El peso de la Corona Sosa

36

El día de la boda amaneció con una claridad cegadora sobre Cabudare. El aire fresco de la mañana parecía limpiar los restos de dudas que habían quedado flotando en los pasillos de la mansión. Para Sofía y para mí, ya no había vuelta atrás. La noche anterior, en aquel rincón oscuro de la terraza, habíamos quemado los últimos puentes que nos unían a nuestro pasado de conflictos.

Como padrino, mi deber era llegar temprano a la iglesia de Santa Rosa. Vestía un chaqué azul noche hecho a medida, con un chaleco gris perla y una corbata de seda que Elena me había obligado a usar. Pero lo que realmente me hacía sentir diferente no era la ropa, sino la calma que sentía en el pecho. Por primera vez en diez años, no estaba cazando; ya había llegado a casa.

Cuando las campanas empezaron a repicar, anunciando el inicio de la ceremonia, me coloqué en la entrada junto a Sofía.

Ella estaba radiante. Llevaba un vestido de seda en un tono champán que parecía fundirse con su piel, con un escote elegante y el cabello recogido en un moño bajo que dejaba al descubierto su cuello. Al vernos, el murmullo de los invitados —lo más selecto de la sociedad y los negocios— se detuvo por un segundo.

—¿Lista, socia? —le susurré, ofreciéndole mi brazo.

Sofía entrelazó su brazo con el mío y me regaló una sonrisa que no tenía rastro de la antigua frialdad legal. Era una sonrisa llena de luz. —Más que lista, Ricardo.

Empezamos a caminar por el pasillo central de la iglesia. El protocolo dictaba que debíamos avanzar con solemnidad, pero la electricidad entre nosotros era casi tangible. No necesitábamos palabras. La forma en que mi cuerpo se inclinaba ligeramente hacia el suyo, la presión firme de su mano en mi brazo y la mirada de complicidad que intercambiamos antes de llegar al altar enviaron un mensaje más claro que cualquier comunicado de prensa.

Las cabezas se giraban a nuestro paso. Escuché los susurros: "¿Viste cómo se miran?", "¿Será que por fin...?", "Hacen una pareja impresionante". Por un momento, la atención se desvió de la fastuosidad de la decoración hacia la innegable química de los padrinos. Éramos el centro de gravedad de la estancia, dos fuerzas que finalmente habían dejado de colisionar para empezar a orbitar juntas.

La ceremonia fue un borrón de emociones. Vi a Julián esperar a Elena con una devoción que me hizo sentir orgulloso del hombre en el que se había convertido. Pero mis ojos siempre regresaban a Sofía, sentada a mi lado. En varios momentos, nuestras manos se buscaron "accidentalmente" sobre el banco de madera, entrelazando los dedos en un pacto silencioso mientras el sacerdote hablaba de uniones eternas.

Cuando la misa terminó y los nuevos esposos salieron bajo una lluvia de pétalos y vítores, la familia y los invitados se agolparon en el atrio de la iglesia. Fue allí donde la máscara profesional terminó de caer.

No me alejé de ella. En lugar de mantener la distancia protocolaria que se esperaba de nosotros ante los socios de la corporación, pasé mi brazo por su cintura y la atraje hacia mí. Sofía, lejos de tensarse, apoyó su cabeza en mi hombro y rodeó mi espalda con su brazo, cerrando el espacio entre nosotros frente a todos.

Beatriz se acercó a nosotros, con los ojos empañados. Miró mi brazo rodeando a Sofía y luego nuestras expresiones de serenidad.

—Parece que el viaje a Nueva York trajo más que solo auditorías, ¿verdad, hijo? —dijo mi madre con una sonrisa sabia.

—Trajo la verdad, mamá —respondí, estrechando a Sofía un poco más.

Julián y Elena se acercaron, radiantes en su felicidad de recién casados. Julián me dio una palmada en el hombro, mirando con satisfacción nuestra cercanía.

—Bueno, parece que el "Rey" por fin encontró a su Reina y decidió dejar de jugar a las escondidas —bromeó Julián en voz alta, haciendo que varios invitados cercanos rieran—. Ya era hora de que se dieran cuenta de lo que todos en esta familia sabíamos desde hace años.

Elena abrazó a Sofía con fuerza. —Estoy tan feliz por ustedes. Ya era hora de que la torre Sosa Galindo tuviera un poco de paz.

—No prometo paz, Elena —dijo Sofía, mirándome con una chispa de travesura en los ojos—, pero prometo que, de ahora en adelante, Ricardo y yo somos un frente unido. En la oficina y fuera de ella.

Los invitados nos rodeaban, y las cámaras de los fotógrafos sociales no paraban de captar el momento. No nos importó. Estábamos allí, abrazados, confirmando ante el mundo y ante nosotros mismos que el contrato de rebeldía había expirado para dar paso a algo mucho más poderoso: una elección voluntaria.

La familia Sosa Galindo estaba completa. El escándalo, las traiciones de Marcus y las sombras del pasado habían quedado atrás. Mientras caminábamos juntos hacia el coche que nos llevaría a la recepción, supe que este era el verdadero comienzo. No éramos solo socios en los negocios, éramos socios en la vida. Y por primera vez, el futuro no parecía un litigio, sino una página en blanco que íbamos a escribir juntos.




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