"Las tareas del hogar unían a la familia, mientras los rumores del pueblo seguían intentando perturbar su tranquilidad."
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Alrededor de las 9:30 de la mañana, Elena y su hermana Elisabeth regresaron a la casa después de hacer las compras en la ciudad de Natalio.
Al llegar, encontraron a su mamá lavando la ropa. A su lado estaba Lucía, colocando la ropa en la centrifugadora para luego tenderla en el alambre y dejar que se secara con el sol de la mañana.
Al verlas llegar, su madre respiró con tranquilidad.
—¡Ya llegaron! Me quedo más tranquila cuando las veo volver.
En ese momento, el pequeño Alex, de apenas un año de edad, salió sonriendo al encuentro de sus hermanas. Como siempre, esperaba con ilusión la golosina que le habían prometido.
Elena sacó un caramelo de la bolsa y se lo entregó. Alex, todavía muy pequeño para desenvolverlo, se lo dio a Lucía, quien sonrió, quitó el envoltorio y se lo volvió a entregar. El niño lo recibió feliz.
—Mamá, ¿cómo fue la compra? ¿Encontraste todo lo que buscabas? ¿También trajiste lo que te pedí? —preguntó la madre.
—Sí, mamá. Encontré todo y también te traje lo que me pediste.
—Qué bueno, hija. ¿Podés traer las verduras de la huerta para empezar a cocinar? Yo termino de lavar la ropa y enseguida voy a preparar el almuerzo. Mientras tanto, prepará también el tereré.
—Sí, mamá. Primero me cambio de ropa y ya voy.
La madre volvió a dirigirse a Elisabeth.
—Elisabeth, cambiate la ropa y ayudame a terminar. Dentro de un rato vas a tener que bañarte para ir al colegio.
—Sí, mamá.
Luego miró a Elena.
—Hija, hacé fuego en la cocina de leña y lavá la olla para que podamos cocinar.
—Sí, mamá —respondió Elena mientras regresaba de la huerta con las verduras recién cosechadas.
Después de preparar el fuego, lavó la olla y puso el agua a calentar. Más tarde preparó el tereré y comenzó a cebarlo. Llevó el mate a su madre, que acababa de entrar a la cocina para descansar unos minutos.
Mientras tomaba un sorbo, la mujer comentó:
—Hija, vi a ese descarado de Antonio rondando por la calle. Decía que estaba buscando remedios, pero ya sabés cómo es.
Elena suspiró.
—Él es así, mamá, y creo que siempre va a ser igual. Es muy curioso y demasiado chismoso.
Su madre asintió.
—Justo cuando llegó el camión que tu papá mandó con la cama, él y su esposa estaban mirando desde su casa, pendientes de todo.
Elena soltó una pequeña sonrisa.
—¿Ah, sí? Entonces seguro van a comprar otra también. ¿Te acordás cuando nosotros mandamos instalar el Wi-Fi? Una semana después ellos hicieron exactamente lo mismo.
—Sí, hija, me acuerdo. Se nota que son muy envidiosos.
—Demasiado.
Después de unos segundos de silencio, la madre volvió a hablar.
—Hija, ¿a qué hora dijo tu madrina que te iba a llamar?
—Más o menos a las once de la mañana.
—Ah, todavía falta un rato.
—Sí. Voy un momento al baño y ya regreso.
En ese instante, Elisabeth entró a la cocina.
—Mamá, ya terminé de ayudarte. Ahora voy al baño.
—Tu hermana está en el baño, hija. Mientras tanto, buscá tu uniforme para ir al colegio.
La casa volvió a llenarse del movimiento de siempre. Entre las tareas del hogar, las conversaciones familiares y los preparativos del día, Elena intentaba dejar de lado las preocupaciones, aunque en el fondo sabía que los problemas con Antonio aún no habían terminado.