(Narrado por Ricardo)
El olor me golpeó antes de que mis ojos pudieran procesar el caos. No era el aroma a café recién tostado y cera para muebles de caoba de mi oficina; era una mezcla penetrante de aguarrás, óleo húmedo, metal frío y algo que solo podía describir como "libertad desordenada".
Me detuve en el umbral del estudio de Iago. Me sentía ridículo. Llevaba un traje de tres piezas de dos mil dólares en un lugar donde las paredes estaban salpicadas de pintura y el suelo era de cemento pulido cubierto de bocetos arrugados. Mi presencia allí era una nota discordante en una sinfonía de bohemia que yo no comprendía.
—El horario de visitas para mecenas es de tres a cinco, y el de cobradores de deudas... bueno, ese nunca está abierto —dijo una voz desde el fondo, cargada de una ironía que me hizo tensar los hombros.
Iago emergió de detrás de un lienzo enorme. No llevaba la máscara de la gala; estaba cubierto de manchas de pintura negra y roja, con el cabello alborotado y una cerveza en la mano. Se detuvo, me miró de arriba abajo y soltó una risita seca que me irritó más que cualquier insulto de Marcus.
—Sosa. Debí imaginar que el Rey no se quedaría sentado en su trono esperando que la Reina volviera por su cuenta —dijo, dejando la cerveza sobre una mesa de madera rústica—. ¿A qué debo el honor? ¿Vienes a comprar mi estudio para demolerlo o a pedirme que te enseñe a hablar francés?
—He venido a ver qué es lo que ella ve aquí —respondí, dando un paso hacia el centro del salón, tratando de no manchar mis zapatos italianos—. Porque desde mi despacho, todo lo que veo es a una mujer brillante perdiendo el tiempo con alguien que vive en un garaje glorificado.
Iago no se alteró. Al contrario, caminó hacia una nevera vieja, sacó otra cerveza y me la ofreció. —Tómala, Ricardo. Estás tan tenso que parece que si te toco, te vas a romper en mil pedazos de cristal. Relájate. Sofía no está aquí. Salió a correr hace una hora; dice que necesita sudar el estrés que le provocas cada vez que la llamas "Doctora" con ese tono de hielo.
Acepté la botella, más por necesidad de tener algo en las manos que por sed. Estaba fría. Le di un trago largo, sintiendo el amargor en la garganta.
—Dime una cosa, artista —dije, señalando con la botella el caos que nos rodeaba—. ¿De qué hablan? Cuando no están... "practicando" lo que sea que practiquen, ¿de qué hablan? ¿Hablan de leyes? ¿De la reconstrucción de la empresa? ¿De los problemas de Beatriz?
Iago se sentó en un taburete alto, balanceando una pierna con una calma exasperante. —Hablamos de ella, Ricardo. No de la abogada. No de la "mano derecha". Hablamos de la niña que quería viajar, de la mujer que odia los tacones pero los usa porque cree que son su armadura, de lo que siente cuando mira el mar. Hablamos de todo lo que tú ignoraste durante diez años porque estabas demasiado ocupado revisando los márgenes de beneficio.
—Yo la cuidaba —gruñí, sintiendo que la rabia subía por mi cuello—. La protegía del mundo de mi padre.
—No la protegías, la escondías —me corrigió él, y su voz ya no era burlona, era afilada—. La tenías en una vitrina para que nadie más pudiera ver lo brillante que era. Pero las cosas brillantes necesitan luz, no un despacho sin ventanas.
Me quedé en silencio, recorriendo el lugar con la mirada hasta que mis ojos se toparon con algo que me detuvo el corazón. En un rincón, sobre un caballete más pequeño, había un boceto al carboncillo. Era Sofía. Pero no era la Sofía que yo veía cada mañana. En el dibujo, estaba dormida, o tal vez solo descansando con los ojos cerrados, con un mechón de pelo cayendo sobre su frente y una expresión de paz absoluta que yo nunca, en una década, había logrado darle.
Me acerqué al dibujo, fascinado y herido al mismo tiempo. Iago había capturado su alma, no su cargo. Había dibujado la vulnerabilidad que ella solo mostraba cuando se sentía segura.
—Ella nunca duerme así en la oficina —susurré, casi para mí mismo.
—Porque en la oficina ella tiene que ser un soldado —dijo Iago, acercándose y poniéndose a mi lado—. Aquí, ella es solo Sofía.
Me giré para mirarlo. Por primera vez, no vi a un rival que odiaba, sino a un hombre que realmente la veía. Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa. —Tengo miedo —admití, y la palabra se sintió como una traición a mi apellido—. Tengo miedo de no ser lo suficientemente humano para ella. He pasado tanto tiempo siendo el hijo de Marcus Sosa, siendo un engranaje en una máquina de poder, que no sé si me queda algo de... esto. De lo que ella encuentra aquí.
Iago se quedó callado un momento, procesando mi confesión. Para mi sorpresa, no se rió. —Tienes un corazón, Sosa. El problema es que lo tienes guardado en una caja fuerte de alta seguridad y olvidaste la combinación. Sofía no quiere tus acciones, ni tu apellido. Ella quiere saber que, si un día todo ese imperio se quema, tú seguirás siendo el hombre que guarda sus notas en una servilleta.
—Ya le mostré las notas. No fue suficiente —dije, mirando de nuevo el boceto.
—Porque las notas son el pasado. Ella necesita el presente —Iago me puso una mano manchada de pintura en el hombro, un gesto que en otro momento habría rechazado, pero que ahora acepté—. Si quieres recuperarla, deja de actuar como su jefe y empieza a actuar como el hombre que tiene miedo de perderla. No le ofrezcas un contrato de sociedad; ofrécele un motivo para quedarse que no tenga que ver con el trabajo.
Salí del estudio minutos después, dejando la cerveza a medio terminar. El aire de Cabudare se sentía diferente. Al subir a mi coche, me miré en el retrovisor. Seguía siendo el "Rey", seguía llevando el traje caro, pero las palabras de Iago resonaban en mi cabeza como una sentencia.
Iago no era mi enemigo. Mi enemigo era el hombre que yo había sido durante diez años.
Arranqué el coche, pero no me dirigí a la torre. Conduje hacia la floristería que Beatriz siempre mencionaba. Si quería el presente, iba a darle el presente. Pero no iba a ser fácil. Sabía que Sofía estaba corriendo, tratando de sudar el estrés que yo le causaba. Pues bien, yo iba a darle algo más en qué pensar que no fuera una auditoría.
Editado: 10.03.2026