Lara Miran Sánchez nace el 13 de febrero de 1965 en Venecia, Italia, en una casa pequeña, fría en invierno y sofocante en verano, ubicada entre callejones angostos donde el sol apenas lograba colarse.
Desde sus primeros años aprendió lo que era la escasez.
Su padre era un obrero agotado por la vida. Salía de madrugada y regresaba entrada la noche, con las manos ásperas, la espalda encorvada y los ojos cansados. Trabajaba más de doce horas al día para traer un poco de comida a la mesa. Muchas veces volvía sin fuerzas siquiera para hablar, pero aun así encontraba energía para acariciar el cabello de su hija.
Su madre había sido bailarina.
Alguna vez soñó con grandes escenarios y luces brillantes, pero una lesión en el tobillo la obligó a abandonar todo. Desde entonces caminaba con un leve dolor constante y con una tristeza silenciosa que intentaba esconder detrás de sonrisas débiles.
A pesar de todo, ambos hacían lo imposible para que Lara no creciera sintiendo ese peso.
Lara era una niña callada y observadora. Pasaba horas mirando viejos programas policiales en un televisor que a veces fallaba, imaginando historias, investigando con cuadernos gastados, jugando a ser detective entre muebles rotos y paredes descascaradas.
Sus padres lo sabían.
Y aunque apenas tenían dinero, alimentaban ese sueño como podían.
Había noches en las que Lara se dormía esperando a su padre.
Se quedaba despierta escuchando los pasos lejanos en la escalera del edificio, rezando en silencio para que uno de ellos fuera el suyo.
Una noche, el timbre sonó.
Lara saltó de su cama, que siempre hacía un ruido molesto, y corrió hasta la puerta.
Ahí estaba él.
Cansado, con ojeras profundas… pero sonriendo.
Lara lo abrazó fuerte. Para ella, ese momento era lo mejor del día.
Esa vez su padre traía algo entre los brazos.
La sentó en una silla.
Lara abrió el regalo lentamente, con manos temblorosas.
Quitó la primera envoltura.
Su padre abrazó a su esposa y le dio un beso.
Quitó la segunda.
Se miraron, sabiendo que habían hecho un sacrificio.
Quitó la última.
Lara levantó la tapa.
Era su primer uniforme policial.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Se lo puso de inmediato, como si ese pedazo de tela fuera una promesa de un futuro mejor.
Durante toda la semana no quiso quitárselo.
Ni siquiera para dormir.
Sus padres la miraban en silencio, con orgullo… y con miedo.
Sabían que el mundo al que ella quería entrar no era amable.
Pero jamás le cortarían las alas.
Pasó el tiempo y llegaron los 18 años de Lara, junto con la hora de decidir qué carrera estudiar.
No fue difícil elegir.
El problema era que en Venecia no era común encontrar oportunidades en esa carrera. Pero alguien vio algo especial en ella. Gracias a su excelente promedio escolar, consiguió una beca para estudiar en Estados Unidos, más precisamente en Detroit, conocida por muchos como la ciudad del crimen.
Sin dudarlo demasiado, Lara armó sus maletas.
Miró su casa por última vez y se despidió de sus padres, quienes la habían apoyado desde que era una bebé.
La llegada a Detroit no fue fácil.
Extrañar a sus padres, adaptarse a una cultura distinta y aprender un nuevo idioma eran solo algunos de los obstáculos. Pero Lara, decidida a cumplir su sueño, luchaba cada día para seguir adelante y convertirse en una de las mejores detectives de la ciudad.
Era la primera en llegar a la comisaría y la última en irse.
Se quedaba hasta altas horas de la madrugada y se encargaba de terminar todos los informes posibles en tiempo récord.
Sin duda se notaba que era su vocación.
Un día más en la oficina, como cualquier otro, Lara recibe una llamada.
—Hola, buenas, ¿me comunico con la detective La…?
Antes de que pudiera terminar, fue interrumpida por gritos y llanto.
—¡Ayuda, por favor! Hay una joven descuartizada… por favor, ayuden…
—Ahí mismo vamos, señora. Quédese donde está.
Calle Dikens.
Los detectives Lara y Paul, su mejor amigo, llegan a la escena.
Lo que encuentran es indescriptible.
Una joven colgada sobre la azotea de un departamento, crucificada, con el pecho abierto a la vista de todo el mundo.
Fue ahí mismo cuando nació su pesadilla.
El asesino del viernes trece.