el peso de la ley

capitulo 12: El peso de la ley

Al fin, Lara y Paul consiguieron salir de ese infierno. Literalmente. Al fin lograron escapar de sus peores pensamientos.

Ambos son subidos a la ambulancia. Sirenas. Luces rojas y azules reflejadas en edificios ennegrecidos. Mientras tanto, el mayor Bucks llega a la escena. Observa a sus detectives con vida. Ya había vivido algo parecido antes… pero esta vez se siente distinto. Más real. O tal vez solo se obliga a aceptarlo.

Las ambulancias parten a toda velocidad rumbo al hospital más cercano.

Lara toma la mano de Paul. —Todo va a estar bien —le dice, intentando creérselo.

Al llegar, ambos son hospitalizados. Los médicos deciden sedarlos para que puedan descansar, para que duerman en paz aunque sea por unas horas.

Mientras tanto, el mayor Bucks vuelve a sentarse en esa silla. La reconoce. La recuerda demasiado bien.

Sin saber qué hacer, espera. Espera esa llamada.

Pero no llega nada. Tal vez, piensa, todo fue un sueño. Sin querer darle demasiadas vueltas, lo acepta. Se convence de que su mente le jugó una mala pasada.

Unas horas después, Lara despierta primero.

Pide que llamen a los doctores. Pide algo para comer. Suspira aliviada. Tiene hambre. Mucha.

Los doctores regresan con unas galletas y un té caliente. —Gracias —dice Lara, casi sin voz. —De nada, Larita —responde uno de ellos.

Lara se queda quieta.

Levanta la mirada.

Una sombra.

Salta de la cama sobresaltada.

Es la misma figura. El asesino. De pie frente a la ventana, en silencio, con esa sonrisa torcida y una mirada sin alma.

Lara grita. Los oficiales que custodian la habitación entran de inmediato.

—¡Estaba acá! ¡Entró! ¡Me trajo las galletas! —dice desesperada.

Los oficiales se miran entre ellos. Confundidos. —No entró nadie —responden—. Y acá no hay ni galletas.

Lara queda perpleja.

Guarda silencio unos segundos eternos. —Lo siento… fue un error mío —susurra al final.

Los oficiales se tranquilizan un poco, pensando en un mal chiste, y salen de la habitación.

Lara vuelve a acostarse.

Enciende la televisión.

Nada interesante. Canal tras canal.

Hasta que se detiene.

Un programa muestra el hospital.

La cámara sigue a una persona que entra. Toma el ascensor. En la pantalla también aparece el mayor Bucks, dormido en la silla… y recibiendo una llamada.

El corazón de Lara se acelera.

Intenta cambiar el canal. No puede.

El control ya no está en sus manos.

La cámara avanza. Cada vez más cerca.

Pasa frente a la habitación de Paul.

Se escuchan gritos.

Unos pasos más.

La habitación de Lara.

Ella comienza a gritar, pero nadie la oye.

En la televisión, los oficiales ya no están en la puerta.

La puerta se abre lentamente con un chirrido insoportable.

Lara se esconde debajo de la cama.

En la pantalla aparece ella misma, dormida sobre la camilla.

¿Está dormida? ¿O está debajo de la cama?

La cámara se acerca.

De la pantalla sale una mano. Acaricia el cabello de Lara.

—Siempre tan hermosa, Larita —susurra una voz.

Lara suelta un grito ahogado.

Despierta.

Todo parece normal. Está en la cama. Las galletas están a su lado. El té sigue caliente.

Tal vez fue solo un sueño. Eso intenta creer.

Come. Bebe.

Intenta recordar lo que soñó. No puede. Es como si nunca hubiera pasado.

Las luces comienzan a fallar.

La silueta aparece otra vez.

Lara no está harta. Está cansada. Está rota. Y el miedo ya no le deja pensar.

Toma su arma de la bolsa con sus pertenencias.

Decidida.

Empieza a buscarlo.

Recorre los pasillos. Los pisos. Planta baja. Recepción.

Un ruido.

Se apoya contra la pared. Respira. Cuenta hasta tres.

Nada.

Otro ruido. Más cerca.

Vuelve a su habitación. Cuenta hasta tres. Sale.

Nada.

Ni oficiales.

Camina un poco más. Está por rendirse.

Entonces escucha cómo se cierra la puerta de Paul.

Corre.

Abre sin contar.

Ahí está.

La figura. La sonrisa. La mirada.

—Arrodíllate —ordena Lara.

—Tranquila —responde—. Soy Paul.

—No soy estúpida.

La sonrisa desaparece.

—Manos en la cabeza.

—Es tu cabeza… soy Paul…

—Cállate.

—Disfruté quemar el hospital.

Lara quita el seguro del arma.

—No lo hagas —llora Paul.

Paul tiembla. Da un paso al frente.

—Mírame… soy yo… por favor —dice, con la voz quebrada—. Lara, mírame.

La figura sonríe. O tal vez no.

Lara siente que el mundo se le cierra. El arma pesa toneladas.

Si duda, mueren todos.

—Callate —susurra, sin saber a quién.

Paul cae de rodillas. Llora.

—No soy él… nunca fui él…

El silencio se rompe.

Lara cierra los ojos.

Dos disparos.

El cuerpo cae.

—Lo logré —piensa Lara—. Al fin.

El ruido despierta al mayor Bucks. Corre.

Los oficiales miran en silencio.

Hay un cuerpo en el suelo. Ensangrentado.

—¿Qué hiciste? —grita Bucks.

Lara vuelve.

O cree volver.

Corre.

El aire no le alcanza. El pecho le arde.

Corre sin ver. Choca. Cae. Se levanta.

Llora, pero no escucha su propio llanto.

Corre porque si se detiene, entiende.

No mira atrás.

No recuerda haber soltado el arma.

Se detiene. Cierra los ojos.

Despierta.

El hospital arde. Pero esta vez está afuera. Con Paul. Subiendo a la ambulancia.

Como si nada hubiera pasado.

Como si escapar de la realidad fuera posible.

Lara sonríe.

Las sirenas suenan. Las luces giran.

Paul le aprieta la mano.

O eso necesita creer.

Hasta los mejores detectives no pueden soportar el peso de la ley.

Lara no dice nada más.

Cuelga.

El teléfono queda en silencio.

La lluvia sigue golpeando el vidrio con la misma insistencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.