el peso de la ley

capitulo 7: la foto y sus preguntas

El hospital olía a desinfectante, metal y cansancio. Las luces blancas del pasillo parpadeaban de forma irregular, reflejándose en el piso pulido. El pasillo parecía interminable, estirándose hacia la oscuridad, y había algo perturbador en ese silencio clínico que hacía que cada paso sonara más fuerte de lo normal.

Lara estaba sentada en una camilla, con el tobillo vendado y una manta gris cubriéndole los hombros. Tenía las manos frías y la mirada perdida en una pared sin cuadros.

Afuera, Detroit seguía respirando.

Adentro, todo estaba suspendido.

Cada tanto pasaba una camilla, un enfermero apurado, una puerta que se abría y se cerraba con un suspiro mecánico. Lara intentaba ordenar sus pensamientos, pero su mente volvía una y otra vez al apartamento 28, al armario, al sonido seco de los disparos.

¿Había sido real?

¿O su cabeza estaba empezando a fallarle?

—Lara.

La voz suave de la doctora la sacó de sus pensamientos.

—Soy Kali —se presentó—. Voy a revisarte el tobillo otra vez.

Kali tenía ojos tranquilos y movimientos lentos, como si supiera que cualquier brusquedad podía quebrar algo invisible. Presionó con cuidado, revisó el vendaje y le hizo un par de preguntas básicas. Lara respondió en automático.

—Tenés un esguince fuerte —dijo Kali—. Nada roto, pero vas a necesitar reposo.

Reposo.

La palabra sonó absurda.

Mientras Kali anotaba en una planilla, Paul se apartó unos metros y atendió su teléfono.

—Bucks.

La voz del mayor sonaba tensa, filtrada por la estática.

—Tenemos otra víctima del Asesino de Viernes Trece. Identificada como Lara Fernández.

Paul frunció el ceño.

—¿Lara Fernández?

—Sí.

Paul soltó una risa seca, incómoda.

—Qué coincidencia… tal vez mi Lara anda metida en esto.

Silencio al otro lado.

Paul dejó de sonreír.

—Mayor… nosotros encontramos una foto de Lara en el cuerpo de la víctima.

La respiración de Bucks se volvió pesada.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—Entonces dejá las bromas. Andá a hablar con ella. Ahora.

Paul cortó.

Se quedó mirando el teléfono unos segundos, como si esperara que vibrara otra vez.

Luego volvió hacia la camilla.

—Kali, ¿me das un minuto con ella?

La doctora dudó apenas, pero asintió.

Paul se sentó frente a Lara.

—Necesito hacerte unas preguntas.

Lara levantó la vista.

—Paul… estoy cansada.

—Solo un minuto.

Ella suspiró.

—Decime.

Paul apoyó los codos en las rodillas.

—Estas últimas noches… antes del departamento 28… ¿sentías algo raro?

—No.

—¿Pesadillas?

—No.

—¿Escuchabas cosas?

—Nada.

Paul frunció el ceño.

—Entonces todo empezó esa noche.

Lara asintió lentamente.

—Antes dormía bien. No soñaba con él. No lo sentía cerca. Mi cabeza estaba limpia.

Paul guardó silencio unos segundos.

—Y la llamada.

—Fue real.

—No hay registro.

—Lo sé, pero fue real. Sentí su risa y sus preguntas.

Paul levantó la mirada.

Lara lo miró fijo.

Paul se quedó inmóvil.

—Lara… recordá que encontramos tu foto. Estaba dentro del cuerpo de la nueva víctima.

Ella sintió un frío recorrerle la espalda.

—Entonces… él ya sabía.

Kali regresó justo a tiempo para cortar el silencio.

—Necesita descansar.

Paul se levantó.

—Hablamos después.

Lara volvió a quedarse sola.

Miró el techo blanco.

Pensó en sus padres. En Venecia. En Detroit. En el uniforme de juguete. En el armario.

Tal vez el asesino no solo estaba jugando con ella.

Tal vez estaba desarmando su mundo pieza por pieza.

Y por primera vez, Lara se permitió pensar algo que la aterrorizó más que cualquier cuchillo:

quizás esta vez no estaba persiguiendo al monstruo…

sino que él iba tras ella




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