habilidad de hacer que los problemas de la corporación parecieran absurdos, una comedia de enredos en lugar de una tragedia griega.
—Dime algo, Sofía —dijo Iago, balanceando su copa de vino mientras me observaba con curiosidad juguetona—. En todos esos diez años de ser la "mano derecha perfecta"... ¿alguna vez intentaste seducirlo? ¿Alguna vez dejaste caer un papel a propósito o usaste un perfume especial para ver si el Rey tenía pulso?
Solté una carcajada, sintiendo el calor del vino en mis mejillas. —¡Nunca! Estaba demasiado ocupada salvando su pellejo legal y tratando de que Marcus no se diera cuenta de que yo era la que realmente redactaba los contratos. Además, Ricardo era como un muro de mármol. Si hubiera intentado seducirlo, probablemente me habría dado un aumento de sueldo y me habría pedido que revisara una cláusula de confidencialidad.
—No lo creo —dijo Iago, bajándose del taburete y acercándose a mí—. Creo que simplemente no sabías cómo atacar ese tipo de defensas. Un hombre como Ricardo necesita algo... específico.
—Ah, ¿y tú eres un experto en seducir presidentes de corporaciones? —lo desafié, divertida.
—Soy un experto en la estética del deseo —respondió él con un guiño—. Vamos, practiquemos. Imagina que soy Ricardo. Estoy ahí sentado, amargado, pensando en mi linaje y en mi café amargo. ¿Cómo harías para que se olvidara de su apellido en diez segundos?
Empezamos a bromear. Me puse de pie, fingiendo una voz grave y autoritaria. —"Señor Sosa, el anexo B tiene un error... y su corbata está un poco torcida" —dije, acercándome a Iago y ajustando su cuello inexistente con una mirada exageradamente intensa.
Iago soltó una carcajada y me siguió el juego, poniendo una cara de absoluta seriedad aristocrática. —"Doctora, no me hable de anexos. Hablemos de por qué su perfume está distrayendo mi flujo de caja".
—¡Eso es exactamente lo que él diría! —exclamé entre risas, golpeando suavemente su hombro.
Pero entonces, el juego cambió de tono. Iago me tomó de las manos y me atrajo hacia él. La risa se fue apagando, reemplazada por una electricidad mucho más real. —No, en serio, Sofía —susurró, su voz volviéndose profunda—. ¿Cómo lo harías? ¿Cómo desarmas a un hombre que cree que lo posee todo?
Lo miré a los ojos. El juego de "seducir a Ricardo" se convirtió en algo distinto. Me acerqué a Iago, dejando que mis manos recorrieran los tatuajes de sus antebrazos, sintiendo la textura de su piel bajo mis dedos. —No lo seduciría con palabras —dije, mi voz bajando a un susurro—. Lo haría así.
Me puse de puntillas y deslicé mis labios por la línea de su mandíbula, muy despacio, sintiendo su respiración acelerarse. Iago soltó un suspiro pesado y me apretó contra la barra.
—La cena se va a quemar —susurró él, aunque sus manos ya estaban buscando la cremallera de mi vestido.
—Que se queme —respondí, olvidando por completo a Ricardo, a la oficina y a las acciones de la empresa.
En ese momento, la práctica se convirtió en realidad. Dejamos las copas y la cena a medio preparar a un lado. Iago me levantó y me sentó sobre la barra de granito, sus manos recorriendo mis piernas con una urgencia que me hacía sentir viva, deseada y, por primera vez, completamente dueña de mi placer. No había expedientes, no había pasado, no había "Señores". Solo estábamos nosotros dos en medio de un loft lleno de arte y el aroma de una cena que jamás llegaríamos a probar.
Editado: 10.03.2026