Narrado por ricardo
La luz del sol de la mañana entraba por los ventanales de la torre Sosa Galindo con una agresividad que me hería los ojos. No había dormido. Cada vez que cerraba los párpados, sentía la presión de los labios de Sofía contra los míos y, acto seguido, el peso de mi propia mano apartándola. Había pasado la noche en vela, caminando por el mármol frío de mi apartamento, debatiéndome entre el orgullo de haber mantenido mi palabra y el vacío devastador de haber echado a la única persona que le daba sentido a este imperio de cristal.
A las siete de la mañana, ya estaba en mi escritorio. Pero no para trabajar. Estaba allí para huir.
Presioné el intercomunicador con una firmeza que ocultaba el temblor de mis dedos. —Elena, ven a mi despacho. Ahora.
Unos minutos después entró. Llevaba una carpeta bajo el brazo y esa mirada de "sé lo que hiciste anoche" que siempre me ponía a la defensiva. Se detuvo frente a mi escritorio, observando las maletas que yo mismo había subido desde el coche y que descansaban en un rincón del despacho.
—Ricardo... ¿qué es esto? —preguntó, señalando el equipaje con una ceja levantada.
—Voy a salir de viaje en unos minutos, Elena —dije, sin levantar la vista de los documentos que estaba firmando a toda prisa. Mi voz sonaba mecánica, despojada de cualquier matiz emocional—. Necesito que te encargues de las firmas de la textilera y que supervises el cierre del trimestre.
Elena me miró con una confusión genuina, dejando la carpeta sobre la mesa. —No hay planes de viaje en la agenda, Ricardo. La próxima visita a las plantas de distribución es el mes que viene y es aquí mismo, en Valencia. ¿De qué estás hablando?
—No había planes hace cinco minutos, pero ahora los hay —sentencié, clavando mi mirada en la suya—. He decidido adelantar el viaje de supervisión a los Estados Unidos. Salgo para el aeropuerto en media hora.
Elena se quedó boquiabierta. Se acercó un paso más, apoyando las manos en el borde de mi escritorio de caoba. —Ricardo, ese viaje estaba programado para dentro de tres meses. Es la auditoría anual de la sede en Miami y las reuniones con los socios de Nueva York. No puedes simplemente "adelantarlo" porque te dio la gana un martes por la mañana. Los hoteles, las citas, el equipo legal... ¡nadie está listo!
—Yo estoy listo —respondí con una frialdad que me dolió incluso a mí—. Ya di órdenes para que preparen el avión privado. Mis secretarios allá se encargarán de mover las agendas. Si alguien se queja, recuérdales quién firma sus cheques de dividendos.
—Esto es una locura —susurró Elena, entrecerrando los ojos—. Ese viaje tiene una duración mínima de un mes de supervisión intensiva. Si te vas hoy, te vas a perder casi todos los preparativos finales... ¡Te vas a perder mi boda, Ricardo!
—Estaré de vuelta justo a tiempo para la ceremonia, Elena. No me perdería el día en que Julián finalmente te hace una mujer honesta por nada del mundo —intenté bromear, pero la sonrisa no llegó a mis ojos—. Pero iré solo. No llevaré asesores, ni equipo de prensa. Solo yo.
Elena soltó un suspiro largo, uno de esos que denotan que ha perdido la paciencia. Rodeó el escritorio y me obligó a soltar la pluma fuente, sujetando mi mano con fuerza.
—¿Por qué estás haciendo esto, Ricardo? Ayer Sofía salió de aquí destrozada. Estuvo llorando en su oficina durante horas. Sé que algo pasó, sé que hubo un enfrentamiento... pero huir a otro país no es propio de ti. Tú eres el que asedia, el que enfrenta, no el que escapa.
Suspiré profundamente, cerrando los ojos por un segundo. El peso de la semana parecía haber caído sobre mis hombros de golpe. El recuerdo del beso de Sofía, cargado de esa desesperación confusa, volvió a golpearme en el estómago.
—Necesito pensar, Elena —confesé, y mi voz por fin se quebró un poco—. Y Sofía también lo necesita. Ayer... ayer pasó algo que no debió pasar. Ella intentó romper la tregua de la peor manera posible, y yo tuve que ser el que pusiera el freno.
Elena me miró con tristeza, empezando a comprender la magnitud del desastre.
—No confío en ninguno de los dos ahora mismo para estar cuerdos —continué, levantándome de la silla y caminando hacia la ventana para mirar el horizonte de Lara—. Si me quedo aquí, si la veo todos los días en el pasillo, si siento su perfume o escucho su voz... voy a terminar rompiendo mi promesa. Y si ella sigue buscándome por las razones equivocadas, solo para huir de sus propios miedos o de lo que sea que esté pasando con el artista ese, nos vamos a destruir mutuamente.
Me giré para enfrentar a mi hermana una última vez.
—Estar lejos nos dará la oportunidad a ambos de saber cómo terminar esta historia. Ella necesita saber si me quiere a mí o si solo quiere la seguridad que le doy. Y yo... yo necesito saber si puedo ser algo más que el hombre que la espera en la sombra. Si al volver ella no está aquí, sabré que el espacio era lo que necesitaba para irse para siempre. Y si está... entonces sabré que por fin me eligió a mí, y no al "Rey".
Elena asintió lentamente, con los ojos empañados. Se acercó y me dio un beso en la mejilla. —Ten cuidado, hermano. A veces el espacio es tan grande que uno se termina perdiendo en él.
—Ya estoy perdido, Elena. Solo busco el camino de vuelta —respondí.
Tomé los últimos documentos, los guardé en mi maletín de cuero y me puse la chaqueta del traje. No miré hacia el despacho de Sofía al salir. No quería verla, porque sabía que si encontraba su mirada, mis pies se clavarían al suelo y el avión despegaría vacío. Caminé hacia el ascensor privado con la espalda recta, llevando conmigo el silencio que ella me había pedido y que ahora yo le devolvía multiplicado por miles de kilómetros.
Cuando las puertas del ascensor se cerraron, sentí que el aire por fin entraba en mis pulmones, aunque fuera un aire cargado de soledad. La cacería había terminado. Ahora empezaba la espera.
Editado: 10.03.2026