el peso de la ley

capitulo 4: tres disparos

Lara, encerrada en el armario, escucha esos silbidos como si todo fuera parte de un juego.

Mientras permanece oculta, revisa el cadáver. Nota cosas extrañas: una herida mal hecha y marcas equivocadas, errores que el asesino original no solía cometer. Pero no les presta demasiada atención debido a la situación.

Poom.

Un portazo retumba en todas las habitaciones.

El asesino entra al baño buscando a su nueva y favorita víctima.

No encuentra nada.

Acto seguido camina por el pasillo, como a él le gusta: pasos lentos y cautelosos. Sus sombras se estiran por las paredes mientras avanza, y por momentos parece detenerse solo para escuchar el silencio, como si esperara que Lara respirara demasiado fuerte.

Poom.

Otro portazo.

Entra a la cocina.

Tampoco encuentra nada.

Abre cajones, mueve sillas, deja caer un vaso a propósito. Cada ruido parece calculado, como si estuviera marcando su territorio.

Mientras avanza deja pequeños charcos de sangre debido a su herida.

Poom.

Último portazo.

Es como si la sintiera.

El asesino toma aire profundamente y huele el miedo de Lara.

Pero decide divertirse un poco más.

Revisa bajo la cama y no encuentra nada. Empieza a reírse mientras dice:

—Larita… ya me estoy enojando.

Entonces ve el armario.

Y lo sabe.

Se acerca lentamente.

Lara observa por los pequeños espacios entre las puertas.

Uno… dos… tres pasos lentos, cargados de odio.

Uno… dos… tres pulsaciones del corazón de Lara, a punto de salirse de su pecho.

El asesino empieza a cantar una canción mientras mira fijamente el armario.

Lara empieza a buscar algo con qué defenderse.

Lo encuentra.

Algo inofensivo, pero útil: un paraguas rojo, teñido por la sangre del propietario del departamento.

Lara toma una profunda respiración, interrumpida por la canción del otro.

Cuenta hasta tres.

Uno…

Dos…

Y sale.

Un ruido fuerte y molesto sacude la habitación.

Lara golpea al asesino.

Él se defiende mientras se ríe, le arrebata el paraguas y lo tira contra la pared. Luego toma a Lara del brazo y la lanza contra la cama. Ella cae al piso.

Mientras la tiene contra el suelo, le susurra al oído:

—¿Sabés qué se siente tener a tu único error enfrente tuyo?

Intenta aferrarse a la conciencia.

Abre uno de los cajones y, como si fuera una película, encuentra una pistola.

Lara la toma y, cuando está por disparar, el arma se traba.

El asesino se abalanza sobre ella.

Comienza el forcejeo.

Gracias a sus años de experiencia, Lara logra ventaja. Golpea puntos interiores, recupera el arma, le da unos golpes rápidos y finalmente abre fuego.

No uno.

No dos.

Tres disparos directos al asesino.

Un último ruido seco llena la habitación: es la pistola estrellándose contra el suelo.

Lara suelta un grito ahogado que había contenido durante demasiado tiempo.

Toma su teléfono y marca el número de Paul, esperando que conteste.

Entonces escucha otro teléfono sonar.

El del asesino.

Lara, completamente preocupada, lo toma y responde:

—¿Hola?

—Hola, Larita… ¿te divertiste jugando con mi carnada?

El mundo se le cae encima.

Lara deja caer el teléfono.

Sale corriendo del departamento mientras una risa retumba dentro de su mente.

No solo mató al hombre equivocado.

También cayó directo en uno de sus juegos.




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