Narrado por sofia
El portazo de la oficina de Ricardo todavía resonaba en mis oídos cuando llegué a mi despacho. Cerré la puerta con manos temblorosas y me desplomé contra la madera, deslizándome hasta el suelo. El frío del porcelanato no era nada comparado con el hielo que sentía en el pecho.
Acababa de ser humillada por el hombre que, durante años, solo había buscado una grieta en mi armadura para entrar. Y lo peor no era su rechazo; lo peor era que tenía razón. Cada palabra de Ricardo había sido un dardo de precisión quirúrgica que desnudó mi hipocresía. Lo había usado. Había corrido a sus brazos para borrar el rastro de Iago, para silenciar la culpa y la confusión, y él, el "Rey" implacable, había resultado tener más integridad que yo.
Unos golpes suaves en la puerta me hicieron saltar. No quería ver a nadie, pero la puerta se abrió de todos modos. Era Elena.
—¿Sofía? —Su voz pasó de la curiosidad a la alarma en un segundo al verme hecha un ovillo en el suelo—. ¡Por Dios, Sofía! ¿Qué pasó? ¿Ricardo te hizo algo? Entré a su oficina y está como una estatua de piedra, pero tú estás...
No pude responder. Un sollozo violento me sacudió el cuerpo. Elena cerró la puerta con llave, se sentó a mi lado en el suelo y me rodeó con sus brazos, permitiendo que me desmoronara por completo sobre su hombro.
—Respira, socia. Solo respira —me susurró, acariciándome el cabello mientras yo mojaba su blusa con mis lágrimas.
Pasaron varios minutos hasta que pude articular palabra. La vergüenza me quemaba la garganta, pero el peso de los secretos era ya insoportable.
—Lo arruiné todo, Elena —logré decir, hipando—. Fui a su oficina y lo besé. Lo besé como si mi vida dependiera de ello.
Elena se separó un poco, mirándome con los ojos muy abiertos. —¿Tú lo besaste a él? ¿Después de todo lo que peleaste por tu espacio?
—Sí. Pero no fue por amor... o al menos, no solo por eso —bajé la mirada, incapaz de sostenerle la vista—. Anoche fui a buscar a Iago. Estaba tan confundida por el ensayo, por el vals, por la forma en que Ricardo me miraba sin decir nada... que necesitaba escapar. Me acosté con Iago, Elena.
Elena soltó un pequeño jadeo, pero no me juzgó. Simplemente escuchó, apretando mi mano.
—Y después de estar con él, me sentí peor. Iago se dio cuenta de que yo no estaba ahí con él, que estaba pensando en Ricardo. Me lo dijo en la cara. Me sentí tan sucia, tan desorientada, que hoy vine a la oficina y cuando vi a Ricardo siendo tan... tan perfecto, tan respetuoso con su promesa... colapsé. Intenté besarlo para borrar lo de Iago, para convencerme de que Ricardo es lo que quiero, pero él me detuvo.
—¿Ricardo te detuvo? —Elena sonaba genuinamente sorprendida.
—Me apartó —dije, y una nueva oleada de llanto amenazó con salir—. Me dijo que no iba a permitir que lo usara como un consuelo o como un plan de escape. Me dijo que su palabra valía más que sus ganas de tenerme. Me echó de su oficina, Elena. Me gritó que me fuera hasta que supiera por qué lo estaba besando.
Me cubrí la cara con las manos, sintiendo el peso de mi propia madurez puesta en duda. —Él cambió. Ricardo realmente cambió. Mientras yo jugaba a dos bandas tratando de protegerme, él se convirtió en el hombre de honor que Julián le pidió que fuera. Y yo... yo me convertí en la persona que usa a los demás para no enfrentar su propia verdad.
Elena me abrazó con más fuerza, suspirando profundamente.
—Sofía, escucha. Cometiste un error, sí. Te asustaste y reaccionaste de la forma más humana posible: huyendo hacia lo conocido. Pero ahora sabes algo que antes no sabías: Ricardo no quiere poseerte, quiere que lo elijas. Y el hecho de que te haya echado es la prueba más grande de amor que te ha dado en diez años. Te está obligando a ser honesta contigo misma.
—Lo perdí, Elena. Después de esto, no creo que pueda mirarme a la cara —sollocé.
—No lo has perdido —me aseguró Elena, limpiándome las lágrimas con el pulgar—. Pero ahora la pelota está en tu cancha de una forma muy real. Tienes que perdonarte por lo de anoche y decidir, sin usar a nadie como escudo, qué es lo que realmente dicta tu corazón. Ricardo te dio el 20% de la empresa para que fueras libre, y hoy te dio tu dignidad de vuelta al no aprovecharse de ti. No llores por lo que hiciste, llora por lo que vas a hacer ahora para arreglarlo.
Nos quedamos allí, sentadas en el suelo de mi oficina de socia, mientras el silencio de la torre Sosa Galindo parecía observar mi caída. Por primera vez, no era Ricardo quien tenía que redimirse; era yo quien debía encontrar el camino de regreso hacia la mujer que quería ser.
Editado: 10.03.2026