el peso de la ley

capitulo 3: habitacion 28

Lara sabe lo que se avecina. Toma aire profundamente y se levanta como puede. Acto seguido comienza a bajar desde el quinto piso, que ya le parecía maldito.

Consigue llegar al cuarto… al tercero… al segundo.

Pero cuando mira de reojo el pasillo del primer piso, ve cómo la puerta 28 se cierra abruptamente, retumbando en todo el edificio silencioso.

Seguido de eso, escucha cómo alguien comienza a bajar desde el piso ocho, desde su propio departamento. Los pasos son apresurados, pesados, constantes. No van a cualquier lado: vienen directo hacia ella.

Con toda la fuerza del mundo, Lara corre hacia la habitación 28.

Golpea una vez.

Nadie responde.

Los pasos ya se escuchan en el sexto piso.

Golpea otra vez, esta vez con un golpe cargado de pánico.

Los pasos bajan al cuarto piso.

Lara apoya la frente contra la puerta.

—Por favor… que alguien abra…

El eco de las pisadas se mezcla con su respiración. Ya están en el segundo piso.

Se gira lentamente hacia la escalera, esperando ver una sombra aparecer entre los barrotes.

Pero no.

Solo aparece su vecino, que estaba por salir a pasear a su perro.

Lara, aliviada, deja escapar un suspiro tembloroso, convencida por un instante de que todo había terminado.

Entonces la puerta se abre.

Lara se da vuelta.

Levanta la mirada.

Antes de poder decir “perdón”, escucha esa voz demasiado cerca de su oído:

—Hola, Larita.

No lo vio llegar.

No escuchó sus pasos.

Solo lo sintió.

Lara suelta un grito ahogado.

El asesino la atrapa del brazo y la arrastra hacia el interior del apartamento. Ella lucha con todas sus fuerzas. Él le cubre la boca con la mano. Lara lo muerde y logra soltarse, corriendo desesperada por el departamento.

Él no corre.

Camina.

Como si supiera exactamente hacia dónde va.

Luego de unos segundos se abalanza sobre ella. Ambos caen en la sala de estar.

Lara, casi a ciegas, toma un florero y se lo rompe en la cabeza.

El golpe retumba por todo el piso.

El ruido comienza a molestar al vecino del 27.

Lara aprovecha el momento y corre hacia una habitación. Abre el armario y se mete dentro.

Su respiración es un caos.

Su corazón late tan fuerte que teme que él pueda escucharlo.

Se calma apenas un poco y empieza a observar el interior del armario.

Entonces lo ve.

El dueño del apartamento está muerto, tendido sobre su propia sangre. Sus ojos permanecen abiertos, fijos en la oscuridad, como si hubiera intentado advertirle algo antes de morir.

Lara aprieta los dientes para no gritar.

Entonces escucha un silbido agudo que recorre el departamento.

Lento.

Paciente.

Después, esa voz misteriosa, repitiendo una y otra vez, con un tono casi infantil:

—Lara… Larita… sal ya… así podemos jugar.




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