el peso de la ley

capitulo 9: ¿Qué es real?

La explosión retumba por toda la ciudad de Detroit. El silencio se rompe de golpe y da paso al caos total. El hospital queda hecho ruinas: gente herida, cuerpos inmóviles, gritos que se mezclan con el fuego. Entre los escombros, Paul yace tirado sobre el asfalto, aturdido, con la cabeza zumbándole y la memoria fragmentada.

Se incorpora lentamente, sin entender del todo qué pasó. Está completamente disociado de la realidad. Empieza a caminar como un muerto, sin rumbo ni destino. Choca contra autos abandonados, pierde el equilibrio y cae otra vez al suelo. Todo gira.

Entonces lo ve.

El cartel del HOSPITAL, arrancado, tirado sobre la acera.

Su mirada se enfoca.
Su mente hace click.

Recuerda por qué vino hasta acá.

Se levanta de golpe y entra entre los escombros y las cenizas. Junta todo el valor que le queda y avanza sin contar hasta tres. El corazón le late con violencia, las palpitaciones son intensas, cargadas de un miedo insoportable: el miedo a que su compañera ya no exista.

El aire dentro del hospital es irrespirable. Se mezcla el pánico, los gritos, el olor a quemado. Cada paso es peor que el anterior. Hay heridos por todos lados. Personas pidiendo ayuda. Otras que ya no se mueven. La recepcionista está muerta, aplastada por una baldosa.

Paul sigue adelante, forzándose a no mirar demasiado, hasta llegar a la habitación de la detective. Abre la puerta de golpe.

Lara está ahí. Viva.
Perturbada, pero inconsciente.

—Lara… Lara, por favor, reaccioná —dice, sacudiéndola.

Busca su pulso. Respira, pero lento, cortante, como si el cuerpo dudara en seguir. Paul sabe que tiene que sacarla de ahí. La toma de los brazos y de las piernas y la carga sobre sí mismo. Intenta salir, pero el hospital se desmorona. Los escombros caen, los pisos se mezclan: el segundo y el tercero colapsan sobre el primero.

Llegar a la puerta principal es imposible.

Empieza a buscar salidas de emergencia, pero no se ve nada. El humo lo ciega, el fuego avanza. La concentración se le escapa entre los gritos, los cuerpos, el caos.

Entonces la ve.

La doctora Kali.

Se acerca y el horror lo golpea de lleno. Su rostro está dividido, como una moneda partida en dos: una mitad humana, la otra completamente quemada. Kali se aferra a la vida con lo poco que le queda.

—Paul… por favor… ayudame —suplica—. Tengo hijos en casa.

Él intenta mantener la calma. Le dice que la policía está en camino, que resista. Le pregunta por las salidas de emergencia. Las manos de Kali tiemblan. Apenas puede hablar. Lentamente señala una dirección.

—A tu izquierda… detrás de esas baldosas… —susurra—. La encontrás…

Paul siente un alivio inmediato. Se levanta para irse, pero Kali lo agarra del brazo con una fuerza desesperada.

—No quiero morir acá… —dice, con lágrimas mezcladas con sangre—. Mis hijos creen que voy a volver… siempre vuelvo…
Su voz se quiebra.
—Me necesitan… yo necesito vivir.

Paul siente que algo se rompe dentro de él. La calma como puede y promete que volverá.

Apoya a Lara sobre la mesada de recepción y empieza a mover los escombros con todas sus fuerzas. No hay forma. No se mueven. El fuego se acerca. El calor quema. El tiempo se acaba.

Entonces Lara se mueve.

Sus dedos tiemblan. Sus párpados se abren lentamente, pesados. La luz del fuego la golpea de lleno y la obliga a jadear. El mundo parece distorsionado, irreal.

Mira a un lado y ve a Paul: transpirado, con los ojos apunto del llanto, las venas marcadas en el cuello, luchando contra los escombros como si pudiera arrancarle la vida al infierno.
Mira al otro lado y ve a Kali, colgada de los barrotes, destrozada, inmóvil.

Y en el centro…

Entre las llamas y las cenizas, ve una figura.
Camina.
El fuego no lo toca.

El asesino.

El terror la atraviesa de golpe. Intenta moverse, pero su cuerpo no responde. El pecho le arde, no puede respirar. Un grito roto, ahogado, sale de su garganta.

Paul corre hacia ella.

—Lara, mirame… por favor —dice, con la voz quebrada.

—No… no… por favor… alejatele… no me hagas daño —susurra ella, temblando.

Paul siente que pierde el control. El fuego, el humo, Kali, Lara, la falta de salida. Todo lo aplasta.

—No hay nadie, Lara —dice, aunque ni él mismo está seguro—. No hay nadie…

—Está acá… viene por nosotros…

Paul empieza a hiperventilar. El miedo se convierte en desesperación.

—¡Lara, callate! ¡No hay nadie!

Lara grita de dolor, como si algo invisible la estuviera lastimando.

—¡Ayuda! ¡Por favor!

Paul pierde el control. La golpea. El sonido resuena más fuerte que las llamas.

Se aleja, horrorizado, mirando sus propias manos. Acepta que no hay salida. Que tal vez no van a salir.

Entonces lo ve.

Una figura emerge del fuego.

Paul se queda inmóvil. El terror se mezcla con la duda.
¿Está loco?
¿Es real?

Entrecierra los ojos. Ve cómo la figura saca algo del bolsillo.

Dos disparos.

El impacto lo lanza contra el suelo. El dolor llega tarde. El aire se le escapa. Todo gira. Tendido en el piso, con la vista borrosa, solo piensa una cosa: no las pude salvar.

La figura se arrodilla frente a él. Paul logra enfocar por última vez.

Es el guardia de seguridad.

Confusión. Tristeza. Horror. No era el asesino. Era un error.

Paul, Lara, Kali y los demás quedan inconscientes, atrapados, sin salida…
y el hospital mientras tanto sigue ardiendo




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