Narrado por sofia
Llegué a la torre a las siete y media de la mañana. No había pegado un ojo en toda la noche tras mi despedida con Iago, pero tenía una claridad que nunca antes había sentido. Llevaba conmigo no solo una disculpa ensayada, sino una rendición honesta. Iba a entrar en su despacho, lo iba a mirar a los ojos y le iba a decir que tenía razón: que lo había usado para huir, pero que lo había hecho porque me aterraba admitir que él es el único hombre que habita en mis pensamientos.
Subí en el ascensor con el corazón martilleando contra mis costillas. Al salir al piso ejecutivo, caminé directo hacia su puerta, ignorando el café que Elena me ofrecía con una mirada extraña.
—¿Ricardo? —llamé, abriendo la puerta sin esperar respuesta.
El despacho estaba sumido en una penumbra gélida. El escritorio, usualmente cubierto de carpetas y notas, estaba impecable. No había rastro de su chaqueta sobre la silla, ni el aroma a sándalo que siempre flotaba en el aire. El silencio era tan denso que me dolió en los oídos.
—No está, Sofía —dijo Elena desde el umbral, con una voz cargada de una lástima que me hizo querer desaparecer.
—¿Salió a una reunión? ¿Desayuno de negocios? —pregunté, con la voz empezando a temblar.
Elena entró y me extendió un sobre de papel crema, pesado y elegante. Tenía mi nombre escrito con esa caligrafía de trazos rectos y decididos que solo pertenecía a él.
—Se fue a Estados Unidos. Adelantó la auditoría de un mes. Salió para el aeropuerto hace veinte minutos —soltó Elena.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Abrí el sobre con manos torpes. La nota era breve, casi quirúrgica:
"Socia: Necesitamos este espacio. Si al volver el silencio sigue siendo nuestra única forma de entendernos, sabré que el 20% de las acciones fue el mejor regalo de despedida que pude darte. No me busques. Nos vemos en el altar de Julián. R.S."
Me desplomé en su silla de cuero, apretando el papel contra mi pecho. Me había dejado. Justo cuando yo estaba lista para quedarme, él había decidido que la única forma de salvarnos era ponerme un océano de distancia.
Tres semanas después
El tiempo en la torre Sosa Galindo se volvió elástico y amargo. Durante veintiún días, me convertí en un fantasma de eficiencia. Me sumergí en el trabajo con una ferocidad que asustó incluso a los contadores más veteranos. Transformé el departamento legal, cerré tres tratos que Ricardo había dejado pendientes y tomé decisiones ejecutivas que hicieron que el valor de nuestras acciones subiera dos puntos. Me comportaba como la dueña del imperio que él quería que fuera, pero por dentro, la soledad me estaba consumiendo.
Cada noche regresaba a mi apartamento vacío, esquivando las llamadas de Iago —quien respetaba mi decisión— y refugiándome en los informes de gestión. La ausencia de Ricardo era una presencia constante, un hueco en el aire que me asfixiaba. Extrañaba su arrogancia, sus indirectas, incluso su forma de corregir mis borradores. Sin él, la victoria profesional sabía a cenizas.
Faltaba solo una semana para la boda. La mansión era un caos de flores blancas, pruebas de menú y una Elena al borde del colapso nervioso. Yo cumplía con mi papel de dama de honor, asistiendo a cada cita con una sonrisa mecánica, mientras mi mirada buscaba constantemente la puerta, esperando ver aparecer esa figura imponente que se había llevado mi paz a Nueva York.
Anoche, mientras revisaba el protocolo final con Julián en el jardín, él me miró con una seriedad que me desarmó.
—Está en un hotel en Manhattan, Sofía —me dijo, sin que yo preguntara—. No ha llamado ni una vez para preguntar por la empresa. Solo llama para saber si estás bien.
—¿Y qué le dices? —susurré, mirando las luces de la ciudad que él y yo solíamos observar juntos.
—Le digo que estás mandando en su torre como si hubieras nacido para ello —Julián sonrió con tristeza—. Pero también le digo que tus ojos están apagados. Él está sufriendo allá tanto como tú aquí, pero ambos son demasiado orgullosos para ser los primeros en llamar.
Regresé a mi oficina hoy y vi el regalo que Iago envió para mi nuevo despacho: un cuadro de un fénix renaciendo entre cenizas azules. Lo colgué frente a mi escritorio. Cada vez que levanto la vista, recuerdo que el fuego de Ricardo me quemó, pero también me obligó a nacer de nuevo.
La cuenta regresiva ha empezado. En siete días, lo tendré frente a mí en el altar de la iglesia. No habrá oficinas, ni acciones, ni huidas a otros países. Solo estaremos el padrino y la dama de honor, obligados a caminar del brazo hacia un destino que él dejó en mis manos. Y esta vez, no voy a dejar que el silencio gane la partida.
Editado: 10.03.2026