se escucha una respiración pesada, irregular.
Cada inhalación duele. Cada exhalación quema.
Unos ojos se abren lentamente entre la oscuridad y el fuego. La vista es borrosa. Todo tiembla. No hay un punto fijo. Moverse es una tarea peligrosa; el cuerpo no responde como debería. El suelo quema. El aire asfixia.
No hay a dónde ir.
El fuego avanza, devorándolo todo, dejando víctimas atrás.
¿Cómo voy a escapar de acá? piensa nuestro protagonista.
Pero todavía no sabemos quién es.
No hay visión clara del interior del hospital.
Afuera, la situación empeora.
Las sirenas rompen la noche. Patrulleros, ambulancias y camiones de bomberos rodean el edificio en ruinas. Entre los oficiales llega el mayor Bucks, dando órdenes con voz firme.
—¡Muévanse rápido! —grita—. No podemos permitir que esto vuelva a descontrolarse.
Los bomberos conectan las mangueras a las cañerías. El agua empieza a rociar el hospital desde todos los ángulos. El fuego, que minutos antes parecía invencible, comienza a retroceder lentamente.
Resulta imposible no pensar lo mismo:
¿cómo algo que se apaga tan fácil pudo causar tanto dolor?
Después de dos horas de trabajo ininterrumpido, el incendio es finalmente controlado.
Los oficiales, incluido el mayor Bucks, entran al lugar.
El interior es un infierno apagado.
Con cada paso aparecen más víctimas. Cuerpos calcinados. Personas atrapadas en posiciones imposibles. Nombres que se suman a las libretas de los oficiales.
Bucks revisa algunos cuerpos… hasta que escucha un grito.
—¡Señor! ¡Tenemos sobrevivientes!
Corre hacia el lugar.
Lo que ve es difícil de procesar: personas fusionadas con las paredes, cuerpos derretidos, rostros irreconocibles. Y entonces los ve.
Sus detectives.
Lara y Paul están siendo subidos a las ambulancias, ambos al borde de la muerte. Lara presenta quemaduras en gran parte del cuerpo. Paul recibió dos disparos.
Bucks se queda inmóvil. Se quita el sombrero, lo apoya contra su pecho y cierra los ojos.
Reza.
Observa el lugar una última vez y confirma lo inevitable: la doctora Kali falleció. El guardia de seguridad, Nicolás, también. Ambos quedaron sepultados entre el fuego y sus decisiones.
Las ambulancias arrancan a toda velocidad rumbo al hospital más cercano.
Bucks las sigue en su patrulla.
Horas después, Lara y Paul son ingresados en terapia intensiva.
El mayor espera sentado, con la cabeza inclinada, imaginando lo peor. Intenta llamar a los padres de ambos, pero nadie responde.
El silencio pesa.
Entonces suena su teléfono.
—Hola… habla el mayor Bucks.
—¿Qué opina de mi ataque, señor Bucks? —dice una voz desconocida.
El mayor se queda helado.
—¿Qué carajos dijiste?
—¿Qué opina de mi ataque al hospital?
—Escuchame, maldito bastardo… si te llego a encontrar, te voy a hacer pasar los peores días de tu vida.
La voz se ríe.
—Vamos, mayor. Sabe que nunca va a encontrarme. Mientras usted espera noticias de sus queridos detectives… yo estoy planeando mi próxima jugada.
—Sos un hijo de puta.
—¿Sabe qué es lo mejor de estar un paso adelante? —continúa la voz—. Que puedo ver cómo se equivocan una y otra vez… antes de que puedan detenerme.
Antes de que Bucks responda—
—¡Señor! ¡Señor!
El mayor se sobresalta.
Abre los ojos.
Está sentado en una silla del hospital.
Todo fue un sueño.
¿O no?
No hay tiempo para preguntas. Una doctora se acerca.
—Ambos están heridos, pero van a sobrevivir.
Bucks exhala, aliviado. Mira al cielo y agradece en silencio. La doctora continúa:
—Lara ya despertó. Paul sigue internado; sus heridas fueron más graves.
—¿Puedo verla? —pregunta Bucks.
La doctora asiente y lo guía hasta la habitación.
Bucks entra.
Lara está despierta. Confundida. Débil.
—Lara… soy yo. Bucks.
—¿Señor? —responde ella, dudosa.
—Sí. Tranquila. Estás a salvo. Ya pasó todo.
—¿Dónde estoy?
—En el hospital. Fuera de peligro.
Lara lo mira fijo.
—Él está acá.
—¿Quién? —pregunta Bucks, desconcertado.
—El asesino. Estuvo en el hospital. Él fue el culpable.
—Lara, tranquila. Todo terminó.
—No —susurra—. Sigue acá. Lo puedo sentir.
Bucks frunce el ceño.
—Lara… solo estamos nosotros.
Ella traga saliva.
—Entonces… ¿quién es la persona que está detrás suyo?
El mayor gira lentamente la cabeza.
Nada.
Parpadea.
Su mente da mil vueltas.
¿Sigue dormido?
¿Nunca salió del incendio?
¿Todo esto es una mentira?
Antes de poder pensar más—
Un ruido seco se repite una y otra vez.
Golpes.
Bucks gira la cabeza.
Ve a Paul golpeando a Selenco con furia.
El sonido es real.
Entonces entiende.
Nada de lo anterior pasó…
¿o sí?
La duda lo atraviesa por completo, justo cuando siente que está a punto de caer en la locura.