(Narrado por Sofía)
Me miré al espejo una última vez, ajustando el cuello de mi blusa de seda. El encuentro en el taller seguía vibrando en mis sienes como una migraña persistente. Ver a Ricardo, el impecable y gélido Ricardo Sosa, cubierto de azul cobalto y riendo como si no tuviera una corporación que dirigir, había roto algo en mi esquema mental. Salí del loft de Iago casi huyendo, necesitando el refugio de una conversación que no incluyera testosterona ni lienzos manchados.
Llegué al departamento de Elena y el ambiente cambió de inmediato. Ella me recibió con esa energía eléctrica que siempre la caracterizaba, con una botella de vino ya abierta y una tabla de quesos que gritaba "tarde de confidencias".
—¡Por fin llegas! —exclamó, arrastrándome hacia el sofá—. Cuéntamelo todo. Julián me mandó un mensaje críptico diciendo que el "Rey" estaba haciendo algo "artístico". Por favor, dime que no es lo que imagino.
Me desplomé en el asiento y solté una carcajada, aceptando la copa de vino que me ofrecía. —Elena, no tienes idea. Entré al taller y estaban los dos. Ricardo se había remangado la camisa —esa que cuesta más que mi coche— y estaba lanzando pintura como un loco. Iago lo animaba como si fuera su mejor alumno. Parecían... amigos. Fue la cosa más bizarra e incómoda que he visto en toda mi vida.
Elena estalló en una risa limpia, casi tirándose hacia atrás. —¡No me lo puedo creer! Ricardo Sosa manchándose las manos por voluntad propia. Eso es una señal del apocalipsis, Sofía. O eso, o realmente está perdiendo el juicio por ti. Julián me dijo que Ricardo estaba desesperado, pero esto escala a niveles de comedia romántica de bajo presupuesto.
Reímos durante un buen rato, repasando la imagen de Ricardo con la mancha amarilla en la mejilla. Por un momento, gracias al vino y a la complicidad de mi amiga, el peso de la indecisión se sintió más ligero. Sin embargo, noté que Elena tenía un brillo diferente en los ojos, una ansiedad contenida que no era solo por mi chisme.
—Bueno, basta de hablar de los traumas de Ricardo —dije, dejando la copa sobre la mesa y mirándola fijamente—. Dijiste que querías hablar de algo importante. Me tienes intrigada desde que me llamaste al parque. ¿Qué pasa, Elena?
Elena se quedó callada un segundo, una pausa inusual en ella. Dejó su copa, respiró hondo y, con una sonrisa que iluminó toda la habitación, extendió su mano izquierda hacia mí.
En su dedo anular, un diamante solitario capturaba la luz de la tarde, brillando con una promesa silenciosa y perfecta.
—¡Elena! —ahogué un grito, llevándome las manos a la boca.
—Julián me lo pidió anoche —susurró, con los ojos empañados por una emoción genuina—. Fue sencillo, en casa, solo nosotros dos. Me dijo que no quería pasar un solo día más sin saber que yo era su presente y su futuro. Y, por supuesto... le dije que sí.
Me lancé a abrazarla, olvidando el vino y los problemas. Estábamos saltando y riendo como adolescentes en el medio de su sala. Ver a Elena, que siempre había sido el pilar de realismo y cinismo en mi vida, tan entregada a la felicidad, me dio una esperanza que no sabía que necesitaba.
—¡Vas a ser una novia increíble! —le dije, apartándome para volver a admirar el anillo—. No puedo creer que el rudo de Julián se haya puesto tan romántico.
—Detrás de esa fachada de mecánico y guardaespaldas, hay un hombre que vale oro, Sofía —dijo ella, secándose una lágrima traicionera—. Y prepárate, porque no acepto un no por respuesta: vas a ser mi dama de honor. Mi única dama de honor. Necesito que alguien mantenga la cordura mientras yo entro en pánico con el vestido.
—Será un honor, lo sabes —respondí, sintiendo un calorcito en el pecho. Pero entonces, la realidad empezó a filtrarse por las grietas de la noticia.
Elena volvió a sentarse, mirándome con una expresión que mezclaba la alegría con una advertencia pícara.
—Ahora, hay un detalle técnico que tienes que procesar, socia —comenzó Elena, dándole un sorbo a su vino—. Sabes cómo es Julián. Ricardo es más que su jefe; es su hermano por elección, el hombre que lo apoyó cuando todo se caía a pedazos. Julián ya me lo advirtió: le va a pedir a Ricardo que sea su padrino de boda.
Sentí que el corazón me daba un vuelco, pero no de alegría.
—Lo que significa... —empecé a decir, uniendo los puntos.
—Exactamente —confirmó Elena, señalándome con el dedo—. Significa que en el evento más importante de mi vida, tú y Ricardo van a estar juntos. En el altar, en las fotos, en el baile de honor. Van a tener que ensayar entradas, sentarse en la mesa principal y fingir que no se mueren de ganas por besarse o por matarse el uno al otro. Estarán unidos por el protocolo de la boda, Sofía. No hay escapatoria.
Me recosté en el sofá, procesando la información. El destino no solo me estaba jugando una broma; me estaba tendiendo una emboscada profesionalmente planificada. Si antes era difícil mantener la distancia en la oficina, una boda —con todo su romanticismo, vino y simbolismo— sería el campo de batalla definitivo.
—Ricardo va a usar esto a su favor, ¿verdad? —pregunté, más para mí misma que para ella.
—Como un tiburón que huele sangre —asintió Elena con una mueca divertida—. Pero míralo por el lado bueno: al menos ahora sabemos que sabe lanzar pintura. Quizás pueda ayudarte con los arreglos florales si se pone muy intenso.
Reímos de nuevo, pero mi risa tenía un matiz de nerviosismo. Ser la dama de honor junto al padrino Ricardo Sosa era la prueba final. Iago seguía en mi vida, ofreciéndome paz, pero el mundo de los Sosa —y ahora el de Julián y Elena— me arrastraba de vuelta al centro del huracán.
Esa noche, al despedirme de Elena, no podía dejar de pensar en el altar. No en el de ella, sino en la imagen de Ricardo parado allí, esperándome con ese traje que ahora sabía que podía mancharse, pero con esa mirada que seguía siendo tan limpia y obsesiva como el primer día. La guerra fría de la oficina acababa de recibir una fecha de vencimiento: el día de la boda
Editado: 10.03.2026