El peso de la Corona Sosa

28

narrado por ricardo

El martes por la mañana, la oficina se sentía como una cámara de descompresión donde el oxígeno empezaba a escasear. Me senté tras mi escritorio de caoba, obligándome a revisar contratos de la textilera que no lograban retener mi atención por más de cinco segundos. Mis manos todavía recordaban, con una precisión dolorosa, la calidez de la cintura de Sofía durante el vals del ensayo del domingo. Estaba cumpliendo mi promesa de silencio, pero el esfuerzo me estaba consumiendo vivo, como una combustión lenta que amenazaba con reducir a cenizas mi fachada de frialdad corporativa.

Cuando Sofía entró en mi despacho cerca de las diez, el aire cambió de densidad instantáneamente. No era la "Doctora" impecable de siempre. Había algo en su postura, una agitación contenida y una sombra de fatiga en sus ojos que no encajaba con su usual máscara profesional. Se detuvo frente a mi escritorio, y por un segundo, el silencio fue ensordecedor, roto solo por el murmullo lejano de la ciudad de Barquisimeto a través de los ventanales.

—¿Estás bien, Sofía? —pregunté, rompiendo mi propia regla de oro. No pude evitarlo. Su energía era errática, casi eléctrica, como si estuviera a punto de romperse.

Ella no respondió con palabras. Dio un paso hacia mí, rodeando el escritorio con una determinación que me dejó helado. Antes de que pudiera procesar el movimiento, sus manos estaban en mi cuello y sus labios chocaron contra los míos con una desesperación que me supo a hierro, a fuego y a una urgencia que no lograba descifrar.

Fue un beso violento, cargado de una confusión que me golpeó en el pecho. Por un instante, el antiguo Ricardo, el "Rey" posesivo, tomó el control. Mis manos subieron a su rostro con una sed acumulada de diez años, perdiéndose en su cabello, devolviéndole el beso con toda la intensidad que había reprimido desde aquella noche en el balcón. Tenerla así, reclamándome con esa fuerza, fue la mayor victoria que jamás hubiera imaginado. Mi cuerpo gritaba que la tomara ahí mismo, que cerrara la puerta con llave y olvidara todas las promesas del mundo.

Pero entonces, en medio del caos de mis sentidos, algo hizo clic.

Sentí una nota discordante en su beso. No era el beso de una mujer que se entrega por amor o por deseo puro; era el beso de alguien que está tratando de huir de algo, de alguien que busca un castigo o un olvido que no me pertenecía. Había una culpa amarga en su aliento, una vulnerabilidad herida que me hizo recordar, de golpe, la advertencia de Julián y la súplica que ella misma me había hecho: "No me presiones".

Con un esfuerzo que me desgarró las entrañas, puse mis manos en sus hombros y la aparté con firmeza.

—Para —dije, con la respiración entrecortada, tratando de recuperar el aliento que ella me había robado.

Sofía me miró con los ojos empañados, el labio inferior temblando. Intentó volver a acercarse, buscando refugio en mi pecho, pero mantuve mis brazos rígidos, creando una barrera física infranqueable entre nosotros.

—No, Sofía. Esto no está bien —mi voz sonó más dura de lo que pretendía, pero necesitaba la distancia para no flaquear ante el deseo de envolverla en mis brazos—. Hace apenas unos días me pediste espacio. Me pediste que te dejara decidir qué sientes sin interferencias. Y ahora vienes aquí, con esta mirada... con este impulso...

—Ricardo, yo... —intentó decir, pero la interrumpí, sintiendo una punzada de rabia mezclada con dolor.

—No sé qué pasó anoche, ni sé qué incendio estás intentando apagar conmigo —dije, y la sospecha de que este arrebato nacía de una crisis que yo no conocía me quemó el orgullo—. Pero no voy a permitir que me uses para confundirte más. No voy a ser el hombre que se aprovecha de un momento de debilidad para ganar una batalla que juré pelear con honor. Mi palabra vale más que mis ganas de tenerte ahora mismo.

Ella se quedó paralizada, como si mis palabras le hubieran dado una bofetada de realidad. La vergüenza empezó a cubrir sus mejillas, reemplazando la urgencia anterior. Se dio cuenta de que yo, el hombre al que siempre acusó de controlador, estaba siendo el único con el autocontrol suficiente para protegernos a ambos.

—Vete de aquí, Sofía —le ordené, señalando la puerta con una mano que me temblaba levemente a pesar de mi esfuerzo por parecer impasible—. Sal de mi oficina ahora mismo.

—Ricardo, por favor, déjame explicarte...

—¡Vete! —esta vez levanté la voz, no por odio, sino por pura autoprotección. Si se quedaba un segundo más, no sabía si sería capaz de mantener la tregua—. No puedo ser el hombre que respetas si tú misma vienes a romper las reglas que me impusiste. Regresa a tu despacho, cálmate y no vuelvas a entrar aquí hasta que sepas exactamente por qué me estás besando. No soy un consuelo, Sofía. No soy tu plan de escape.

Sofía me miró por última vez, una mirada cargada de una humillación profunda y un dolor que me partió el alma, y salió de la oficina casi corriendo. Escuché el eco de sus tacones alejándose y el portazo final que retumbó en todo el piso ejecutivo.

Me desplomé en mi silla, cubriéndome la cara con las manos, sintiendo el ardor de sus labios todavía quemando mi piel. Había ganado la batalla moral más difícil de mi vida, pero me sentía completamente derrotado. Acababa de echar a la única mujer que amaba en el momento en que ella me buscaba, pero sabía que si cedía en la confusión, nunca seríamos iguales. El "Rey" había muerto para dejar paso a un hombre que prefería el exilio antes que una corona obtenida a través de la debilidad de ella.




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