Narrado por sofia
El silencio en mi apartamento aquella tarde de lunes era ensordecedor. Las paredes de cristal, que antes me hacían sentir poderosa y conectada con el pulso de la ciudad, ahora parecían las vitrinas de una galería donde yo era la pieza principal: una mujer que lo tenía todo a nivel profesional, pero que se estaba desmoronando pieza por pieza en lo personal.
Pasé horas sentada en el sofá, mirando un punto fijo en la alfombra. Mi mente era un campo de batalla. Por un lado, la imagen de Iago, con su pincel en la mano, su risa bohemia y esa paz que siempre me ofrecía como un bálsamo. Por otro, la figura de Ricardo en su oficina, rechazándome con una integridad que me había dejado desnuda frente a mi propia hipocresía. Recordaba el calor de su piel, la firmeza de sus manos apartándome y, sobre todo, la decepción en sus ojos cuando me gritó que me fuera.
Tenía que tomar una decisión. No podía seguir usando a las personas como piezas de ajedrez para proteger mi propio miedo.
Cuando la noche cayó sobre Cabudare, el peso en mi pecho se volvió insoportable. Tomé las llaves, bajé al estacionamiento y conduje hacia el estudio de Iago. Sabía que esta conversación no podía esperar a mañana. El aire nocturno estaba cargado de humedad, presagiando una lluvia que nunca terminaba de caer, muy parecida a la tensión que habitaba en mí.
Llegué al edificio antiguo donde Iago vivía y trabajaba. Subí las escaleras con las piernas pesadas, sintiendo que cada escalón era un recordatorio de mi propia deslealtad. Toqué la puerta y, tras unos segundos, Iago abrió. No llevaba camisa, solo unos pantalones de trabajo manchados de óleo, y su mirada... su mirada era la de alguien que ya sabía el final del libro antes de terminar el capítulo.
—Sabía que vendrías —dijo con una voz suave, haciéndose a un lado para dejarme pasar.
El estudio olía a trementina y a café frío. Me detuve en medio de los lienzos, sintiéndome una intrusa en el santuario de un hombre que solo me había dado sinceridad.
—Iago... yo... —empecé, pero la voz se me quebró. Respiré hondo y lo miré a los ojos—. Primero que nada, quiero pedirte perdón. Perdón por lo de anoche. Por cómo te usé, por cómo me comporté. No te mereces ser el refugio de emergencia de nadie, y mucho menos el mío.
Iago se apoyó contra una mesa llena de tubos de pintura, cruzando los brazos sobre su pecho tatuado. Me observó en silencio durante un minuto eterno, un silencio que no era acusador, sino profundamente triste.
—Te entiendo, Sofía —dijo finalmente, con una pequeña sonrisa melancólica—. Sabía en lo que me metía desde el primer día que entraste aquí. Sabía que tu corazón tenía un dueño que tú misma te negabas a reconocer. Solo... supongo que no esperaba que fuera tan intenso. No esperaba que el fantasma de Ricardo Sosa fuera tan tangible en esta habitación.
Bajé la cabeza, sintiendo que la vergüenza me quemaba las mejillas.
—Él es como una fuerza de la naturaleza, Iago. He pasado diez años intentando escapar de su gravedad, y anoche, después del ensayo... simplemente colapsé.
Nos quedamos en silencio un momento. El goteo de un pincel en un frasco de agua era el único sonido entre nosotros. Era un silencio de despedida, uno que ambos reconocíamos pero que ninguno se atrevía a romper primero.
—Voy a compensarte por todo esto, Iago —dije, dando un paso hacia él—. No solo por los cuadros, sino por el tiempo. Pero por ahora... creo que es mejor que terminemos esto. No es justo para ti, y no es sano para mí seguir huyendo de la verdad en tus brazos.
Iago asintió lentamente, sin rastro de rencor. Caminó hacia mí y me puso una mano en el hombro, un gesto puramente fraternal que me dolió más que un insulto.
—¿Ya tomaste una decisión entonces? —preguntó con curiosidad genuina.
Suspiré, dejando que todo el aire saliera de mis pulmones. —Sí. La tomé en el momento en que Ricardo me echó de su oficina hoy.
—¿Te echó? —Iago levantó ambas cejas, sorprendido.
—Me rechazó —admití, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir de nuevo—. Me dijo que no iba a dejar que lo usara para confundirme más. Y ahí lo entendí. Estoy enamorada de Ricardo Sosa. Lo he estado siempre, pero me daba terror admitirlo porque amar a un hombre como él significa renunciar al control total que tanto me costó construir.
Iago soltó una risa suave y me soltó el hombro. —Vaya. El "cuadrado de oficina" resultó tener más pelotas que todos los artistas de esta ciudad juntos. Te rechazó para salvarte de ti misma. Eso es amor, Sofía. Un amor retorcido y complicado, pero amor al fin.
—El problema es que ahora tengo dos muros gigantes frente a mí —dije, frotándome las sienes—. El primero es mi propio ego. Me cuesta aceptar que perdí esta batalla de voluntades, que terminé cayendo en lo que siempre juré evitar. Y el segundo... el segundo es lo que pasó hoy en la oficina.
Iago se sentó en su taburete y me miró con atención. —¿A qué te refieres?
—Lo lastimé, Iago. Lo besé sin amor, lo besé por desesperación, y él lo sintió. Ahora él piensa que solo lo busqué por despecho o por una debilidad momentánea. Se siente usado, y con razón. Tengo que solucionar ese desastre, pero no sé cómo acercarme a un hombre que acaba de demostrarme que su honor es más fuerte que su deseo por mí.
—Bueno —dijo Iago, tomando un pincel y empezando a limpiarlo mecánicamente—, si algo sé de los Sosa por lo que me has contado, es que valoran la verdad por encima de la cortesía. Ve y dile lo que me acabas de decir a mí. Dile que te mueres de miedo, dile que lo amas y dile que eres una idiota. A los hombres como él les gusta la rendición total, pero solo si es honesta.
Miré a Iago una última vez. Me acerqué y le di un beso suave en la mejilla, un beso de "adiós" definitivo. —Eres un gran hombre, Iago. Espero que encuentres a alguien que te pinte con los colores que te mereces.
Editado: 10.03.2026