El peso de la Corona Sosa

20

La elegancia de la mansión Sosa nunca se sintió tan cálida como esa noche. Beatriz, actuando como la verdadera matriarca que mantiene los hilos de la familia unidos, no escatimó en detalles. Los salones estaban inundados por el aroma de las orquídeas frescas y el sonido de las risas que rebotaban en las paredes de mármol. Había comida y bebida por doquier: estaciones de delicatessen, champán helado y una atmósfera de celebración que hacía olvidar, por un momento, las tensiones corporativas de la torre.

En el centro del salón, Isabella no podía contener su emoción. Se acercó a Elena con los ojos brillantes y la envolvió en un abrazo que casi la deja sin aliento.

—¡Finalmente! —exclamó Isabella, separándose un poco pero manteniendo sus manos en los hombros de Elena—. Finalmente serás mi cuñada de manera oficial, tal como lo soñé desde que te conocí. Ya eras parte de nosotros, pero ahora no tienes escapatoria.

Isabella se giró hacia su hermano Julián con una mirada que mezclaba la ternura con la advertencia pura de una Sosa Galindo.

—Y tú, hermanito... más te vale cuidarla como el tesoro que es. Si le rompes el corazón o la haces llorar, olvídate de que somos sangre. Te las verás conmigo primero —amenazó con una sonrisa traviesa que Julián recibió con una inclinación de cabeza respetuosa.

A pocos metros, Marco Valerius observaba la escena con una mezcla de admiración y una creciente ansiedad personal. Se acercó a Julián, estrechándole la mano con firmeza para felicitarlo.

—Felicidades, Julián. Has dado el paso que muchos de nosotros todavía estamos visualizando en nuestras cabezas —dijo Marco, bajando un poco la voz para que Isabella no escuchara—. De hecho... he estado pensando en hacer lo mismo con ella. ¿Algún consejo para un hombre que quiere sobrevivir a la propuesta?

Julián soltó una carcajada ronca, palmeando el hombro de su cuñado.

—¿Consejos? —rio Julián—. Mi primer consejo es que te prepares, porque eso no pasará tan fácil. Primero tendrás que pasar un entrenamiento de supervivencia extremo y un par de pruebas de fuego para ser digno de ser mi cuñado oficialmente. Mi bendición no es barata, Valerius.

Ambos rieron, compartiendo un momento de camaradería masculina que relajó la tensión de la noche, aunque Marco sabía que Julián hablaba con un cincuenta por ciento de verdad detrás de la broma.

Mientras tanto, en un rincón más tranquilo cerca del balcón, Beatriz interceptó a Sofía. La matriarca lucía majestuosa en un vestido de seda perla, observando la escena con la satisfacción de quien ha logrado poner orden en su reino.

—Mira esto, Sofía —susurró Beatriz, señalando al grupo—. Estoy tan orgullosa de mis hijos. Finalmente, mi Julián va a sentar cabeza. Siempre supe que Elena era la mujer indicada; para mí, ella ya es mi hija, y ahora lo será oficialmente ante la ley y ante Dios. Siempre quise que ella formara parte de nuestra mesa para siempre.

Beatriz se giró hacia Sofía, clavando sus ojos sabios y penetrantes en ella. Hubo un silencio cargado de intención antes de que la señora Sosa añadiera con una voz suave pero firme:

—También espero que pronto otra hija se una a nosotros a través de Ricardo. Ya es hora de que la felicidad sea completa en esta casa, ¿no crees?

Sin esperar una respuesta, y dejando sus palabras flotando en el aire como una sentencia inevitable, Beatriz se alejó con una sonrisa enigmática para atender a los parientes cercanos.

Sofía se quedó sola, apoyada contra la barandilla, soltando un largo suspiro que parecía llevar el peso de toda la semana. Miró a través del salón y se encontró con la mirada de Ricardo, que la observaba desde la distancia con una intensidad que le recordó la advertencia de Julián y la promesa silenciosa de las notas guardadas. El compromiso de sus amigos era un puente, pero ella aún no sabía si estaba lista para cruzarlo de la mano del hombre que su "madre" política ya había elegido para ella.




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