El peso de la Corona Sosa

27

El sol de la tarde empezaba a descender sobre los jardines de la mansión, tiñendo el césped de un dorado casi irreal, pero yo no podía disfrutar del paisaje. Estaba demasiado ocupada tratando de que mis manos no temblaran mientras la "sargenta" Úrsula, la organizadora, caminaba de un lado a otro con su tablilla, dándonos órdenes como si estuviéramos en un desfile militar y no en la boda de mi mejor amiga.

—¡Basta de paseos románticos! —gritó Úrsula, ajustándose las gafas con un gesto seco—. El protocolo dicta que los padrinos deben abrir la pista después de los novios. ¡Posiciones para el vals de honor! ¡Música!

Miré a Elena, buscando una vía de escape, pero ella estaba demasiado ocupada tratando de no colapsar bajo el peso de su propia planificación. Me giré y allí estaba él. Ricardo se acercó con una lentitud deliberada, su mirada fija en la mía, manteniendo esa distancia de seguridad que me había prometido, pero que el protocolo de la boda estaba a punto de aniquilar.

—Sofía —dijo mi nombre como un susurro, extendiendo su mano—. Es solo un ensayo.

Dudé un segundo antes de colocar mi mano sobre la suya. En cuanto mis dedos rozaron su palma, sentí una descarga que me recorrió el brazo. Ricardo me atrajo suavemente hacia él. Siguiendo las instrucciones de Úrsula, coloqué mi mano izquierda sobre su hombro, sintiendo la calidez de su piel a través de la fina tela de lino. Él, con una vacilación que nunca le había visto, rodeó mi cintura con su mano derecha.

—¡Más cerca! —chilló la organizadora desde la distancia—. ¡No son desconocidos en un ascensor, son los padrinos de la boda de la década! ¡Pecho contra pecho, barbilla arriba!

Ricardo me miró, pidiéndome permiso en silencio con los ojos. Yo asentí apenas un milímetro, y él cerró el espacio entre nosotros. De repente, el mundo exterior desapareció. El ruido de la fuente del jardín, los gritos de Úrsula, las risas de Julián... todo se volvió un eco lejano. Solo existía el ritmo de su respiración contra la mía y el contacto total de nuestros cuerpos.

Empezamos a movernos al compás de una melodía imaginaria. Ricardo bailaba con una gracia natural, guiándome con una firmeza que no era impositiva, sino protectora. Sentir su pecho firme contra el mío, el roce de sus piernas con las mías mientras girábamos, era una tortura mucho más efectiva que cualquier argumento legal que él pudiera presentar en la oficina.

—Estás rompiendo la tregua —susurré, tratando de ignorar cómo mi corazón golpeaba contra mis costillas, segura de que él podía sentirlo perfectamente.

—Yo no he dicho nada, Sofía —respondió él, su voz vibrando directamente en mi pecho debido a la proximidad—. Es la organizadora la que dicta la distancia. Yo solo estoy cumpliendo con mi deber de padrino.

Me obligué a mirarlo a los ojos y me arrepentí al instante. No había rastro de la soberbia del "Rey" de la corporación. Había una vulnerabilidad cruda, un hambre contenida que me dejó sin aliento. Ricardo no estaba usando el baile para acorralarme; estaba sufriendo tanto como yo por tener que estar tan cerca y no poder cruzar la línea que yo misma había trazado.

—Tu corazón va muy rápido —notó él, bajando la mirada a mis labios por una fracción de segundo antes de obligarse a mirar por encima de mi hombro.

—Es el café —mentí, aunque ambos sabíamos la verdad.

—Entonces ambos tomamos demasiado café hoy —admitió con una sonrisa amarga, apretando apenas un poco más su mano en mi cintura antes de soltarme ligeramente al terminar el giro.

El ensayo continuó durante lo que parecieron horas, pero fueron apenas unos minutos. Cada vez que Úrsula nos obligaba a repetir el inicio, el contacto se volvía más difícil de ignorar. Ricardo cumplió su promesa de no presionarme con palabras, pero su cuerpo estaba gritando todo lo que su boca callaba. Me sentía traicionada por mis propios sentidos; quería alejarme, pero al mismo tiempo, mis manos buscaban inconscientemente el refugio de sus hombros.

Cuando Úrsula finalmente gritó que era suficiente por hoy, me separé de él casi de un salto. Sentía las mejillas encendidas y una confusión que amenazaba con desbordarme.

—Gracias por el ensayo, socia —dijo Ricardo, recuperando su máscara de frialdad profesional, aunque sus ojos seguían encendidos—. Nos vemos mañana en la oficina.

Se dio la vuelta y se fue hacia donde estaba Julián, dejándome allí, en medio del jardín, con el perfume de sándalo impregnado en mi ropa y la certeza de que el silencio de Ricardo era mucho más peligroso para mi estabilidad que todos sus asedios anteriores. Me di cuenta, con un terror creciente, de que si seguía siendo así de respetuoso, iba a ser yo la que terminaría rompiendo la tregua.




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