(Narrado por Ricardo)
El cristal de la copa de whisky estaba frío contra mis dedos, pero el líquido quemaba agradablemente mientras bajaba por mi garganta. Estábamos en la zona VIP de un club privado en las afueras, un lugar donde el ruido de la música electrónica llegaba solo como un latido sordo a través de las paredes insonorizadas. Aquí no había empleados, ni cámaras, ni la sombra asfixiante de mi padre. Solo estábamos Julián y yo.
Julián se echó hacia atrás en el sillón de cuero negro, soltando una carcajada que resonó en el reservado. Tenía los ojos rojos de tanto reír, una imagen que contrastaba con su usual fachada de seguridad impasible.
—¡Todavía no me lo creo, Ricardo! —exclamó, señalándome con su vaso—. ¡Tú! El hombre que se cambia la camisa si tiene una mota de polvo, lanzando pintura azul como si fueras un niño de cinco años en un jardín de infancia. ¡Daría un año de mi sueldo por haber visto la cara de Iago cuando te vio con la espátula!
Yo no pude evitar reír también, una risa que se sentía extrañamente ligera. —Ni yo mismo me lo creo, Julián. Pero ese tipo... tiene una forma de sacarte de quicio que te obliga a soltar lastre. Me miró como si yo fuera un mueble de oficina más y, por un momento, solo quise demostrar que podía romper el molde. Sofía entró justo cuando estaba lanzando un chorro de rojo. Se quedó blanca, como si hubiera visto a un fantasma.
—O a un hombre vivo, por fin —dijo Julián, recuperando un poco el aliento, aunque su sonrisa seguía ahí—. Te hacía falta, hermano. Llevas demasiado tiempo siendo una estatua de mármol. Me alegra que por fin te estés ensuciando las manos, aunque sea con pintura y no con contratos.
Bebimos en silencio un momento, disfrutando de la tregua. Julián y yo habíamos pasado por mucho; él había sido mi sombra y mi apoyo cuando Marcus Sosa intentó moldearme a su imagen y semejanza. Éramos hermanos en todo menos en la sangre.
De repente, Julián dejó su copa sobre la mesa con un ruido seco. Su expresión cambió. La risa se desvaneció, reemplazada por una solemnidad que me puso en alerta.
—Pero no te traje aquí solo para burlarme de tus dotes artísticas, Ricardo —empezó, y su voz bajó de tono—. Anoche le pedí a Elena que se casara conmigo.
Me quedé helado por un segundo. El tiempo pareció detenerse entre nosotros. —¿Y bien? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta por el brillo en sus ojos.
—Dijo que sí.
Me levanté del sofá de un salto y lo atraje hacia un abrazo fraternal, dándole un par de golpes fuertes en la espalda. —¡Maldita sea, Julián! Ya era hora. Elena es lo mejor que te ha pasado en la vida, y lo sabes. Me hace inmensamente feliz saber que vas a asentar cabeza con una mujer que te pone los puntos sobre las íes mejor que yo.
—Lo sé —dijo él, sonriendo con una humildad que solo el amor le provocaba—. Y por eso, en este club, entre nosotros dos, te lo pido formalmente: quiero que seas mi padrino. No hay nadie más, Ricardo. Eres mi familia.
Sentí un nudo de orgullo en el pecho. —Sería un honor, Julián. El mayor de los honores.
Julián asintió, pero no me soltó la mano. Me obligó a sentarme de nuevo y se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio con esa intensidad que usaba cuando estábamos en una situación de alto riesgo.
—Ahora, escucha bien, porque aquí viene la parte difícil —dijo, y su mirada se volvió de acero—. Elena ya habló con Sofía. Ella va a ser la dama de honor. La única. Lo que significa que en la boda, tú y ella van a ser la pareja principal después de nosotros. Van a entrar juntos a la iglesia, se van a sentar juntos, van a bailar el vals de honor frente a todos los invitados de la alta sociedad y de la familia Galindo.
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Era la oportunidad perfecta, el escenario ideal para estar cerca de ella sin que pudiera huir. Pero Julián leyó mi pensamiento de inmediato.
—No pongas esa cara de tiburón, Ricardo —me advirtió, señalándome con un dedo—. Este es el día más importante para Elena. Ella ha soñado con esto y ha trabajado duro para que todo sea perfecto. Y aquí va mi advertencia como tu hermano: compórtate.
—Julián, yo nunca haría nada para arruinar tu día...
—Sé que no lo harías a propósito —me interrumpió—. Pero te conozco. Sé cómo te pones cuando ves a Sofía. Sé que tus celos por el artista ese te están carcomiendo y que vas a querer usar cada segundo de la boda para acorralarla, para reclamarla, para marcar territorio. Y te lo digo hoy: si molestas a Sofía en la boda, si la haces sentir presionada o si causas una escena porque ella decide bailar con otro, vas a molestar a Elena.
Hizo una pausa para dejar que sus palabras calaran profundamente.
—Y si Elena se molesta en su boda, va a estar furiosa. Y si ella está furiosa, yo voy a estar más que molesto contigo, Ricardo. No conviertas mi boda en tu campo de batalla personal. Sofía necesita paz, no un acosador con traje de gala. Si la amas como dices, dale ese día de tregua. Sé el padrino que ella respete, no el jefe del que quiere escapar.
Me recosté en el sillón, sintiendo el peso de la responsabilidad. La imagen de Sofía caminando hacia el altar conmigo, vestida de dama de honor, era una visión gloriosa, pero la advertencia de Julián era el muro que no podía saltar.
—Tienes mi palabra, Julián —dije, mirando fijamente el whisky en mi copa—. No habrá escenas. No habrá presiones. Seré el padrino perfecto. Si ella quiere bailar conmigo, lo haré. Si no, me quedaré en mi sitio. La felicidad de Elena y la tuya están por encima de mis ganas de besarla... aunque me cueste la vida mantener la distancia.
—Más te vale —dijo Julián, chocando su copa con la mía—. Porque si rompes esa promesa, ni siquiera el apellido Sosa te va a salvar de que te rompa la cara en medio de la recepción.
Brindamos de nuevo, pero el sabor del whisky ahora era diferente. Era el sabor de un desafío. Estar a centímetros de Sofía durante horas, sintiendo su perfume, viendo su sonrisa dirigida a otros, y tener que mantenerme como un caballero de mármol sería la tortura más exquisita de mi existencia. Pero Julián tenía razón: si quería demostrarle que era un hombre nuevo, tenía que empezar por respetar sus fronteras en el día más sagrado para mis amigos.
Editado: 10.03.2026