El peso de la Corona Sosa

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Narrador externo

La mansión Sosa Galindo vibraba con una energía que mezclaba la ansiedad de los preparativos finales con la euforia de una unión que toda la alta sociedad de Lara esperaba. Era la noche de la víspera, y Beatriz había transformado el gran salón en un oasis de luces cálidas y música suave. Mesas vestidas de lino blanco ofrecían los mejores manjares, y el champán fluía mientras los parientes cercanos y los amigos íntimos brindaban por la felicidad de Julián y Elena.

Julián, impecable incluso en la informalidad de la fiesta, reía con Marco Valerius cerca de la barra, mientras Isabella y Elena revisaban por centésima vez el orden de las damas de honor. Sofía, sin embargo, se mantenía en la periferia. Llevaba un vestido de seda azul profundo que resaltaba su nueva aura de autoridad y melancolía. Durante las últimas tres semanas, había dirigido la corporación con mano de hierro, pero esta noche, rodeada de la familia de él, su soledad se sentía como un grito en medio de la música.

De repente, el aire en el salón pareció cambiar de presión. El murmullo de las conversaciones descendió de tono, como si un interruptor invisible hubiera sido accionado. Las pesadas puertas dobles de caoba del gran salón se abrieron con un estrépito sordo, cortando la melodía del piano.

Todas las miradas se dirigieron a la entrada.

Allí estaba él. Pero no era el Ricardo Sosa que se había marchado un mes atrás.

No vestía el traje sastre de tres piezas perfectamente planchado, sino una chaqueta de cuero oscuro sobre una camisa negra algo desabotonada. Su cabello, usualmente dominado por la gomina, caía con un desorden natural sobre su frente. Pero lo que más impactó a los presentes fue su rostro: Ricardo lucía una barba de varias semanas, espesa y bien cuidada, que endurecía sus facciones y le otorgaba un aire de madurez salvaje, casi peligroso. Se veía más robusto, más oscuro, como si el invierno de Nueva York hubiera curtido no solo su piel, sino también su espíritu.

Beatriz dejó caer su copa de cristal, que estalló en mil pedazos contra el mármol, pero nadie se movió para recogerla.

—¿Ricardo? —susurró Elena, rompiendo el hechizo del silencio.

Él no respondió de inmediato. Sus ojos, ahora más profundos y cargados de una experiencia que nadie en esa habitación podía descifrar, recorrieron el salón con una calma gélida. Ignoró los murmullos de los primos, la sorpresa de su madre y la mirada de advertencia de Julián. Sus pupilas se anclaron directamente en Sofía, que se había quedado petrificada cerca del balcón, con el corazón golpeando con tal fuerza que temía que su vestido se rasgara.

Ricardo caminó hacia el centro del salón con una zancada decidida, ignorando el protocolo. Su presencia llenaba el espacio de una manera que hacía que todo lo demás pareciera pequeño, decorativo. Se detuvo a pocos metros de Julián, pero su atención seguía fija en la mujer que lo había esperado en silencio.

—Llego a tiempo para el ensayo final, ¿no? —dijo Ricardo. Su voz había bajado una octava; sonaba más ronca, más áspera, cargada del cansancio de los vuelos transcontinentales y de noches de insomnio en Manhattan.

Julián dio un paso al frente, midiendo a su hermano de arriba abajo. —¿Qué diablos te pasó en el norte, hermano? Pareces un hombre que acaba de regresar de la guerra.

Ricardo soltó una risa seca, sin apartar la vista de Sofía. —Fui a buscar algo que creí haber perdido en esta oficina, Julián. Pero me di cuenta de que lo que buscaba no se encuentra en los rascacielos.

El silencio volvió a caer sobre la familia. La barba le daba a Ricardo un aire de "Sosa Galindo" antiguo, recordándoles a todos que, aunque era un hombre de leyes, también era el heredero de un linaje que no sabía rendirse. Sofía sintió que las piernas le fallaban. El hombre que tenía frente a ella no era el jefe que podía manipular con un desplante; era un extraño fascinante que parecía haber regresado por una sola cosa, y esta vez, no aceptaría un "no" por respuesta.




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