El peso de la Corona Sosa

22

El balcón de mármol de la mansión Sosa se sentía como el único lugar en el mundo donde el aire no estaba saturado de expectativas familiares y el aroma a champán caro. Abajo, el murmullo de la celebración continuaba; escuchaba la risa de Isabella y el tono grave de Julián, pero aquí arriba, frente a la inmensidad de las luces de Cabudare, me sentía pequeña.

​El brindis de Ricardo seguía resonando en mis oídos. Había sido una declaración de guerra disfrazada de bandera de paz. Había expuesto sus sentimientos frente a todos, marcando un antes y un después que yo no sabía si estaba lista para gestionar.

​Escuché el sonido de la puerta de cristal deslizándose. No necesité girarme para saber quién era. El perfume a sándalo y éxito lo precedía siempre.

​—¿Fue demasiado? —preguntó Ricardo.

​Su voz no tenía ese filo de mando al que me había acostumbrado durante una década. Sonaba cansada, casi frágil. Se apoyó en la barandilla a un metro de mí, manteniendo esa distancia de seguridad que Julián le había exigido, pero que sus ojos acortaban constantemente.

​—Fue... público —respondí, sin mirarlo—. Fue poner un foco sobre algo que apenas estamos intentando entender, Ricardo. Ahora todos en esa mesa esperan un anuncio, una fecha, una rendición.

​—No buscaba una rendición —dijo él, mirando hacia el horizonte—. Solo necesitaba que supieran que el Ricardo que ellos conocían, el que Marcus moldeó para ser una máquina de eficiencia, ya no existe. Quería que mi familia supiera que ya no eres la mujer que redacta mis contratos, sino la mujer que le da sentido a por qué los firmo.

​Se quitó la chaqueta del esmoquin y la dejó caer sobre una silla de mimbre, aflojándose el nudo de la corbata. Ese gesto, tan cotidiano y a la vez tan íntimo, me recordó al hombre que lanzó pintura en el taller de Iago.

​—Ricardo... —me giré para enfrentarlo. La luz de la luna bañaba su rostro, acentuando las líneas de cansancio alrededor de sus ojos—. Aprecio el cambio. De verdad lo hago. Ver que guardaste esas notas, ver que eres capaz de mancharte la camisa y de hablarle así a tu familia me conmueve. Pero me asusta.

​—¿Qué te asusta?

​—Que todo esto sea una estrategia más —confesé con honestidad brutal—. Eres un Sosa. Fuiste entrenado para ganar, para asediar una fortaleza hasta que las defensas caigan. Y ahora mismo, me siento asediada. Entre el compromiso de Elena, las palabras de Beatriz y tu brindis, siento que no tengo espacio para respirar.

​Ricardo dio un paso hacia mí, pero se detuvo en seco, recordando su promesa. Sus manos se apretaron contra el mármol de la barandilla.

​—Sofía, no es una estrategia. Es desesperación. He pasado diez años en silencio y ahora siento que cada segundo que pasa es un segundo que pierdo contra Iago o contra tu propia duda.

​—Ese es el punto, Ricardo —lo interrumpí, dando un paso hacia atrás—. No quiero que esto sea una carrera contra el reloj o contra otro hombre. Por favor... te lo pido como la amiga que fui durante años y como la mujer que está intentando encontrarse a sí misma: no me presiones.

​El silencio que siguió fue denso. El viento sopló con suavidad, agitando mi vestido. Ricardo me miró fijamente, procesando mi súplica. Vi cómo su mandíbula se tensaba y cómo luchaba contra su instinto natural de tomar el control.

​—Si me presionas —continué, mi voz apenas un susurro—, solo lograrás que me aleje más. Necesito que este proceso sea mío. Necesito saber si lo que siento es amor o solo la costumbre de estar a tu lado. Si de verdad has cambiado, demuéstralo dándome el espacio que nunca me diste en esa oficina.

​Ricardo cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Cuando volvió a abrirlos, la tormenta en sus pupilas parecía haberse calmado, reemplazada por una resignación dolorosa pero noble.

​—Está bien —dijo finalmente—. No habrá más brindis sorpresa. No habrá más emboscadas familiares. Si el único camino de vuelta a ti es el silencio y la distancia, aprenderé a caminarlo. Te daré el espacio que necesitas, Sofía. Aunque me queme por dentro cada vez que te vea en la boda de Julián y tenga que fingir que no eres el centro de mi universo.

​—Gracias —respondí, sintiendo que un peso enorme se levantaba de mis hombros.

​—Pero no me pidas que deje de esperarte —añadió él, con una firmeza que no era presión, sino una promesa—. Porque eso es algo que no puedo hacer. Esperaré el tiempo que sea necesario. Un mes, un año o el resto de mi vida. Solo quiero que sepas que, cuando decidas qué futuro quieres, yo estaré aquí. Sin contratos, sin máscaras. Solo Ricardo.

​Me quedé mirándolo, sorprendida por la madurez de su respuesta. Ricardo Sosa acababa de hacer lo más difícil para un hombre de su estirpe: ceder el poder.

​—Bajemos —dije suavemente—. Elena nos va a buscar si tardamos más.

​Él asintió y recogió su chaqueta. Caminamos de regreso al salón, pero esta vez no había esa tensión asfixiante. Había una tregua. Una tregua frágil, pero real. Al entrar de nuevo a la luz de la fiesta, vi a Iago llegar al fondo del salón. Nuestras miradas se cruzaron, y luego miré a Ricardo, que caminaba a mi lado respetando cada centímetro de mi espacio personal.

​La noche continuaba, pero las reglas del juego habían cambiado. Ya no era una guerra de conquista; era una espera silenciosa. Y mientras veía a Julián y Elena bailar en el centro de la pista, supe que la verdadera prueba no sería la boda, sino lo que yo decidiera hacer con la libertad que Ricardo, por fin, me había concedido.




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