Narrado por sofia
Tres días de silencio en la oficina habían sido más ruidosos que una orquesta en mi cabeza. Ricardo había cumplido su palabra con una disciplina que me asustaba; me cruzaba en los pasillos y solo recibía un asentimiento profesional, una distancia que yo misma había pedido pero que, irónicamente, me hacía sentir un vacío extraño en el estómago. Sin embargo, la tregua de la oficina no podía detener el avance implacable del calendario de Elena.
Hoy era la primera prueba de fuego oficial: el ensayo de la entrada en los jardines de la mansión. El sol de la tarde en Cabudare caía de lado, iluminando el césped perfectamente podado donde una mujer de unos cuarenta y cinco años, con un traje sastre demasiado ajustado y una expresión de haber masticado limones agrios toda la mañana, movía sillas y gritaba órdenes a los jardineros.
Miré a la mujer, que en ese momento regañaba a un asistente por la distancia entre dos hileras de flores, y luego me incliné hacia Elena.
—¿Por qué la contrataste? —susurré, viendo cómo la mujer anotaba algo con furia en su tableta digital.
Elena soltó un suspiro cansado, ajustándose las gafas de sol. —La compañía de organización decía que era la mejor de todo el estado Lara, Sofía. Aunque sea una amargada de primera, dicen que sus bodas son milimétricas. Supongo que prefiero una sargenta gruñona a una improvisada.
—¡Atención! —gritó la organizadora, dando dos palmadas secas que nos hicieron respingar—. Es hora de hacer el ensayo de la entrada. Padrinos, damas de honor, posiciones. ¡Ahora! No tengo todo el día y las sombras para las fotos no esperan a nadie.
Sentí que el pulso se me aceleraba. Era el momento. Vi a Julián ponerse en su sitio con una calma envidiable, y luego vi a Ricardo acercarse. No llevaba traje hoy; vestía una camisa de lino azul claro con las mangas dobladas y unos pantalones oscuros. Se veía relajado, pero sus ojos tenían esa chispa de concentración que siempre me ponía alerta.
Nos pusimos en nuestros lugares. Ricardo se detuvo a mi lado y, siguiendo las instrucciones de la "sargenta", extendió su brazo. Con un movimiento que traté de que fuera puramente mecánico, entrelacé mi brazo con el suyo. El contacto físico fue como una descarga eléctrica. Sentí el calor de su piel y la firmeza de sus músculos bajo la tela fina de la camisa.
—Estamos listos, señora Úrsula —dijo Ricardo con una voz suave, manteniendo la vista al frente mientras empezábamos a caminar por el pasillo imaginario marcado en el césped.
Caminamos despacio, siguiendo el ritmo lento que dictaba la organizadora. El silencio entre nosotros era denso, cargado de todo lo que no habíamos dicho en los últimos tres días. El aroma de su perfume, ese toque de madera y cítricos, me envolvía, haciéndome difícil mantener la mente en el protocolo.
—Estás hermosa, Sofía —susurró él, tan bajo que solo yo pude escucharlo. Su voz no era una demanda, era una observación casi dolorosa.
Me tensé de inmediato, apretando un poco más su brazo sin querer. —Ricardo... advertencia —le recordé, manteniendo la mirada fija en el altar improvisado al final del camino—. Dijiste que no habría presión.
Él soltó un suspiro corto, casi una risa resignada, pero no me miró. —Solo estoy siendo amable, socia. No es presión reconocer la verdad. Es una cortesía de padrino.
Me quedé callada, mordiéndome el labio inferior. Quería responderle algo mordaz, algo que restableciera la distancia profesional, pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. Mi corazón empezó a latir con una fuerza incontrolable, un golpeteo rítmico que estaba segura de que él podía sentir a través de mi brazo unido al suyo. Era humillante y revelador al mismo tiempo.
Sorprendentemente, Ricardo no dijo nada más. Siguió caminando a mi ritmo, con la espalda recta y la mirada serena, cumpliendo su papel de padrino a la perfección. No intentó buscar mi mirada, no apretó mi mano, ni volvió a susurrar nada al oído. Se limitó a estar ahí, siendo mi apoyo físico en ese recorrido, respetando el espacio emocional que yo le había exigido con una paciencia que me resultaba más inquietante que sus asedios.
Llegamos al final del pasillo y nos separamos cuando la organizadora gritó: "¡Corten! ¡Otra vez desde el principio, la dama de honor va demasiado rápido!".
Me solté de su brazo, sintiendo un frío repentino donde antes estaba su calor. Ricardo asintió a la organizadora y regresó al punto de inicio sin decir una palabra extra. Yo me quedé allí un segundo, tratando de normalizar mi respiración. Él estaba ganando. Estaba ganando terreno precisamente porque no estaba intentando conquistarlo. Su tranquilidad era un espejo que me devolvía mi propia agitación, y por primera vez, me pregunté si era yo la que no estaba lista para la tregua que yo misma había pedido.
Editado: 10.03.2026