El peso de las mentiras.

Capítulo IV

“El hogar es el refugio donde, incluso en medio de los rumores, el amor familiar se convierte en fuerza para seguir adelante.”

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La mañana continuó con tranquilidad en el hogar de Elena.
La madre de Elena volvió a dirigirle la palabra mientras el agua para el mate seguía caliente sobre la cocina de leña.
—Hija, por cierto, ¿ya hablaste con tu papá? Aunque todavía es temprano, seguro ya se está preparando para ir a trabajar en Asunción con tu tía.
Miguel Hernández, padre de Elena, llevaba varios años trabajando en la capital del país junto a su hermana. Debido a la distancia, solo podía regresar a Barrio Esperanza algunos fines de semana o cuando sus obligaciones se lo permitían, pero siempre mantenía contacto con su familia.
—Lo sé, mamá —respondió Elena.
Su madre suspiró y continuó:
—Anoche hablé con tu papá y le conté lo que doña Natalia nos dijo. Se enojó muchísimo cuando se enteró de los rumores.
Elena guardó silencio por unos segundos.
—¿Sabés qué fue lo que más le molestó? Que Antonio tuvo el descaro de pedirle que se uniera a la subcomisión del Partido Colorado. Incluso le dijo que, con la ayuda de su hija, podrían conseguir un transporte universitario, porque ella es la presidenta de la comisión de transporte universitario.
Elena negó con la cabeza.
—Qué descaro… Él sabe perfectamente que las cosas no funcionan así. Además, yo soy la síndica de la comisión y conozco cómo se toman las decisiones.
Su madre la miró con ternura.
—Por eso me duele tanto lo que está pasando, hija. Vos siempre ayudaste a los demás, y ahora quieren ensuciar tu nombre.
Elena respiró profundamente y miró por la ventana, pensando en su padre Miguel Hernández, quien a pesar de la distancia siempre le brindaba apoyo.
Las horas transcurrieron con tranquilidad. La madre de Elena preparaba el desayuno mientras sus hijas comenzaban a levantarse.
Entre ellas estaban:
Elena, la hija mayor
Elisabeth, la tercera hermana
Lucía, la segunda hermana
Alex, el hermanito menor
—Buenos días, mamá… buenos días, Elena —saludaron las jóvenes.
Elena sonrió mientras organizaba la mesa.
—Elisabeth, ¿querés ir conmigo a la ciudad de Natalio a hacer unas compras?
—Sí, quiero ir —respondió Elisabeth con entusiasmo.
La madre intervino:
—Abrígate bien, Elisabeth, hace frío en la moto.
—Sí, mamá —respondió ella.
Lucía preguntó desde un costado:
—¿Y qué vamos a hacer hoy?
—Hoy vamos a lavar la ropa o plantar las verduras de la huerta —respondió la madre—. Y no te olvides de traerle a tu hermanito Alex alguna golosina.
—Sí, mamá, le voy a traer —respondió Lucía.
Después de terminar el desayuno, Elena se dirigió a su habitación para alistarse. Se cambió de ropa, tomó su casco y sacó la moto.
En ese momento, recibió un audio de WhatsApp de su padre Miguel Hernández, quien la saludaba antes de comenzar su jornada de trabajo en Asunción. Elena lo escuchó y le respondió con cariño.
Luego se despidió de su madre.
—Mamá, ya vuelvo más tarde.
—Tené cuidado, hija —respondió ella.
Elena salió junto a su hermana Elisabeth rumbo a la ciudad de Natalio. El viaje fue tranquilo, entre conversaciones y aire fresco de la mañana.
Regresaron a la casa cerca de las 9:30 hs, con la sensación de haber aprovechado la mañana y volver a la rutina del hogar.




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