El peso de la Corona Sosa

24

(Narrado por Ricardo)

Aflojé el nudo de mi corbata hasta sentir que el aire por fin llegaba a mis pulmones. Mi oficina, que siempre había sido mi santuario de control, hoy se sentía como una celda de cristal de alta seguridad. Había pasado toda la mañana pegado a la pantalla, fingiendo que las gráficas de rendimiento de la textilera eran lo más importante del mundo, mientras mis oídos estaban calibrados para detectar el más mínimo sonido de tacones en el pasillo.

No entró. Sofía no cruzó la puerta, no pidió una firma, ni siquiera envió un mensaje de texto para confirmar la recepción de las acciones. Cumplió su parte del trato: el silencio. Y yo estaba descubriendo que el silencio era una tortura mucho más refinada que cualquier discusión a gritos.

A la una en punto, vi por la rendija de la persiana cómo Sofía salía con Elena, riendo por algo que su amiga le decía. Se veía... ligera. Como si se hubiera quitado un peso de encima. Y ese peso, lo sabía con una punzada de amargura, era yo.

—¿Vas a quedarte ahí mirando como un acosador profesional o vas a aceptar que hoy no eres el protagonista de su almuerzo? —La voz de Julián me sobresaltó. Estaba apoyado en el marco de mi puerta, con las llaves del vehículo de seguridad en la mano y una expresión de burla que no se molestó en ocultar.

—No estoy mirando —mentí, regresando a mi escritorio con una dignidad que ya no me creía ni yo mismo—. Estoy revisando la seguridad del perímetro sur.

—Claro. Y yo soy el próximo Rey de Inglaterra —Julián entró y tiró un sándwich envuelto en plástico sobre mi escritorio—. Anda, deja de dar pena. Vamos abajo. Los "sobraos" de la oficina almorzamos en el búnker cuando nuestras mujeres deciden que somos demasiado intensos para su digestión.

Bajamos al área de monitoreo, un espacio lleno de pantallas, cables y el olor a café recalentado que siempre acompañaba al equipo de seguridad. Julián se sentó en una de las sillas giratorias, subió las botas a una mesa de metal y abrió su almuerzo. Yo me quedé allí, de pie, con mi sándwich de máquina de tres dólares en la mano, sintiéndome como un extraño en mi propia torre.

—Siéntate, Ricardo. Aquí no eres el "Señor Sosa". Aquí eres el tipo que está castigado sin recreo porque no sabe jugar limpio —dijo Julián, dándole un mordisco enorme a su comida.

Me senté en un taburete incómodo, sintiendo el frío del metal a través del pantalón de sastre. —Es más difícil de lo que pensaba, Julián. El silencio me está matando. Cada vez que escucho un ruido en el pasillo, espero que sea ella entrando para decirme que odia las acciones, que me odia a mí, lo que sea... pero que hable.

—Es que ese es tu problema —respondió Julián, señalándome con un trozo de pan—. Estás acostumbrado a que el conflicto sea una transacción. Si ella grita, tú negocias. Si ella llora, tú compras. Pero ahora, ella te dio el "voto de silencio". Y no tienes herramientas para eso porque Marcus no te enseñó a estar solo con tus pensamientos.

—Le di el veinte por ciento de la empresa hoy —confesé, mirando el plástico de mi sándwich—. Elena dice que lo firmó, pero con dudas.

Julián soltó una risa seca, casi atragantándose. —¿El veinte por ciento? Vaya, Ricardo. Pasaste de las flores a la artillería pesada en un fin de semana. ¿Y qué esperabas? ¿Que subiera corriendo a besarte porque ahora es millonaria?

—No. Esperaba que entendiera que confío en ella. Que ya no necesito que sea mi empleada para que esté cerca.

—Bueno, felicidades. Lo lograste. Ahora es tu socia e igual de libre que tú para ignorarte —Julián me miró con una seriedad repentina, dejando de lado las bromas—. Escúchame, hermano. Estás cumpliendo tu palabra. Eso vale más que todas las acciones del mundo. Sofía no es tonta; ella sabe que para un hombre como tú, no entrar a su oficina es el sacrificio más grande que puedes hacer. Estás aprendiendo a ser un hombre de honor, pero el honor duele.

—Me siento un extraño en mi propia piel —admití, bajando la cabeza—. Siento que si no estoy controlando la situación, la situación me va a devorar. Siento que mientras yo guardo silencio, ese tal Iago está llenando el aire con sus pinturas y su libertad.

—Ese es el riesgo —asintió Julián—. Pero si hablas ahora, si rompes la tregua, pierdes para siempre. Sofía necesita ver que puedes ser un hombre tranquilo, que puedes respetarla incluso cuando no estás de acuerdo. Si ella elige a Iago mientras tú guardas silencio, al menos habrás perdido con dignidad. Pero si la pierdes por volver a ser un Sosa posesivo, la habrás perdido por tu propia culpa.

Le di un mordisco al sándwich. Sabía a cartón y a derrota, pero era lo que me tocaba hoy. Miré una de las cámaras de seguridad que apuntaba a la salida del edificio. En unos minutos, ella regresaría.

—Tengo que ensayar mi cara de póker para la boda —dije, tratando de cambiar de tema—. No sé cómo voy a aguantar estar a su lado en el altar sin decirle que me estoy volviendo loco.

—Vas a aguantar porque yo voy a estar ahí para recordarte que es mi boda —advirtió Julián con una sonrisa peligrosa—. Y porque si logras pasar el día de la boda sin asfixiarla, habrás ganado más terreno que con diez mil acciones. La paciencia es tu nueva mejor amiga, Ricardo. Aprende a quererla, aunque sepa a sándwich de máquina.

Terminamos de almorzar en un silencio fraternal. Julián tenía razón. El "Rey" estaba en el exilio dentro de su propio castillo, aprendiendo que el verdadero poder no era el que se ejercía sobre los demás, sino el que se ejercía sobre uno mismo.

Regresé a mi oficina media hora después. Al pasar por el despacho de Sofía, vi que ya había regresado. La puerta estaba entornada. Pude ver un mechón de su cabello mientras revisaba unos papeles. Mi mano se tensó sobre el picaporte, el instinto de entrar y decir algo, cualquier cosa, fue casi insoportable.

Pero no lo hice. Seguí de largo hasta mi despacho, cerré la puerta y me senté a trabajar. El silencio continuaba, pero esta vez, sentí que cada segundo de ausencia era un ladrillo más en la reconstrucción del hombre que ella merecía.




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