El peso de la Corona Sosa

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Cinco años después de aquel "sí" frente al altar, la mansión Sosa Galindo ya no era el silencioso mausoleo de leyes y protocolos que Marcus había dejado. Ahora, las paredes de mármol devolvían el eco de una risa nueva, una que había suavizado incluso las facciones más duras de Ricardo.

La oficina de la presidencia en la torre seguía siendo el centro del imperio, pero hoy, el "Rey" no estaba revisando auditorías ni cerrando tratos multimillonarios. Ricardo estaba sentado en su sillón de cuero, con la corbata desanudada y la mirada perdida en la pequeña cuna portátil que descansaba junto a su escritorio.

Sofía entró en el despacho, caminando con esa elegancia natural que los años solo habían acrecentado. Al ver la escena, se detuvo en el umbral, dejando que una sonrisa de absoluta paz iluminara su rostro.

—¿Otra vez ignorando la junta de accionistas por quedarte mirándolo? —susurró ella, acercándose por detrás y rodeando los hombros de su esposo con los brazos.

Ricardo no se movió, temiendo romper el hechizo. El bebé, un niño de apenas tres meses con el cabello oscuro de los Sosa y la mirada curiosa que vaticinaba la inteligencia de su madre, dormía plácidamente.

—Es el socio más exigente que he tenido en mi vida —respondió Ricardo con una voz ronca de pura ternura—. No acepta negociaciones, no entiende de plazos y sus demandas son inmediatas. Y, sin embargo, es el único que ha logrado que me rinda por completo.

Sofía se inclinó y besó la mejilla de Ricardo antes de mirar a su hijo. Habían decidido llamarlo Sebastián, un nombre que para ellos significaba respeto y un nuevo comienzo, un nombre que no cargaba con las sombras del pasado de Marcus ni con las deudas de honor de la familia.

—Elena dice que tiene tu barbilla —comentó Sofía, acariciando la pequeña mano del bebé—. Pero tiene mi temperamento. Julián ya está planeando regalarle su primer coche de juguete a escala para el taller.

Ricardo soltó una carcajada suave, atrayendo a Sofía hacia su regazo. —Julián va a malcriarlo, Elena va a convertirlo en un estratega y nosotros... nosotros vamos a enseñarle que este imperio no se mantiene con contratos de rebeldía, sino con la lealtad que sus padres construyeron.

Se quedaron allí, en silencio, los tres juntos en la cima del mundo que habían conquistado. La corporación Sosa Galindo estaba en su mejor momento, pero para Ricardo y Sofía, el verdadero éxito no se medía en dividendos, sino en la respiración acompasada del niño que ahora era el heredero de una historia de redención.

El ciclo se había completado. El amor que un día nació entre disputas legales y desafíos de ego ahora tenía nombre, rostro y un futuro brillante por delante. En los brazos de Ricardo y bajo la mirada protectora de Sofía, el pequeño Sebastián era el testimonio vivo de que, incluso en las familias más complicadas, siempre hay espacio para un nuevo y puro comienzo.




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