Un ruido metálico y unas luces demasiado fuertes molestan a Paul. Abre los ojos sobresaltado. Está en una habitación de hospital, con una bata puesta. No entiende absolutamente nada. Recuerda poco. Muy poco.
Imágenes sueltas le golpean la cabeza: gritos, fuego, sirenas. Flashbacks ruidosos, dolorosos. Intenta bajar de la cama, pero un dolor brutal en el abdomen lo obliga a gemir. Levanta la bata con manos temblorosas.
Dos heridas de bala.
—¿Qué…? —susurra.
Su respiración se acelera. Intenta pensar. Lo último que recuerda es bajar de su auto… y después una explosión. Nada más. Como si todo lo demás nunca hubiera existido.
La puerta se abre.
Una doctora entra con una planilla en la mano. Se detiene al verlo despierto.
—Vaya… —dice—. No esperaba que abrieras los ojos tan pronto.
—¿Qué pasó? —pregunta Paul. Su voz suena ajena, lejana.
La doctora lo observa unos segundos.
—¿De verdad no lo recuerdas?
Paul niega lentamente.
—Recibiste dos disparos en el abdomen. Es un milagro que sigas vivo.
Paul traga saliva.
—Yo… recuerdo un incendio. El hospital Brooks estaba en llamas.
La doctora sonríe, casi divertida.
—¿El hospital Brooks? No se incendió, detective.
Paul la mira fijo.
—¿Entonces estoy perdiendo la cabeza?
—No —responde ella mientras revisa los monitores—. Estás despertando.
Esa frase no lo tranquiliza en absoluto.
La doctora se va. Paul queda solo otra vez, con el pitido constante de las máquinas y sus pensamientos chocando entre sí. Intenta recordar. Forzar la memoria.
De pronto, un grito se le escapa del pecho.
—¡Ah…!
La doctora aparece de nuevo, sobresaltada, revisando los equipos.
Paul abre los ojos.
Otra vez.
Todo lo anterior… ¿fue mentira?
La doctora sale apresurada a buscar ayuda. Paul, temblando, se levanta la bata. No hay heridas. Su piel está intacta.
—Entonces… nunca pasó —murmura—. Nunca me dispararon.
La puerta se abre.
Entra el mayor Bucks. Sonríe de oreja a oreja. Se quita el sombrero y lo abraza con fuerza.
—Dormiste como un campeón —dice—. Ya era hora de que despertaras.
—¿Qué pasó? —pregunta Paul, casi sin voz.
Bucks se separa un poco y lo mira raro.
—¿En serio no recuerdas? Después de la pelea con Selenco saliste corriendo de la comisaría. Chocaste el auto.
Paul frunce el ceño.
—¿Nunca hubo un incendio?
—¿Incendio? No. Jamás.
—¿Y Lara? —pregunta Paul, alarmado.
—Está bien. En su oficina, cerrando papeleo.
Paul lo mira como si hablara otro idioma.
—En su oficina… ahí fue el ataque. Hace menos de dos días.
Bucks se ríe.
—¿De qué ataques hablas? No pasó nada.
Paul duda.
—¿Y el asesino del viernes trece? Escapó otra vez…
La sonrisa de Bucks se apaga apenas.
—Paul… ese tipo está preso hace cinco años. Vos y Lara lo encerraron.
El mundo se le inclina.
Un olor a quemado, espeso, familiar, le llena los pulmones.
Paul despierta en el hospital incendiado.
Las llamas rugen. El techo cruje. Intenta levantarse, pero su cuerpo pesa toneladas. Sus piernas no responden. Sus dedos tampoco. Ni siquiera puede girar la cabeza.
—No es real… —piensa—. Esto no es real.
Cierra los ojos.
Entonces escucha un grito. Agudo. Humano.
Abre los ojos.
Lara está atrapada entre los escombros, a centímetros del fuego.
—¡Lara!
Con un esfuerzo imposible, Paul se levanta. El mareo lo golpea, pero lo ignora. La carga sobre sus hombros. Ve la salida de emergencia.
Corre.
Empuja la puerta.
Todo se vuelve blanco.
Lara ya no está.
—¡Lara! —grita—. ¡Por favor!
Paul golpea la pared. La puerta ya no existe.
Despierta en seco.
Está en su casa. Su sobrino lo abraza.
—Llegás tarde al desayuno —dice sonriendo.
Paul sonríe, confundido.
Pero el chico cambia la expresión.
—Despertá —susurra—. Te necesitamos. Volvé.
Paul abre los ojos.
No puede moverse.
Dos heridas de bala. Sangre. Hospital.
Lara está sobre él, presionando las heridas con su ropa.
—No te duermas —le dice—. Escuchame, Paul. No te duermas.
—No siento el cuerpo… —dice él, llorando.
—Todo va a estar bien —miente Lara—. Ya vienen. Te lo prometo.
Grita pidiendo ayuda.
La vista de Paul se apaga de a poco.
Un golpe seco lo despierta. Una radio lo molesta.
—¡Bomberos en la escena!
Las voces se mezclan con el humo.
Los salvan.
O eso parece.