(Narrado por Sofía)
El aire húmedo de la tarde en Cabudare golpeaba mi rostro mientras mis zapatillas golpeaban el pavimento del parque con un ritmo constante. Izquierda, derecha, respira. Izquierda, derecha, olvida. Pero era imposible. Mi mente era un tribunal en sesión permanente donde Ricardo Sosa y Iago Valiente presentaban sus alegatos finales.
Ricardo, con sus expedientes de cuero, su beso desesperado en el coche y esa vulnerabilidad tardía que me hacía querer abrazarlo y abofetearlo al mismo tiempo. Iago, con su libertad, su risa y esa forma de hacerme sentir que el mundo no termina en las paredes de una oficina legal. ¿Qué futuro quería? ¿La seguridad de un imperio compartido o la aventura de una vida por descubrir?
El vibrar de mi teléfono en el brazalete interrumpió mis pensamientos. Era Elena.
—Dime que no te has desmayado de un síncope por el exceso de endorfinas —dijo Elena en cuanto contesté, su voz cargada de esa energía cínica que tanto necesitaba en ese momento.
—Solo estoy corriendo, Elena. Intentando que el cerebro me deje de dar vueltas —respondí, bajando el ritmo hasta caminar.
—Bueno, deja de correr y prepárate. Julián me debe una salida y he decidido que tú vienes con nosotros esta tarde. Necesitamos hablar, Sofía. De mujer a mujer, lejos de los dramas de "Sosa Galindo Corp" y de los hombres que creen que son los dueños de la moral. Paso por ti en un par de horas, ¿vale?
—Acepto —suspiré, deteniéndome para recuperar el aliento—. Necesito una distracción antes de que termine hablando sola con las estatuas del parque.
Nos despedimos y emprendí el regreso al taller de Iago. Pensaba en una ducha larga, en el olor a café y en la paz que usualmente encontraba entre sus lienzos. Pero la paz era lo último que me esperaba al abrir esa puerta de metal.
Me quedé de piedra, con la mano aún en el picaporte y el corazón martilleando contra mis costillas, pero esta vez no era por el ejercicio.
En el centro del estudio, frente a un lienzo monumental que antes estaba en blanco, estaba Ricardo. Pero no era el Ricardo de la torre. Se había quitado la chaqueta y la corbata; las mangas de su camisa blanca, de esa seda carísima que siempre planchaban con precisión milimétrica, estaban remangadas hasta los codos. Y estaban manchadas.
Ricardo tenía un bote de pintura azul en una mano y una espátula en la otra. Con un movimiento fluido y casi violento, lanzó un chorro de pintura contra el lienzo, riendo a carcajadas. Una risa limpia, abierta, una que nunca le había escuchado en diez años de reuniones de directorio.
A su lado, Iago lo observaba con una sonrisa de suficiencia, dándole palmaditas en la espalda mientras sostenía una cerveza.
—¡Eso es, Sosa! —exclamó Iago, riendo también—. ¡Deja que el idiota corporativo muera un poco! ¡Más fuerza en el trazo, hombre, que parezca que estás firmando un despido masivo!
—¡Se siente malditamente bien! —gritó Ricardo, volviendo a lanzar pintura, esta vez un rojo intenso que chocó contra el azul, creando un caos violento de colores.
Me quedé allí, muda, sintiendo que el mundo se había vuelto del revés. Ricardo Sosa, el hombre que contaba los milímetros de sus márgenes y que odiaba el desorden, estaba cubierto de manchas, riendo con el hombre que se suponía era su archienemigo.
—¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí? —pregunté, mi voz sonando mucho más aguda de lo que pretendía.
Ambos se giraron al unísono. Ricardo se detuvo con la espátula en el aire, con una mancha de pintura amarilla en la mejilla que lo hacía ver extrañamente joven y humano.
—Sofía —dijo, recuperando un poco la compostura, aunque su pecho aún subía y bajaba por el esfuerzo—. Solo estaba... liberando tensión. Iago dice que mi técnica es un poco "cuadrada", así que estamos trabajando en mi flexibilidad.
—Es un caso perdido, Sofía —intervino Iago, guiñándome un ojo mientras le daba un trago a su cerveza—. Tiene el brazo un poco rígido, propio de un cuadrado de oficina acostumbrado a sostener una pluma fuente todo el día, pero tengo que felicitarlo: tiene potencia. Si alguna vez quiebra la empresa, puede dedicarse al expresionismo abstracto de choque.
—Fuiste a verlo... —susurré, mirando a Ricardo. Mi cerebro intentaba procesar la imagen de ellos dos juntos—. Viniste aquí, a su taller.
—Vine a hablar, Sofía —respondió Ricardo, dando un paso hacia mí, con la mirada fija en la mía—. Y terminamos... bueno, terminamos en esto.
La incomodidad empezó a subir por mi garganta como una marea caliente. No era solo el hecho de que estuvieran juntos; era la camaradería, la forma en que Iago lo trataba como a un igual y la forma en que Ricardo se permitía ser visto así, derrotado y sucio, frente a él. Me sentí como una intrusa en mi propio refugio. Sentí que el control que yo creía tener sobre la situación se me escapaba de las manos.
Si ellos se volvían aliados, ¿dónde quedaba yo? ¿En qué lugar me ponía eso a mí, que había usado a uno para protegerme del otro?
—Me voy arriba —dije bruscamente, dando media vuelta sin esperar respuesta.
—Sofía, espera... —escuché la voz de Ricardo, pero no me detuve.
Subí las escaleras hacia el área del departamento casi corriendo, con los oídos zumbando. Entré y cerré la puerta con demasiada fuerza. Me sentía totalmente fuera de lugar, irritada y, sobre todo, profundamente confundida. Ver a Ricardo lanzando pintura con Iago era como ver a un lobo jugando con un león; una anomalía de la naturaleza que solo podía significar problemas para la gacela.
Me apoyé contra la puerta, respirando agitada. Esa tarde saldría con Elena, y gracias a Dios por eso. Necesitaba que alguien me recordara quién era yo antes de que estos dos hombres terminaran de volverme loca con sus nuevas y extrañas alianzas. Ricardo estaba cambiando, Iago estaba colaborando, y yo... yo sentía que estaba perdiendo el suelo bajo mis pies.
Editado: 10.03.2026